Ilustración: Clara León

Mis veranos con Rebeca

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1.

Rebeca y yo nos conocimos trabajando en el bar Bacharach, en Zaragoza. Ella era la camarera experimentada: había tenido su propio bar a los veinte años, lo había montado con el que era su novio y luego, cuando rompieron, Rebeca le vendió su parte. Pero empezamos a trabajar en el Bacharach casi a la vez. Al principio ella me detestaba.

–¿Te has dado cuenta a los veintitrés años de que quieres ser camarera? –me dijo el primer día que estuvimos juntas detrás de la barra, como si fuera vocacional y no para ganar algo de dinero.

Poco a poco, empezó a tolerarme y descubrió que yo le caía bien. Una tarde llegó al bar y me contó que se había ido de su casa: había roto con su novio. A partir de entonces, hablábamos de los chicos que venían al bar. Había uno muy guapo, pero con una incipiente alopecia. Rebeca decía que con la cabeza rapada estaría igual de bueno. De otro decía que si se enrollaba con él, ella le destrozaría la vida.

Empezó a venir un grupo de amigos de Rebeca al bar. Bebían ron con Coca-cola y un poco de limón exprimido y se quedaban hasta el final. Luego se iban a otro bar. Un día me invitó a ir con ellos.

–El de los rizos me gusta –me dijo de pronto Rebeca. Era guapo. Se enrolló con él esa noche y al poco tiempo empezó a venir solo al bar. Entonces ya éramos amigas.

Barreiros, mi novio, venía a recogerme al bar. Así conoció al novio de Rebeca. Barreiros siempre había bebido whisky con Coca-cola o con Redbull. Empezó a pedirme ron con Coca-cola, como el novio de Rebeca. Alguna vez yo había sonreído al novio de Rebeca creyendo que era el mío.

–Está claro que tú brillas más que él –me dijo Rebeca la tercera o cuarta vez que Barreiros vino a recogerme al bar y yo no supe qué quería decir–. Eso lo sabes, ¿no?

–No creo –le respondí.

–Bueno, tú sabrás.

Nuestros novios nos esperaban tomándose una copa mientras acabábamos de recoger en el bar. Luego nos íbamos por ahí los cuatro. Aunque Rebeca y yo no nos parecíamos, excepto en la estatura y el pelo corto –ella es morena y tiene las tetas muy grandes; yo en cambio soy más bien rubia y tengo las tetas pequeñas–, una noche Barreiros le acarició la nuca creyendo que ella era yo. Rebeca se dio la vuelta y le preguntó qué estaba haciendo. Luego se rio.

Rebeca había empezado Filología Inglesa solo para poder irse fuera con la excusa de aprender inglés.

–Mi padre es un señor con bigote, como de otra época –me decía–, así que me agobiaba un poco. Y me quería ir. Me fui a Irlanda con el rollo de aprender inglés para la carrera.

–¿Hasta qué curso hiciste?

–Ni siquiera primero –me dijo Rebeca.

Trabajó en un hotel. Luego se mudó a Madrid y fue camarera en un karaoke.

–¿De dónde crees que saco todas las canciones horteras que te canto? –me dijo.

Era verdad: Rebeca se sabía la letra de muchas canciones. Una noche habíamos ido a la ribera del río y allí había cantado canciones de Víctor Manuel con una pajita haciendo de micrófono. Luego Barreiros había cantado una de Bunbury y yo había elegido “Tómbola” de Marisol. Una de las canciones favoritas de Rebeca era “Vestido azul” de Shelly y la Nueva generación, decía que era su canción. Aunque nunca supe por qué: la canción va de una chica que se compra un vestido azul y gracias a eso conoce a su novio.

Yo tenía la sensación de que Rebeca siempre ocultaba una sorpresa sobre su pasado, como si reservara capítulos de su vida para mantener mi interés.

–Nunca dejaré de sorprenderte –me decía después de una nueva revelación.

Rebeca y su novio me llevaron a un bar oscuro y clandestino al que se entraba por el portal de al lado. Había gente que había ido a mi instituto y me incomodaba que me reconocieran. En el bar se fumaban porros y en los baños la gente esnifaba cocaína. Una vez nos habíamos encontrado ahí a un amigo del novio de Rebeca. Le gustaban las películas de Michael Moore. Luego se fue al baño a meterse una raya. Nunca volvimos al bar clandestino. Era un enterado. Cuando dije que me parecía un imbécil que se creía que haber leído Rayuela lo convertía en un experto en literatura, Rebeca asintió.

–Estaba claro –dijo Rebeca–. Sabía que te iba a caer mal. Yo no lo aguanto.

Un día Rebeca se quedó a dormir en mi casa. Le dejé un pijama y dormimos juntas. Barreiros durmió en el sofá. Cuando cogí el libro que estaba leyendo, Rebeca me preguntó si leía todas las noches. Me dijo que le parecía genial y que le gustaría hacer eso. Le dije que trataba de leer todas las noches y que a veces me daba pereza, pero me lo tomaba como un trabajo. Por la mañana despertamos a Barreiros y le dije a Rebeca que parecíamos una pareja de lesbianas.

Rebeca estaba en el último curso de algo parecido a diseño de interiores en una escuela privada. Algunos de sus profesores venían con cierta regularidad al bar y Rebeca les hacía creer que les hacía un barato, pero casi nunca les invitaba a nada.

–Que se jodan –decía–. No me ha puesto sobresaliente.

Sacaba muy buenas notas y decía que odiaba la parte de ingeniería, pero creo que en el fondo le interesaba más que dibujar.

Rebeca y su novio vinieron un sábado a comer a casa de mis padres poco después de la muerte de nuestro jefe del Bacharach, Sergio. Mi madre hizo un experimento culinario con arroz y curry. Rebeca trataba de explicarle cómo se juega al tute a Félix, al que mi padre llamaba su sexto hijo. Dejamos las cartas. Jugamos a ping-pong, a fútbol y nos bañamos en la piscina. A Rebeca le picó una avispa en el codo y se le hinchó tanto que acabó yendo a urgencias un par de días después. Encontramos el nido de avispas. Barreiros y el novio de Rebeca fueron hasta él armados con un bote de insecticida y las paletas de ping-pong. Rebeca había jugado a fútbol sala en la adolescencia.

–Soy lo más parecido a un hijo varón que ha tenido mi padre –me dijo. Rebeca era la tercera de cuatro hermanas.

2.

El novio de Rebeca había pedido una beca Erasmus en París, de la que yo había disfrutado un par de años antes. Le regalé a Rebeca un cuaderno Moleskine de Berlín y 2666 de Bolaño para su cumpleaños. Me lo había pedido ella. Aunque Rebeca me había confesado que no había leído entero mi primer libro, siempre me preguntaba por escritores. Decía que le gustaba más escucharme que leerme.

Antes de que se fueran a París, Rebeca dejó el Bacharach. A pesar de que tratábamos de volver a la normalidad, supongo que la idea de no volver a ver a Sergio se nos hacía insoportable. Me llamó por teléfono para quedar.

–¿A Barreiros y a ti os molaría ir un par de días a París?

Planeamos un viaje relámpago a mediados de agosto en el que les haríamos de guías.

Condujimos de noche, sin parar apenas hasta llegar a París. A Rebeca y su novio les habían dejado las llaves de un apartamento, una chambre de bonne diminuta cerca de République, pero suficiente para dormir un par de noches. Rebeca, su novio y Barreiros se turnaron en la conducción y dimos dos vueltas a la circunvalación de Burdeos; llegamos a París de día y nos acostamos. Le dije a Barreiros que era la primera vez que saber francés me servía para algo: un viaje. Estaba segura de que Barreiros y el novio de Rebeca tendrían que agacharse para caber en la ducha. Luego les llevamos a Le Marais, comimos en un restaurante judío y paseamos. Estuvimos en Montmartre, en Notre-Dame y fuimos en coche hasta Le Champ de Mars y, desde allí, vimos la Torre Eiffel. Entramos en dirección contraria en la rue de Rivoli. Rebeca y su novio es- taban en pleno apogeo de su amor y estaba claro que no íbamos a poder follar en tres días. En ese viaje descubrí que Rebeca tenía algunas manías: por ejemplo, no podía soportar los armarios abiertos ni el desorden, se angustiaba. También que era tremendamente frágil: su novio había estado en París con su novia anterior y Rebeca se echó a llorar enfrente del Sacré Coeur.

Mientras Rebeca y su novio vivían en París, vinieron un par de veces a Zaragoza: íbamos a cenar y tratábamos de hacer más o menos lo mismo que cuando vivíamos en la misma ciudad. Bailar, reírnos todo el tiempo, beber cerveza y comernos un kebab a las seis de la mañana. Yo también había dejado el bar.

En uno de esos viajes nos contaron, ante mi total incomprensión, que se mudaban a Valencia. No era solo mi antipatía injustificable hacia la ciudad. Pensaba que volverían a Zaragoza y Rebeca se montaría su propio despacho de diseño mientras su novio terminaba la carrera; yo escribiría otra novela y saldríamos a cenar. Se instalaron en Valencia a principios de julio.

3.

A principios de septiembre Barreiros y yo fuimos a pasar un fin de semana a su nueva casa. A veces me daba miedo que no tuviéramos tema de conversación, que no supiéramos de qué hablar. Rebeca dirigía una clínica dental, algo que no tenía nada que ver con su formación y que no le interesaba demasiado. No le apetecía mucho hablar de su trabajo. Fuimos a tomar algo. Rebeca y su novio se pelearon porque a él le molestó que ella nos contara que Andrea y Carlos, unos amigos de él, no follaban. Así que nos fuimos a casa. Rebeca sostenía que Carlos no quería a Andrea y que ella no se atrevía a dejarle. Al día siguiente nos llevaron a ver la ciudad de las Artes y las Ciencias.

–Eso de ahí –me decía Rebeca–, es la polla. Ha conseguido repartir los pesos para que solo tenga un punto de apoyo y parezca que flota.

Desde que conocía a Rebeca había aprendido muchas cosas: sabía pronunciar Zaha Hadid, sabía cómo era la silla de Philippe Starck, sabía que para ser moderna había que estar delgada y leer la Neo2; pero también me había descubierto a A. M. Homes, me había recomendado Este libro te salvará la vida, y yo había leído también los cuentos de Cosas que deberías saber.

Comimos arroz a banda y berberechos, paseamos por la playa de la Malvarrosa de noche y yo discutí con el novio de Rebeca porque defendía a Hugo Chávez y decía que Estados Unidos era el mal y yo no entendía a qué se refería. Todo empezó en el coche. Respondí con mi habitual vehemencia, quizá algo desproporcionada. Rebeca, su novio y Barreiros me tomaban el pelo. Al final, Barreiros se puso de mi parte.

El novio de Rebeca y yo entramos en una iglesia mientras Rebeca y Barreiros nos esperaban fuera. Yo seguía al novio de Rebeca, que mostraba fascinación ante casi todo: las vidrieras, los que hacían cola para comulgar, los artesonados. Y me preguntaba de qué hablarían Barreiros y Rebeca. Pensaba que uno de los argumentos recurrentes en cuentos y películas era el de las parejas cruzadas, y me preguntaba cuál tendría más verosimilitud: la de Barreiros y Rebeca, o la de su novio y yo. Cuando salimos de la iglesia, Barreiros y Rebeca estaban sentados en un banco y habían comprado chucherías. Por la noche, Barreiros cocinó durante dos horas una fumée de marisco para unos raviolis gigantes. Rebeca tenía que trabajar al día siguiente y se fue pronto a la cama. Su novio, Barreiros y yo nos quedamos despiertos hasta tarde: hicimos una foto de 360 grados en el salón en la que aparecíamos los tres con gafas de pasta. Al día siguiente volvimos a Zaragoza.

Barreiros y el novio de Rebeca hablaban casi con más frecuencia que Rebeca y yo: por nuestros novios sabíamos la una de la otra. Barreiros le contaba cómo crecía la planta de marihuana que se había llevado de su casa, hablaban de cámaras de fotos y planeaban fabricar un prototipo de cámara digital que tuviera aspecto de analógica. El novio de Rebeca todavía estaba terminando la carrera, así que se quedaba en casa y hacía fotos, cocinaba y limpiaba. Me parecía bien su capacidad para fascinarse con todo, pero me molestaba un poco su tendencia a hablar con frases hechas y a opinar sin reflexionar. Insistía en que fumara marihuana a pesar de que yo le decía que me sentaba mal. Además, siempre que discutíamos acababa diciéndome que no me enfadara y eso me molestaba: que fuera vehemente discutiendo no significaba que me lo tomara como algo personal. Era solo que yo sabía que muchas de las cosas que él decía eran indefendibles. Todas las discusiones con él llegaban a un punto muerto y decía que no le iba a convencer de que Estados Unidos no era el mal, ni de que, en realidad, quien gobernaba no era la cia. Las últimas veces que habían venido a Zaragoza, Rebeca se había puesto enferma en mitad de la noche y se habían ido a casa, o ni siquiera habíamos salido.

4.

Se mudaron a Barcelona y la vida de Rebeca cambió bastante: tenía más responsabilidad en su trabajo, se pasaba el día haciendo cuentas y cálculos y despidiendo gente. La habían ascendido y era la responsable de Cataluña. La vida de su novio seguía más o menos igual: no trabajaba, le quedaba una asignatura para acabar la carrera y hacía fotos. Fuimos a pasar un fin de semana bastante desastroso a su casa. Rebeca había recuperado viejas amistades: amigos suyos que diseñaban, estudiaban fotografía y se gastaban el dinero en drogas de diseño en bares horribles. La primera noche, el novio de Rebeca y yo nos fuimos a casa y Barreiros y Rebeca se quedaron en una discoteca. La segunda noche, Barreiros vino con nosotros a casa y Rebeca se quedó con sus amigos.

A principios del verano, Rebeca y su novio vinieron a Zaragoza. Fuimos a un concierto. Andrea y Carlos, los que no follaban pero eran novios, también vinieron. Rebeca, Barreiros y yo estábamos sentados en el suelo, bebiendo cerveza, apartados y un poco ajenos al concierto. En realidad, el grupo al que íbamos a ver le gustaba al novio de Rebeca. Habían pasado casi tres años desde aquella primera tarde que compartimos en el bar. Habíamos sobrevivido a la muerte de Sergio cada una a nuestra manera. Ella había estado viviendo un año en París. Yo no me había movido de Zaragoza. Había publicado dos libros y pasado por muchos trabajos, pero no había conseguido tener suficiente dinero para hacerles una visita. Me daba envidia la capacidad de improvisación de Rebeca, que fuera tan valiente para cambiar de ciudad, de trabajo y de vida cada cierto tiempo.

–Necesito recuperar mi vida –dijo de pronto Rebeca–, ¿sabes? Volver a ser la que era, leer, hacer fotos… hacer lo que me hacía ser yo.

–¿Es por el trabajo? –le pregunté.

–Sí, un poco –respondió–, pero es porque he dejado de ser yo.

Barreiros nos hizo una foto. Salimos las dos bastante serias. Me levanté y fui a por más cerveza. Mientras, Rebeca le dijo a Barreiros que a veces pensaba que a su novio le iría mejor con Andrea. Después del concierto, el novio de Rebeca se puso malo y todos nos fuimos a casa.

5.

Cuando fuimos a pasar un fin de semana a la casa de la playa del novio de Rebeca, él ya se había dado cuenta de que estaba equivocado con Chávez. Barreiros y el novio de Rebeca se lo pasaban muy bien, pero ella parecía estar en otra parte y yo me sentía desplazada. Los chicos se quedaban fumando marihuana hasta tarde. Se fueron a la playa a fotografiar el amanecer. Rebeca y yo nos quedábamos dormidas en los sillones del apartamento. Era como si ahora los amigos fueran ellos y no nosotras. Nos pasamos el fin de semana escuchando “Indiana” de Hombres G. Una mañana me desperté cuando Barreiros aún dormía. El apartamento estaba en silencio. No sabía qué hacía allí. Al rato, mientras desayunábamos, llegó Rebeca. Sonreía y me enseñaba su moreno.

Yo estaba enfadada, tenía ganas de llorar. ¿Por qué no me había avisado? Habría ido con ella, me habría quemado, claro; me habría tumbado a su lado con un libro. Habríamos hablado. Se lo dije a Barreiros, le dije que me quería ir a casa. Pero él insistió en que nos quedáramos un par de días más. Cambiamos los billetes de autobús y esa tarde lo pasamos bien: jugamos con las palas en la playa. Rebeca y yo machacamos a nuestros novios, y luego ella me machacó a mí. Después de cenar, fuimos a una especie de recreativos: los tres jugaban a casi todos los juegos –Rebeca era buena en todo– y yo miraba mientras me comía un helado de stracciatella. Desde la casa, se oía la música del hotel de al lado y la voz de un tipo que animaba a los huéspedes a bailar y a seguir la coreografía. Me acordaba de Rebeca diciendo que si le iba mal en el diseño, se haría animadora de hotel, de las que les lanzan piropos a los ancianos que viajan en grupo a Benidorm.

Después de aquella visita, todo se precipitó: el novio de Rebeca llamó a Barreiros y le dijo que habían roto. Él volvía a Zaragoza. En principio, iban a darse un tiempo. Barreiros dijo que eso era un eufemismo de ruptura. Luego nos llegó un correo colectivo firmado por los dos en el que más o menos contaban que la ruptura había sido una decisión compartida. Y decían que no querían que hiciéramos equipos. Llamé a Rebeca: estaba triste, pero bien. Me contó que las últimas semanas habían sido terribles: llegaba a casa y su novio estaba en el sofá, como esperando la puntilla, me dijo. Y no lo pudo soportar más.

–No puedo estar así, con alguien que no tiene proyecto, que no tiene una dirección en la vida –me dijo entre sollozos.

Colgué. Barreiros me dijo que llamara al exnovio de Rebeca: ellos habían estado hablando mientras Rebeca se desahogaba conmigo. Lo llamé. Le dije que creía que tenían que dejar que pasaran unos días y ver cómo estaban luego. Él lloraba y me preguntaba qué me había dicho Rebeca exactamente. De pronto, Barreiros y yo nos vimos haciendo de árbitros, algo que no duró más de unas semanas, porque Rebeca decidió irse de vacaciones a Bali.

Vimos a Rebeca en Zaragoza, cuando fue a llevarle las cosas a su exnovio. Él le había pedido que le llevara la Nespresso, había sido un regalo de sus padres. Y Rebeca se la devolvió. Descargó las maletas con la ropa de su exnovio y se fue.

Después, Rebeca vino a casa. Se había comprado varias guías de Asia. Decía que se iba a tomar un año sabático, se iba de mochilera.

–A partir de ahora –dijo–, lo que quiero es un tío que mida 1,90, que pese noventa kilos y que me empotre contra la pared. Se ha acabado salir con un chico al que le valgan mis pantalones.

Pensé que los diez centímetros que le faltaban a Barreiros para la medida ideal de Rebeca nunca habían sido tan valiosos.

Ya había visto llorar a Rebeca, pero esa noche me impresionó más. Le dije que me escribiera cuando llegara a Barcelona. Nos dimos un abrazo. Nos dijimos que nos queríamos y que nos íbamos a echar de menos. Me llamó guapica y me tiró un beso.

Rebeca se fue a Bali con un tío de 1,90 y yo me mudé a Madrid con Barreiros. Vive en China, ha dado clases de inglés y de español y ahora trabaja en Ikea. Rebeca y yo nos escribimos correos larguísimos cada dos meses, más o menos. Nos vemos cada verano, cuando viene con el chico de 1,90 a España a ver a su familia. En cualquier momento se muda a Madrid. ~


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