Luis Barragán

Este mes se conmemoran 120 años del nacimiento del arquitecto Luis Barragán, el único mexicano que hasta el momento ha ganado el Premio Pritzker. Sobre la trascendencia de su obra se publicó este artículo en el número 108 de Vuelta, en noviembre de 1985. Esta sección ofrece un rescate mensual del material de la revista dirigida por Octavio Paz.
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Luz y espacio, al igual que silencio y soledad son elementos representativos de su obra. Magia y sorpresa, de igual manera, son palabras recurrentes entre los conocedores de la obra de Luis Barragán y quienes lo han tratado personalmente saben de su amor por la naturaleza y la música.

Y de esta última no es de extrañarnos ya que se la suele señalar como hermana de la arquitectura. Cierto, de alguna manera, el silencio equivale al vacío, puesto que se integran junto a sonidos y sólidos como parte intrínseca en la estructura de cada obra. Y si la música necesita del silencio para poder desplegarse en toda su potencia, la arquitectura, asimismo, requiere de un espacio específico para poder imponer su materialidad.

Encarnación de los materiales mismos que componen este arte, la arquitectura de Barragán los utiliza en su depurada e inmediata presencia combinando tradición y modernidad.

Entre los más importantes arquitectos de nuestro tiempo, Barragán se sitúa junto a Le Corbusier, Frank Lloyd Wright, Mies van der Rohe. Pero, al contrario de ellos, mientras en Le Corbusier por lo general nos enfrentamos a espacios compelidos a las dimensiones de un urbanismo descomunal y anónimo, y en tanto Frank Lloyd Wright integra sus edificios al paisaje circundante absorbiéndolo, al mismo tiempo, a través de grandes ventanales, y Mies van der Rohe, por su parte, maneja los elementos de que lo proveen la técnica y el desarrollo científico contemporáneos, Luis Barragán utiliza productos mexicanos y transpone espacios rigurosamente desnudos entre muros igualmente puros en un contrapunto con el paisaje que los rodea y mediante los cuales su obra es tanto una respuesta frente al anonimato colectivo como una continuación de la arquitectura mexicana tradicional. Es imposible dejar de relacionar esos espacios escuetos, de formas sencillas y sólidos volúmenes con los patios, taludes y terraplenes de la arquitectura precolombina, del mismo modo que con las bodegas, abrevaderos, zaguanes y fuentes de la arquitectura española.

Creación depurada, en donde se han eliminado los detalles para dar énfasis a las cualidades más íntimas de la artesanía autóctona. Desbrozamiento y decantación que provienen de una hermandad profunda en donde adquieren todo su valor plástico los botellones de vidrio soplado, equipales, macetas, cerámicas y azulejos de simple barro cocido o de talavera, pisos de paja, alacenas y juguetes de madera populares, para llegar a una abstracción arquitectónica de sus elementos esenciales, produciendo un efecto a la vez dramático y de íntimo reposo en sus espacios, formas y volúmenes llenos de textura y color.

Paradójicamente: menos es más.

Al limitarse a un ideal de ascesis y aislamiento, frugalidad y parsimonia, este desapego es una lección frente a la desmedida acumulación de objetos de consumo. Ser en vez de tener.

Porque no es un azar que Barragán sea un devoto del autor del Cántico de las criaturas. Y la parquedad franciscana y el sentimiento de intensa comunicación con los elementos de la naturaleza –sol, agua y tierra de un clima en donde resplandecen los colores– se viven por medio de la manera misma de utilizar los materiales. La forma, el peso y el color de las piedras o la madera que descubre sus vetas en el apartamiento de un refectorio son todas partes de la expresión de un calmado regocijo que necesita de la presencia del silencio y de la naturaleza. El rumor y la sombra del follaje acompañan siempre a los reflejos y sonidos del agua que se precipita en un estanque. Símbolos y vías en la arquitectura de Luis Barragán son también parte de la esencia misma del mundo que este arquitecto logra recrear. La magia y la sorpresa del silencio en donde la música de la naturaleza vive en soledad.

Barragán sintetiza, igualmente, la tradición romano-árabe en México, en especial la de los conventos franciscanos del siglo XVI, con el medio geográfico y la arquitectura popular del Jalisco que lo viera nacer y del Michoacán que conociera en su infancia.

Al ver el estudio del artista, como al observar algunos de sus espacios abiertos, Barragán nos presenta la doble paradoja de que por ser tan profundamente mexicano y tradicional su trabajo sea reconocido internacionalmente como uno de los mayores exponentes de la arquitectura contemporánea. Como toda verdadera obra de arte, su arquitectura es también una revelación. Tal y como el propio Barragán lo ha dicho: “Toda arquitectura que no expresa serenidad no cumple con su misión espiritual.” ~

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