El polígrafo sevillano Antonio Rivero Taravillo (1963-2025) murió súbitamente poco antes de recibir los primeros ejemplares de Álvaro Cunqueiro. Sueño y leyenda, su biografía más ambiciosa (escribió una de Juan Eduardo Cirlot y otra de Luis Cernuda), dejando, además, una vasta obra en casi todos los géneros. Cunqueiro, el autor de Merlín y familia (1955), destacó por su amor por la poesía inglesa porque ese reino, dijo, lo inventaron Juana de Arco y Geoffrey Chaucer, aunque lo suyo, en verdad, fue la verde Irlanda (de la que fue eximio traductor, sobre todo de W. B. Yeats), aunada a su voluntad de diálogo con los escritores allende el mar Atlántico, que dio comienzo con su afición de toda la vida a Bernal Díaz del Castillo. Hizo “realismo mágico”, según Rivero Taravillo, antes de Gabriel García Márquez.1
Nunca lo conocí –aunque una noche estuve a punto de saludarlo, en octubre de 2017, en su ciudad de adopción pues nació en Melilla– pero cultivamos esa forma engañosa de la amistad propiciada por las redes sociales. Así, ignoraba que su primer libro póstumo sería nada menos que esta biografía de Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, 1911-Vigo, 1981), escritor asociado, en mi biografía de lector, a mi primer viaje a España, meses después de su muerte.
Todavía alcancé a comprar en Barcelona algunas de sus primeras ediciones en Destino –como Las mocedades de Ulises (1960), Cuando el viejo Sinbad vuelva a las islas (1971)y El año del cometa (1974)– y me tocó la recuperación, en Tusquets, gracias a Néstor Luján y a César Antonio Molina, de títulos como Fábulas y leyendas de la mar (1982), Tesoros y otras magias (1984), Los otros caminos (1988), La bella del dragón. De amores, sabores y fornicios (1991) y alguna reedición de Flores del año mil y pico de ave (1968). Desde entonces intuí que Cunqueiro era uno de esos escritores que amanecen como clásicos desde sus primeras líneas.
Escritor bilingüe en español y gallego, la recopilación de sus obras completas sería tarea titánica y acaso inútil, si a Rivero Taravillo nos atenemos, porque quien fuera director de El Faro de Vigo (1965-1969) hizo los trabajos forzados del periodismo como un personaje de Guy de Maupassant o de su admirado Azorín, escribiendo de todos los temas mitológicos, históricos, culinarios, eróticos, folclóricos, políticos, chismográficos, geográficos y turísticos de su amada Galicia, extendiendo sus envíos a la prensa de la inmigración (que no necesariamente la del exilio) en América, sin olvidar sus nexos con Bretaña y las tierras insulares gaélicas, más allá del mar Cantábrico.
Sus afanes protagónicos, como “un Merlín pluriempleado”,2 hicieron de él no solo Pregonero oficial del Camino de Santiago.3 También daba conferencias simultáneas aquí, allá y acullá, entre Carlos Monsiváis o la mulata de Córdoba; no hubo cátedra que no visitara, ni premio municipal que no ganase; le fueron negados, en cambio, los grandes premios literarios españoles que bien merecía, salvo el Premio Nadal, entonces de prestigio, para Un hombre que se parecía a Orestes en 1968 y soñó con el Nobel (odió que se lo dieran a Ernest Hemingway, cuya desaparición del gusto público profetizó con tino); estuvo al frente de todos los Juegos Florales de su patria chica y no hubo cata de vino gallego o concurso de gaitas que no presidiese; y alcanzó a ser tertuliano en la radio y hasta en la televisión, donde espero que no haya cometido los desfiguros de mi querido Juan José Arreola: imagino entre ellos el coloquio en el bosque entre un ángel y un oso.
Fue Cunqueiro un niño criado, como él lo creía fabulosamente (todo en él es más fábula que historia, empezando por su genealogía, la cual remontaba sin rubor alguno hasta la mismísima Virgen porque pensaba que toda autobiografía e obra de imaginaxión son perfeitamente compatíbiles),4 asociándose a Charles Péguy, más cerca del Antiguo Régimen y hasta de la Edad Media que del siglo xx, solo por haber nacido en una sociedad tradicional arrojada al vértigo de una “modernidad antiquísima”,5 como la suya y la de Joachim du Bellay y la de Ezra Pound, aunque cató lo mismo a James Joyce (Rivero Taravillo nos entera de que la primera traducción, bien que parcial, del Finnegans wake en España fue al gallego) que a Octavio Paz, admirador como fue de El mono gramático,6y era hombre enteradísimo de la literatura mundial, aunque sus temas fuesen la totalidad gallega, la materia de Bretaña y la lectura de Ovidio pero en fuentes medievales, por poner solo tres de sus obsesiones.7
Su estilo, acaso por el maridaje con el gallego (lengua que en el país de Francisco Franco, a cuya mesa Cunqueiro concurría de tarde en tarde, fue tolerada y hasta promovida mientras no rebasara lo literario o lo que chulescamente se entendía por ello durante aquella dictadura), es único. Si la consistencia de sus cuentos y sucedidos se quiere medieval, la imitación funciona porque la pluma del escritor es la del periodista moderno y entonces las andanzas de Ulises o de Orestes, o los chismes de posta camino de Mondoñedo, se leen ávidamente, con todo y anacronismos y regionalismos, porque Cunqueiro escribía para agradar, informar y emocionar. Como escritor era dado a la “memoria deformante”,8 a la repetición maniática y a la calculada impostura, dadivoso en pseudónimos como Stendhal. Su pequeño gran mundo era tan vasto que en la traducción de otros poetas alcanzaba el Grial: ser y no ser.
Ni el gran gallego ni su biógrafo sevillano insistieron lo suficiente en que la comparación con Jorge Luis Borges era del todo errada, además de vanidosa: la filosofía (cualquier cosa que ello signifique en el argentino como ficción) está del todo ausente en Cunqueiro, desinteresado de las fantasías metafísicas, ocupado en el yantar (así lo escribe él), en el peregrinar, en el pueblear, cómodo en un catolicismo paganizante en el límite de lo tolerable, aunque más libre y atrevido que el del vizconde de Chateaubriand. Su erotismo, por mor de caballero emparentado con don Ramón María del Valle-Inclán, es más pudoroso y Rivero Taravillo no se entromete en las intimidades de un mal marido (vivió separado de su esposa desdeñoso de un divorcio innecesario) y un buen padre.
Álvaro Cunqueiro. Sueño y leyenda, merced a la probidad de Rivero Taravillo, deja, empero, una imagen tristona de la persona del escritor, sobre todo en los años cuarenta, con un historial de arrestos y temporadas breves en la cárcel por delitos veniales como las deudas impagas, la estafa o ciertas extorsiones que, muy a la Rafael Cansinos Assens, Rivero Taravillo atribuye a la común nocturnidad del hampa y su mala vida con el desvelo de los redactores de prensa. Acaso estuvo involucrado en la trata de jovencitas pues en ese entonces las grisetas provincianas solían ser menores de edad, lo que terminaba a los veintiún años. Su “pillería” le ganó el desprecio de Camilo José Cela, quien no fue ningún ejemplo de honradez, como es bien conocido.9
Políticamente, Cunqueiro fue acomodaticio; pasó del galleguismo republicano al franquismo sin mayores escrúpulos. Más falangista que franquista y más joseantoniano (por José Antonio Primo de Rivera, fusilado por los republicanos y hombre de letras amén de ideólogo) que falangista, el también poeta en lengua gallega –y calificado lo mismo de eximio que de irregular– escribió los elogios estrictamente necesarios del caudillo, en las “cabeceras azules” de la prensa del régimen y no mucho más. Expresó su desdén por la democracia y su preferencia por la libertad, que para él era más propia del andariego que del ciudadano. Sus relaciones en la Villa y Corte no lo protegieron lo suficiente y sus enredos locales lo privaron durante años de su licencia oficial como periodista, repuesta hasta 1949. Debe decirse que, aunque los nacionalismos sojuzgados, siguiendo el ejemplo irlandés, eran germanófilos, Cunqueiro nunca gustó de Hitler ni de la “servidumbre silenciosa” que lo rodeada en Alemania, misma que el gallego toleraba en España.10
Citando al príncipe de Talleyrand, cuando dijo que lo peor de las revoluciones era que guillotinaban ilustres cocineros, Cunqueiro agregó lo siguiente como tesis central de su historiosofía: “Las revoluciones traen siempre métodos propios de cocinar. Una historia china cuenta que un mandarín encerró un lechón en su palacio y le puso fuego a aquella filigrana de papel y bambú. El palacio ardió totalmente, pero el lechón estaba exquisito. El mandarín se aficionó, y todos los días incendiaba un par de casas para asar un lechón […] ‘Para todo hay una historia china’, escribía Goethe, que solo sabía dos. Para la revolución marxista hay la historia del mandarín que asaba lechones.”11
Indiferente a las sutilezas ideológicas de su siglo, tenía a Albert Camus por marxista precisamente, prefiriendo, a quien sino a él, a G. K. Chesterton. Le toco estar en París en mayo de 1968 y en sus reportajes no mencionó ninguna novedad revolucionaria.12 Aunque amiguísimo de Rafael Sánchez Mazas (hace rato famoso gracias a la novela de Javier Cercas y la película que le siguió) y muy admirado por Manuel Fraga Iribarne, quien le dedicó varios discursos (Álvaro Cunqueiro, 1991), respaldó Cunqueiro el llamado “contubernio de Múnich”, la penadísima reunión, en 1962, de los liberales, socialistas y monárquicos (con la expresa exclusión del Partido Comunista) a favor de la progresiva democratización de España.
A diferencia de Dionisio Ridruejo, José María Gil-Robles y otros intelectuales, Cunqueiro no sufrió, por esa firma, de represalias y a su carácter abúlico (“Yo soy hombre sencillo y más que admiradores quiero amigos”,13 declaró incurriendo en la falsa modestia) debió sentarle bien la Transición, en una vejez aquejada de la previsible diabetes del tragón: ese diagnóstico lo acreditó como conferencista ante la Sociedad Gallega de Patología Digestiva.14 Tener nuevamente un rey de España (aunque fuera “mejor tener un canto que una constitución”)15 y además carismático, galán y bondadoso, debió de satisfacerlo, junto al festejo por el Estatuto de Autonomía para Galicia, obtenido en 1981, y una deuda previa de la Guerra Civil. Respiró aliviado cuando tuvo la certeza de que la guarnición gallega se negó a participar en la fallida asonada del 23 de febrero. Aclaró entonces que, de separatismos, nada: ser gallego y español le parecía la armonía celestial. Agonizando en Vigo, quiso amanecer cadáver en Mondoñedo un 28 de febrero.16
A quienes acaso nunca haremos el Camino de Santiago, por ser liberales agnósticos, el día a día de Cunqueiro en las festividades hispanistas del franquismo, tan cutres y rancias, como lo reconoce Rivero Taravillo,17 nos fastidia. Sin embargo, no creo que pueda acusarse a Cunqueiro de la confusión provinciana de lo Oficial con lo Real, denunciada por Valery Larbaud. Cumplía cuando lo requerían y siempre lo requerían. Como el otro Valéry, Paul, por cierto.
Casi seiscientas páginas de biografía para Cunqueiro son demasiadas; a Rivero Taravillo le hizo falta un editor más severo, pues abundan menudencias de muy estricto interés local que debieron suprimirse en Álvaro Cunqueiro. Sueño y leyenda. A alguien tan fascinante, a su manera, como Cunqueiro, un William Empson, por ejemplo, también le sobraron los dos tomos que le dedicó John Haffenden.
Lo digo con la conciencia tranquila. Cuando llamé fallida su novela sobre un Paz agónico recibiendo a la hija del todavía mítico José Bosch, el mentor anarquista del poeta mexicano, Antonio me agradeció la nota. En realidad, tuvo mala suerte: mientras él fabulaba sobre el episodio, Ángel Gilberto Adame entraba en contacto con la familia y con los papeles de Bosch, quien murió poco después que Paz sin mayor interés, el catalán, en los recuerdos, en las ideas o en la persona del poeta mexicano que lo había tornado legendario.18
Formó parte Cunqueiro de los escritores a quienes nada les parece más hermoso que el repicar de las campanas, como a lord Dunsany y a Villiers de l’Isle-Adam. Se imaginó, como un personaje de este último, príncipe de aquella naturaleza melancólica característica de los aristócratas venidos a menos, según José Maria Eça de Queirós, es decir como “un pequeño demonio arrepentido”, ansioso de habitar una cabaña en el linde del huerto del convento, para escuchar “las dulces campanas”.19 Pero lo de Álvaro Cunqueiro, de natural perezoso, si por ello se entiende el hábito de no alejarse de la mesa para el buen comer y del escritorio para escribir, fue tomar la obligación del peregrino, incluso si este narrador compulsivo soñó con el silencio monástico, “el más alto grado de sabiduría humana”.20
Nadie como él, más allá de Galicia, fue tan lejos en nuestras letras, en el universo de la fábula y, por ello, en la publicación de esta biografía veo un gesto de inmensa e intensa bonhomía que pinta de cuerpo entero al llorado Antonio Rivero Taravillo. ~
- Rivero Taravillo, Álvaro Cunqueiro. Sueño y leyenda, pp. 165 y 189.
↩︎ - Ibid., p. 481.
↩︎ - Ibid., p. 377.
↩︎ - Ibid., p. 47. Rivero Taravillo cita en gallego y sin traducción todo aquello que Cunqueiro escribió en esa lengua.
↩︎ - Ibid., p. 309.
↩︎ - Ibid., pp. 51 y 483.
↩︎ - Ibid., pp. 267 y 511.
↩︎ - Ibid., p. 438.
↩︎ - Ibid., pp. 179-180 y 1993.
↩︎ - Ibid., pp. 112, 133, 149 y 272.
↩︎ - Ibid., p. 123.
↩︎ - Ibid., pp. 298 y 415.
↩︎ - Ibid., pp. 229 y 334.
↩︎ - Ibid., p. 495.
↩︎ - Ibid., p. 500.
↩︎ - Ibid., p. 531.
↩︎ - Ibid., p. 323.
↩︎ - Christopher Domínguez Michael, Octavio Paz en su siglo, Ciudad de México, Debolsillo, 2019, p. 144.
↩︎ - Rivero Taravillo, op. cit., p. 233.
↩︎ - Ibid., p. 217. ↩︎