Mary McCarthy: Perder la fe

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Mary McCarthy

Memorias de una joven católica

Traducción de Andrés Bosch

Barcelona, Lumen, 2019, 300 pp.

La pandemia de la gripe de 1918, la gripe española, mató a entre cuarenta y cien millones de personas en todo el mundo. Entre las víctimas mortales de la enfermedad en Estados Unidos, más de medio millón, están los padres de la escritora Mary McCarthy (1912-1989) y su muerte abre Memorias de una joven católica, publicado por primera vez en 1957. La familia viajó en tren desde Seattle en dirección a Mineápolis. “Al despedirnos agitando la mano en la estación de Seattle, ignorábamos que íbamos a llevar a nuestros compartimentos el microbio de la gripe, juntamente con los regalos y las flores, y uno tras otro caímos enfermos, mientras el tren seguía su trayecto hacia el Este. Nosotros, los niños, pensábamos que quizá el castañeteo de nuestros dientes y el hecho de que nuestra madre yaciera sumida en un torpor formaban parte del hecho de viajar (hasta el presente instante, en nuestra mente las enfermedades serias estaban asociadas con las innovaciones, ya que siempre habían traído a casa otro niño), y comenzamos a tener la certeza de que estábamos viviendo una aventura, cuando vimos que nuestro padre sacaba un revólver y amenazaba al revisor, que intentaba hacernos bajar del tren en una pequeña estación de madera en medio de las praderas de Dakota del Norte. En la estación de Mineápolis, había camillas, una silla de ruedas, camilleros, preocupados funcionarios, y detrás de ellos, entre la multitud, estaba la sonrosada cara, el cigarro y el bastón de mi abuelo, y el sombrero con plumas de mi abuela, dando cierto aire festivo a aquella extraña y confusa escena, e infundiéndonos, a nosotros, los niños, la certeza de que nuestra enfermedad representaba el comienzo de unas deliciosas vacaciones.” Pero tras unos días en la casa de sus abuelos paternos, después de recibir la visita de sus otros abuelos sin entender nada, le contarán la verdad: sus padres han muerto. Y en la pequeña Mary se mezclan dos sentimientos: tristeza y un cierto orgullo de niña que ha adivinado que algo sucedía antes de que se lo dijeran. Pero lo que vino después no fueron ni vacaciones ni deliciosas: la familia McCarthy decidió enviar a los cuatro huérfanos, Mary era la mayor y le seguían tres niños, con unos parientes que les pegan, apenas les dan de comer, les prohíben leer y probablemente se quedan con el dinero que les pasa el abuelo McCarthy. De ese régimen terrible serán rescatados por el abuelo materno, el abuelo Preston, que acogerá a Mary y enviará a los chicos a internados. Y así, capítulo a capítulo, McCarthy reconstruye su historia desde la infancia hasta poco antes de empezar la universidad en Vasar.

Estas son unas memorias –que deberían llamarse de una niñez católica, más que de una joven– de educación. “Quien nace católico y es educado como tal, asimila buena parte de la historia mundial y de la historia de las ideas antes de cumplir los doce años”, escribe la autora en el prólogo. La religión es importante porque hay diversas confesiones en la familia: una abuela, la materna, muy católica, otra, la materna, judía, casada con un protestante y cuya hija, la madre de McCarthy, se había convertido al catolicismo. Los abuelos maternos de McCarthy decidieron que la niña fuera educada en la fe que había escogido su madre. Por eso la mandan a un internado católico, donde la atormenta la idea de que su abuelo, protestante, acabe en el infierno. Poco después, pierde la fe: finge perderla y en la discusión con el cura se da cuenta de que la ha perdido. Luego finge recuperarla, pero la magia no funciona esta vez. En el prólogo escribe: “Solo la gente buena puede permitirse el lujo de ser religiosa. Para la demás gente es una tentación demasiado fuerte, una tentación a los pecados mortales del orgullo y de la ira, principalmente, aunque también podemos añadir la pereza.” Lo escribe pensando sobre todo en su abuela paterna, una mujer cruel, fría y que sobre todo odiaba a los protestantes. A su otra abuela, la judía, le dedica el capítulo final, escrito después de que su muerte, y cuenta sus rituales de belleza, que para la nieta eran algo mágico, la negrura increíble de su cabello y el dolor por la muerte de su hija que jamás superó.

Lo que hace que estas memorias vayan un paso más lejos es que cada capítulo, escrito y publicado en revistas, vaya seguido de lo que la autora llama “Notas”, en las que aclara algunos aspectos de la relación entre lo que cuenta y lo que realmente sucedió. Es al mismo tiempo una reflexión sobre la capacidad real de recordar y un examen a la propia memoria y a los mecanismos en que opera. Solo el capítulo final no va acompañado de esas notas. Mientras reconstruye –y en cierta medida inventa puesto que rellena y trastoca– su educación católica, McCarthy está contando el complicado proceso del paso de la infancia a la juventud, la sensación de tener que ser otra para encajar y ser aceptada, por ejemplo. McCarthy quería ser actriz, uno de los capítulos más audaces del libro es el que está dedicado a contar la vida del internado católico femenino y de las relaciones entre las alumnas y una profesora y las reglas que rigen y cómo deben interpretarse a partir del montaje de Marcus Tullius, en la que ella era Catilina. La ficción se mezcla con la vida: “la señorita Gowrie se arrepintió de su Marcus Tullius con toda la fuerza de su conciencia presbiteriana. Pocos días después de la representación, la señorita Gowrie me denunció a la directora por una leve infracción del reglamento. Luego denunció a César, y después a Cicerón”. Y contiene también una epifanía de lo que es convertirse en adulto: “Iba a faltar a la verdad no por razones egoístas, sino en beneficio de los intereses de la comunidad, como una persona adulta y responsable.”

Memorias de una joven católica deslumbra por su inteligencia, su fino sentido del humor y por la capacidad de mostrar la fragilidad de una chica en unas circunstancias especialmente duras. ~

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