Los redentores solitarios de Paul Schrader

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En algunas de las mejores películas escritas o dirigidas por Paul Schrader aparece una misma escena, filmada casi desde el mismo ángulo: un hombre en un escritorio llena las páginas de su diario. La única diferencia es la forma de vida del personaje en cuestión: puede ser un taxista, un traficante de drogas, un sacerdote o un jugador de cartas. No se trata de una escena aislada, sino del marco de la historia misma: el contenido del diario se escucha desde la primera secuencia en voz del protagonista. En unas partes de la película esta narración en off sirve de fondo a acciones relacionadas; en otras, es simultánea al acto mismo de la escritura. Para Schrader, mostrar en pantalla esa rutina de sus personajes es tan importante como cualquiera otra de sus acciones (las cuales, en ausencia del diario, parecerían arbitrarias). El monólogo vertido en las páginas revela que el protagonista posee una escala de valores y que actúa de acuerdo a una brújula moral. Puede que el espectador no descifre o comparta ese código ético, pero al menos comprende que estos personajes no actúan por mero impulso. Tienen una idea de sí mismos y de su lugar en el mundo (casi siempre marginal). Sus diarios suelen ser cortes de caja existenciales: un cálculo de deudas y cuentas por cobrar. Sus apuntes parecen dispersos, pero vistos en con3junto revelan el trazo de un plan. Si hubiera que describir la filmografía de Schrader con una premisa, sería: un hombre atormentado emprende el camino hacia su redención moral.

Todo esto aplica también a su película más reciente: The card counter (2021), sobre un jugador de cartas y exmilitar que recorre casinos acumulando ganancias pequeñas. No es que carezca de habilidades. Si acaso, lo contrario: durante su estancia en prisión, William “Tell” Tillich (Oscar Isaac) aprendió a contar cartas. Podría, si quisiera, ganar casi cualquier apuesta. Tell, sin embargo, busca pasar desapercibido. Incluso evita hospedarse en los hoteles de los casinos para dejar menos rastro de su presencia. Prefiere dormir en moteles donde siempre “redecora” la habitación asignada: “forra” los muebles con sábanas blancas atadas con un cordón. En el monólogo con que inicia la cinta, Tell habla del bienestar que le generaba la vida en la cárcel: su rutina, estructura y ambiente de soledad. Podría pensarse que la manía de cubrir los muebles tiene el fin de recrear la monotonía visual de su celda. O que le evita ver objetos que asocie con un pasado que preferiría borrar. Como sea, esos cuartos de motel monásticos son el espacio en que lleva a cabo su ritual más íntimo: la escritura del proverbial diario. Gracias a esos momentos, el espectador atisba los pensamientos de un hombre hermético. Por su secrecía, Tell suele despertar en otros sospechas y fascinación.

Como otros protagonistas de Schrader, Tell se mantiene a flote hasta que un encuentro aleatorio perfora su ilusión de estabilidad. Ocurre en uno de los hoteles-casino, donde se celebra una convención de expertos en seguridad. El apostador entra a la conferencia de un militar retirado: el mayor John Gordo (Willem Dafoe), que ofrece a los asistentes compartir su conocimiento de “técnicas de interrogatorio mejoradas” (eufemismo de la administración de George W. Bush para referirse a la aplicación de tortura en centros de detención clandestinos). Tell lo escucha incómodo y prefiere dejar el salón. Pero, antes de salir, otro de los asistentes lo increpa. Es un joven llamado Cirk (Tye Sheridan) que obliga al jugador a aceptar que conoce al mayor Gordo, porque fue él quien enseñó a Tell y a su padre a torturar presos en Abu Ghraib. Como Tell, el padre de Cirk fue sentenciado y encarcelado por ello pero, a diferencia del apostador, no pudo lidiar con el trauma de la experiencia. Se convirtió en un marido violento y luego se suicidó. Cirk busca vengar a su padre aplicando la ley del talión: quiere secuestrar, torturar y matar a Gordo, quien no solo quedó impune sino que lucra con sus “habilidades”. Cirk le pide ayuda a Tell para ejecutarlo. Este se niega y trata de convencer al joven de abandonar la idea. Para distraerlo, lo invita a su tour de casinos. Sobra decir que el encuentro con el joven le despierta sentimientos de culpa profundos (“nada puede justificar lo que hicimos”). Se propone ayudarlo a reconstruir su vida, y así compensar mínimamente las atrocidades que cometió.

The card counter casi no aparece en las listas de lo mejor del 2021 publicadas en Estados Unidos. En cambio, se incluye en el top ten de la revista francesa Cahiers du Cinéma y, aunque en ranking más bajo, en el de la inglesa Sight & Sound. El poco entusiasmo de los estadounidenses por la filmografía de Schrader ha sido cosa de siempre. First reformed (2017) fue su primera película en obtener una nominación al Óscar cuando fue incluida en la categoría de mejor guion original (para añadir agravio al insulto, el premio lo obtuvo Green book, de Peter Farrelly). Aunque el desdén al cine de Schrader puede interpretarse de muchas maneras, pienso que la principal razón es que sus películas se sostienen sobre eso que les resulta insoportable a las grandes audiencias: la ambivalencia moral. Sus personajes son, en el fondo, el mismo: hombres caídos que, para levantarse, escogen caminos extraños. En opinión de muchos, la recurrencia es en sí misma un problema (“falta de originalidad”). Sin embargo, cada película suya es un ejercicio complejo de reelaboración. The card counter lo demuestra. El apostador interpretado por Isaac es una nueva variante del prototipo de hombre atormentado: sereno y calculador, juega sus cartas (pun intencional) a la perfección. A la vez, resulta hasta emocionante reconocer en él a sus antecesores. (Para delimitar, volveré a referirme solo a los diaristas.)

El primero de ellos, y el más memorable, fue Travis Bickle, protagonista de Taxi driver (1976), película dirigida por Martin Scorsese a partir de un guion de Schrader. Al igual que el contador de cartas, Bickle es un veterano de guerra seriamente perturbado. Y, también como Tell, no es del todo consciente de ello. Bickle intuye que hay un muro invisible entre él y el resto de la gente, pero no prevé la forma trágica que tomará su sensación de aislamiento. En su caso, el detonador será el encuentro con la niña prostituta Iris (Jodie Foster). Bickle decide que su misión será librarla de la explotación (“Toda mi vida ha apuntado hacia una dirección y ahora la veo claramente”, escribe en su diario), y emprende una cacería contra su proxeneta y los que se interpongan. Bickle es uno de los personajes más ambivalentes no solo de Schrader sino en la historia del cine, y quedará claro para el espectador de The card counter que Tell sigue sus pasos: ambos personajes verán en los chicos desprotegidos –Iris y Cirk– la posibilidad de un futuro limpio, aunque lo vivan de forma vicaria.

Aunque Bickle es el molde de este y otros personajes de Schrader, el desenlace de The card counter evoca sobre todo a Light sleeper (1992), no solo escrita sino dirigida por él. Su protagonista, un traficante de drogas, es un diarista improbable, cosa que él mismo acepta. (“Alguna vez alguien me dijo que cuando un dealer lleva un diario es momento de que se dedique a algo más”, dice la narración en off.) John LeTour (Willem Dafoe) quiere dejar una profesión que reconoce como destructiva. Un traficante con conciencia, LeTour se niega a venderles a sus clientes dosis que podrían ser letales. No es un sociópata como Bickle ni alguien hermético como Tell (si acaso, habla de más sobre sus sentimientos). Pero, al igual que ellos, pierde el relativo equilibrio cuando se topa con un personaje que le ofrece la posibilidad de expiación. El último acto de Light sleeper es casi idéntico al de The card counter: una pérdida dolorosa resulta en una venganza brutal pero catártica. (Interpretando al justiciero en la primera película y al ajusticiado en la segunda, la presencia de Willem Dafoe refuerza la simetría.)

El reverendo Ernst Toller (Ethan Hawke), protagonista de First reformed, no tiene un pasado oscuro, mucho menos criminal. Aun así, su crisis de fe lo lleva a adoptar el ecologismo radical de uno de sus feligreses –su personaje detonador–. Conforme avanza la trama, Toller registra en su diario pensamientos que apuntan hacia una masacre aún mayor que la de Taxi driver. No es casual: estas son las películas de Schrader más cercanas a sus obsesiones estéticas y a sus propias experiencias de vida. Hijo de un rígido pastor protestante, Schrader después sería devoto del cine de Robert Bresson. Diario de un cura rural (1951) expresaba su relación conflictiva con la ortodoxia religiosa. First reformed es un homenaje franco a esa película pero, según diría el propio Schrader, el aislamiento y la soledad del cura de Bresson también inspiraron el trazo de Travis Bickle. (También influyó Diario de un asesino, de Arthur Bremer, quien intentó matar a un candidato demócrata y llevó una bitácora en los meses previos.) Más allá de esto, Schrader recorrió su propio camino de autodestrucción. Antes de que se decidiera a escribir el guion sobre un taxista solitario, su adicción a la cocaína lo llevo a perder casi todo. Pasaba las noches en vela, manejando su auto sin rumbo –algo que harán casi todos sus personajes, insomnes o criaturas nocturnas–. En The card counter, por primera vez, la noche iluminada será sinónimo de paraíso –no un infierno más.

Varias veces se ha señalado que la escena final de El carterista (1959), también de Bresson, ha sido casi calcada por Schrader –en American gigolo (1980), en Light sleeper y, ahora, en The card counter–. En todas estas películas el protagonista enfrenta una nueva condena –ya no psicológica sino judicial–. Sabe, sin embargo, que lo espera la posibilidad de una relación amorosa. De nuevo, habrá quien señale esto como una recurrencia hartante. Más bien, es la respuesta reiterada de Schrader al problema de la espiritualidad, ese que tanto ha intentado explicar. Sus tomas finales son instantes de trascendencia. Se dan entre seres humanos y fuera de las iglesias. Aunque el director ha declarado que sigue siendo creyente, sus películas plantean que la concesión de gracia no es facultad exclusiva de dios. ~

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