Foto: Ariel Ojeda. Agencia El Universal

Mario Lavista (1943-2021)

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Día de lamentos y elegías, de trenos y pavanas para infantes difuntos; día de ira y tarde triste de festones negros: el pasado 4 de noviembre falleció Mario Lavista.

¿Qué decir en este momento? Pudiera esbozarse su carrera, plena en logros y alturas artísticas, que hicieron de la suya una de las más importantes voces de la música mexicana del siglo XX. Contar que obtuvo los más altos honores, que ingresó a la Academia de Artes en 1987, que ocupó en 1998 el lugar vacante dejado por Eduardo Mata en El Colegio Nacional, que recibió el Premio Nacional de Artes en 1991, y tantas otras prendas. Recordar que, además de su propia trayectoria artística, jugó un papel determinante en la política musical, particularmente durante la década de los años noventa, y que también desempeñó un rol crucial en el establecimiento e impulso de diversos grupos renovadores, como Quanta o Da Capo, además de haber dirigido Pauta, la revista que desde su primer número publicado en 1982 fue un crisol de voces y propuestas musicales, plásticas y literarias. Y acaso ese hipotético recuento fuera más incompleto todavía si no se hablara de sus alumnos y de su decidido amor por el salón de clases (aunque Ana Lara, una de sus notables discípulas, haya contado las indiscreciones de un maestro que primero quería saber si los alumnos habían hecho la tarea, antes de presentarse al salón de clases). Fue maestro del Conservatorio desde 1970, aunque ese largo trayecto no dejó de tener sus disonancias. En los últimos años, a partir de 2007 cuando regresó al Conservatorio Nacional tras haber sido exiliado por algunos administradores de largas orejas, y hasta poco antes de la pandemia, Lavista fue distinguido maestro de la que fuera su alma mater y sede del legendario Taller de Composición de Carlos Chávez, al que asistió en compañía de otros jóvenes brillantes como Eduardo Mata o Héctor Quintanar. Sus clases en el Conservatorio –puedo decirlo así– no eran de composición, ni de análisis, ni de historia u orquestación: eran de música y en ellas pudo dar rienda suelta a la que desde ahora puede señalarse como una de las facetas definitivas de su arte y de su personalidad. Porque Lavista fue un enamorado de la música y un compositor que tenía un profundo y apasionado diálogo con la tradición, un diálogo incesante, lúcido, en el que unas normas iluminaban a otras. De sus más urgentes pasiones son prueba famosos números monográficos de Pauta, dedicados a Mozart, a Wagner, a Stravinski. Fue devoto de Guillaume de Machaut y apenas hace unos meses, al finalizar 2020, le escuchamos hablar sobre Beethoven desde El Colegio Nacional. Pero, ante todo, fue absoluto discípulo del Fauno. La música de Claude Debussy fue para Mario Lavista el faro inextinguible de sus labores creativas y docentes. Quienes tocaron a Mozart y a Debussy ante su féretro en Bellas Artes hicieron con ello una sentida y correcta plegaria que contrastó con las muchas palabras de humo que se dijeron ahí, ya por trámite institucional, ya por un triste y del todo innecesario protagonismo.

Aquí no se puede anotar, más que a vuelapluma, una mirada general de su música. Sus primeras composiciones revelan intereses por el serialismo y por renovadas fuentes musicales (como en Kronos, de 1969, que emplea relojes despertadores). Pero eso fue únicamente el inicio de una búsqueda mucho más amplia. En Jaula, por ejemplo, escribió su partitura como parte de una escultura de papel formada por dieciséis cubos concéntricos ejecutada por su gran amigo Arnaldo Coen. En obras posteriores Lavista se interesó apasionadamente por las llamadas “técnicas extendidas”, es decir, por la generación de sonidos no convencionales en instrumentos tradicionales. Acaso el ejemplo más famoso de esta búsqueda se haya cristalizado en su cuarteto de cuerdas Reflejos de la noche (tocado y grabado en forma insuperable por sus queridos amigos del Cuarteto Latinoamericano), donde la indescriptible trama sonora se obtiene con armónicos naturales. Pero muchas otras piezas pudieran sumarse a esta lista. Marsias, para oboe y copas de cristal, es una de las más logradas. En esta obra –ya lo dijo Juan Villoro en su Réquiem– Lavista construyó una más de sus “atmósferas sonoras de inquietante sutileza”. Pero la partitura –dedicada a la oboísta y musicóloga Leonora Saavedra– es mucho más que eso: mientras los multifónicos del oboe representan lo áspero y terrenal del fauno Marsias, que por accidente ha encontrado una flauta insuflada de divino aliento, el etéreo sonido de las copas de cristal vuelve audible la perfección de la música de Apolo. Y, más aun, esa perfección apolínea es la que rige la organización interna de los sonidos que Lavista empleó en la pieza, todos derivados de un riguroso proceso de construcción de escalas e intervalos simétricos. Ya con este apunte nos acercamos al escritorio del músico: sí, hay en su obra mucho de reflexivo y atmosférico, música meditada y contemplativa; pero siempre concebida desde un riguroso proceso formal y anclada en un andamiaje oculto pero cabalmente construido que, por cierto, Lavista no resistía la oportunidad de explicar a sus alumnos o colegas, con la mirada encendida de quien se halla en su mejor ambiente.

Y ya que estamos en Marsias, habrá que decir que la pieza es también ejemplar en cuanto a una particular vocación literaria y poética que permeó su catálogo. Epígrafes y alusiones literarias (Borges, Swift, el mito de Marsias contado por Cernuda…), la poesía de Pound o la prosa de Carlos Fuentes dejaron en su música una huella honda y definitiva. Uno de sus libros ultrafavoritos, Gargantúa, acabó convirtiéndose en una serie de relatos con música que, narrados por Guillermo Sheridan, grabaron la orquesta de Picardie y el coro de niños y niñas cantores de la Escuela Nacional de Música dirigidos por Patricia Morales. Aquí, travieso y neoclásico, Lavista se convierte en niño con orquesta nueva. Adepto a los juegos (al billar, que jugaba con Alberto Cruzprieto) y al buen humor, en tiempos recientes se reía franco cuando supo que cierta carta pública que llevó su firma y que apoyaba a Letras Libres y a Nexos causó enojos y mereció ser mostrada en conocida matinée política. Acaso esa inclinación a los juegos y placeres haya sido compensada, en música y conciencia, por una serie de obras religiosas: Responsorio in memoriam Rodolfo Halffter, para fagot y percusiones, escrito desde 1983; un Stabat Mater de 2005 o un precioso Salmo que escribió en 2007 para Lourdes Ambriz (su soprano preferida) y el contrabajo de Luis Antonio Rojas. En estas piezas sus tramas sonoras rezuman “hermosura y luz no usada”, como dijera fray Luis.

“La música de Lavista es evocativa, refinada y poética”, me dice Ana Ruth Alonso Minutti, notable musicóloga mexicana que publicará el próximo año su libro dedicado al artista. “Presenta una minuciosa atención al color musical, a la permutación de motivos y a la textura. La música de Lavista es un punto de convergencia desde donde surgen resonancias, entendiendo como resonancia la cualidad de evocar respuestas cargadas de significados por una multiplicidad de voces. La exploración de resonancias en su música nos lleva a través de una variedad de confluencias entre sonido, texto e imagen.” Alonso también nos hace una invitación: “Entender la música de Lavista como un espacio social es particularmente adecuado ya que él fue un compositor relacional. Él no escribió música para sí mismo sino para y con otra gente, frecuentemente sus amigos cercanos, colaboradores o músicos con los que establecía relaciones afectivas. Ellas y ellos forman parte de ese espacio social, así como los intertextos que Lavista incorpora, ya sea literarios, pictóricos o sónicos.” Es a deambular por ese espacio al que quedamos invitados y hacerlo será el mejor homenaje que podamos rendir a la memoria de un músico notable.

Querido Mario: ya entre las emotivas palabras que escuchamos de tu hija se deslizó la idea de que del otro lado se te preparaban fiestas y sinfonías. Sergio Vela también aludió a ello y daba por cierta tu llegada a los Campos Elíseos en medio de los grandes maestros y sin olvidar a Carlos Chávez. Yo más bien te imagino en la tertulia de los poetas, con decorados de Raoul Dufy, con la música de tus franceses favoritos, la del Fauno, la de la infanta difunta y la mirada curiosa de Rabelais asomada por ahí… De este lado, no cabe duda, nos dejas tu música, que habrá de ser, como la canción de Fauré de la que alguna vez platicamos, “Le parfum impérissable”, el permanente y llamativo resplandor de tus mundos musicales. ~

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