El mundo mexicano prehispánico es un tema difícil para la ficción. Hay honrosas excepciones: recuerdo El dios de la lluvia llora sobre Méjico, de László Passuth (edición en húngaro, 1939; en español, muchas ediciones desde c. 1940), El corazón de piedra verde, de Salvador de Madariaga (1942), la pieza de teatro Moctezuma II, de Sergio Magaña (1953); Cabeza de Vaca, la extraordinaria película de Nicolás Echevarría (1991), Apocalypto, el film de Mel Gibson (2006), tan valioso como denostado en México, y recientemente la novela Tu sueño imperios han sido de Álvaro Enrigue (2022), sobre el encuentro de Moctezuma y Cortés. El nacionalismo mexicano, muy defensivo, es una de las razones de la dificultad. Otra es la extrañeza de ese mundo: la pintura facial y corporal, los autosacrificios, los sacerdotes vestidos de pieles humanas, su pelo largo cuajado de sangre seca, y, desde luego, la antropofagia. Agréguese una religión omnipresente y difícil de comprender. La tendencia es no pasar de las descripciones amables de la Historia general de las cosas de Nueva España, del padre Bernardino de Sahagún: las fiestas y los dioses, las batallas, la pulcritud y el orden de los mercados, el calmécac, las adivinanzas, los poemas, las admoniciones de los ancianos, los rituales de las abuelas cuando se celebraba un nacimiento: hermosos retratos de una vida ordenada que reprodujeron obras canónicas como La vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la conquista, de Jacques Soustelle (edición en francés, 1955; en español, 1956). Señalemos de paso que la sexualidad estaba casi ausente (aparece en canciones y algunos relatos sorprendentes). Darle vida novelesca a este mundo supone una familiaridad con él, para no incurrir continuamente en errores históricos garrafales. Posiblemente esto nos ocurre en México porque se estudia muy poco en las escuelas este largo periodo de nuestra historia. Y particularmente no se enseñan las lenguas, comenzando con el náhuatl o el maya, que serían las principales. Entre un conocimiento muy superficial y otro en extremo complejo y por momentos hipotético, confinado a los pocos especialistas, es una tarea poco atractiva intentar habitar ese universo con cierta naturalidad. Otro problema es el siguiente: las teocracias mesoamericanas se complementan, en la imaginación literaria y en la percepción generalizada, con una idea racista del “indio”. Como aparece por ejemplo en los escritos de D. H. Lawrence (Mornings in Mexico, 1927), el indio es un ser no solo analfabeta y silencioso, sino casi catatónico, casi no humano. En todo caso es el representante de la alteridad, de lo radicalmente diferente. Combínese esto con una religión cruel y tiránica y el resultado serán esas versiones “místicas” en exceso, hieráticas. O caes en el embrujo o te aburres de lo lindo.
La más reciente novela de Enrique Serna, El dios hambriento, recrea lo sucedido en el año 3 Conejo (1430): el ascenso del culto al dios guerrero Huitzilopochtli, que desplaza al más humanista Quetzalcóatl; ascenso que propicia Tlacaélel, el cihuacóatl (cargo inventado para darle poderes extraordinarios), que deforma a su favor la religión y la historia nahuas. Contra su versión ensangrentada del mundo figura el príncipe acolhua Nezahualcóyotl, poeta, arquitecto. En la novela, Tlacaélel es repulsivo y, entre más poderoso, más grotesco y ridículo. Nezahualcóyotl, por su parte, es víctima de sus dudas y, además, se siente condenado por un amor imposible.
La estrategia narrativa de Serna es triple. Por un lado, se documentó con las mejores lecturas, de modo que encontramos, bien integradas, las versiones más al día sobre todos los temas relativos. Al momento de adaptar los vocablos nahuas toma buenas decisiones, como quitar una ele en las palabras que terminan en “lli” (Serna utiliza “telpochcali” en vez de “telpochcalli”) para que el lector no las pronuncie equivocadamente “ll” (como en “calle”). Se puede contrastar esta licencia con la decisión de Álvaro Enrigue de llamar “Tenoxtitlan” a la capital del imperio: “es solo que me gusta más cómo suena”, se justificó. La che del español es la che en náhuatl y se pronuncian igual. Se escribe Tenochtitlan (“Entre las tunas”) y se pronuncia Tenochtitlan, siendo la raíz nochtli, tuna.
En segundo lugar, Serna utiliza a su favor los mexicanismos de nuestro español –temascal, chalupas, totoles, jacales, huipiles, chapopote, chiquihuites, molcajetes, itacates, petates, la lista es larguísima–, para el amplio repertorio de elementos naturales, objetos y alimentos que sobreviven de esos tiempos remotos. Subraya una continuidad indudable y valiosa. Finalmente, apuesta por la noción de que existía una vida cotidiana, “humana, demasiado humana”, como escribe citando a Nietzsche en su epílogo, y por considerar que la religión oficial, la religión popular, las creencias y las costumbres se adaptaban, como hoy día, como en todos lados, a los dictados de la conveniencia, la rutina, la política, las convenciones y las diferencias sociales. El resultado es una obra asentada en la cultura mesoamericana, ilustrada por muchos datos concretos, que no se siente impostada, y en la que no impera la religión. Y desde luego, fiel a su estilo, Serna incorpora en este relato la vida sexual, de todo tipo, incluyendo la visita del anciano rey Tezozómoc al burdel más apreciado, la Casa del Canto, tras la cual muere, dos días después: “quizá lo acaloramos demasiado, pues aunque tenía la cabeza intacta cuando lo hallaron muerto, adentro de su envoltura solo había un montón de ceniza”, imagen que Serna adopta, con picardía, de los envoltorios sagrados mesoamericanos.
Hay de todo en la novela: escenas procaces, intriga, filosofía, poesía y amor, un mono disruptor, la profundidad mitológica e histórica de los códices y las tergiversaciones que impuso Tlacaélel a los tlacuilos, la vida cotidiana, la vida en los palacios, las esposas y concubinas de los señores, prostitutas, esclavos, mercaderes y sacerdotes, cautivos y gente de otras etnias, la religiosidad, los rituales y las supersticiones, los autosacrificios, los sacrificios humanos, la antropofagia. Y hay también una buena dosis de humor negro. Para celebrar su ascensión al rango de cihuacóatl, Tlacaélel organiza un banquete. En la mesa, los comensales refinados conversan acerca de qué carne humana es la más sabrosa: “no hay manjar más exquisito que el muslo de tlaxcalteca en chile guajillo”, zanja uno. Pero Tlacaélel es mal querido hasta en la cocina, así que se produce un penoso incidente: “Caramba, miren lo que me encontré”, dice otro, “y sacó de su caldo un dedo pulgar con la uña mugrosa”. Pierden el apetito, el banquete termina siendo un fracaso.
En su epílogo, Serna me agradece haberlo ayudado con bibliografía y haber revisado el manuscrito para señalar lo que yo consideraría errores históricos. Es un pozo sin fin buscar la exactitud en semejantes recreaciones, y tampoco se requiere una policía que revise si cada rasgo mencionado, cada costumbre o expresión, son fidedignos. ¡Los especialistas no están de acuerdo ni siquiera sobre el significado del nombre Malinche! El objetivo sería tal vez que la obra sea verosímil, lo suficiente para que aparezca “sin costuras” al lector: es el mecanismo de la suspensión de la incredulidad. Michel Tournier, Marguerite Yourcenar, Mary Renault, tantos autores de novela histórica lo han logrado con excelencia. La novela de Enrique Serna, además de emocionante, variada y divertida, ofrece una inmersión muy concreta en el México del siglo XV. ~