¿Por qué será que nos causa tanta fascinación lo desconocido? La posibilidad, el misterio o la trascendencia, lo que no vemos a simple vista… Hace unos días, un amigo me dijo que entendía los vínculos entre la poesía y el esoterismo, que incluso no le resultaba extraño que los poetas contemporáneos leyeran también el tarot, pero que le parecía menos común que un ensayista se decantara por la lectura de manos, por ejemplo. Al escucharlo, entendía los motivos detrás de esta idea, pero también pensaba en que la humanidad, desde su tímida aparición sobre la Tierra, ha guardado en su interior un miedo, respeto o curiosidad hacia aquellos hechos que no pueden explicarse. Sin importar nuestros oficios, buscamos constantemente alguna guía para encaminar el sentido de nuestras vidas. En este contexto, la escritura y el arte parecen existir más cerca de la adivinación de lo que quizá podríamos pensar.
Para el Museo Nacional de Arte (Munal), esta conversación entre arte y ciencias adivinatorias comenzó en 2021, con la donación de la carta astral que André Breton elaboró para el poeta Jean Schuster cerca de 1950, lo cual marcó el inicio de una investigación de largo aliento que se consolidaría este año en la exposición Bajo el signo de Saturno. Adivinación en el arte. La pregunta sobre la pertinencia de integrar este documento histórico y artístico al acervo del museo fue el punto de partida para desarrollar esta muestra, que reúne cerca de doscientas piezas en las salas temporales del Munal. Así, el principal interés del equipo curatorial, encabezado por David Caliz, fue situar la colección del museo en el centro de la investigación, con el propósito de generar nuevas lecturas de su acervo a partir del concepto de la incertidumbre, entendida como la necesidad humana de comprender la posteridad.
La muestra está organizada en cuatro ejes que conforman constelaciones de imágenes inspiradas en la tradición esotérica como dispositivo de pensamiento creativo: la nigromancia, que invoca a los muertos; la clarividencia, que busca descifrar el porvenir; la astrología, que consulta a las estrellas; y el terror cósmico, que aborda la incertidumbre del futuro. Estas líneas curatoriales revelan la complejidad de estos saberes desde una perspectiva artística y proponen una exposición temática más que cronológica en la que se establece un diálogo intergeneracional con obras que abarcan de 1513 a 2024 e incluyen a artistas como Leonora Carrington, Remedios Varo, Alberto Durero, Tercerunquinto, José Guadalupe Posada, José Horna, Eugenia Martínez, Ángel Zárraga, Teresa Morán, entre muchos otros.
Además de su amplia colección de piezas, esta exposición destaca por el proceso de vinculación que el museo ha establecido con sus públicos. En las salas se presentan diversas infografías concebidas como herramientas para que los visitantes comprendan en qué consiste cada ciencia esotérica y que, a partir de ello, estimulen su pensamiento creativo y sensible durante el recorrido. Por ejemplo, frente a la escultura La quiromancia (2011) de Leonora Carrington –que representa a una figura femenina de pie, envuelta en un manto y en aparente estado de trance– se encuentra un gráfico que explica la lectura de manos y describe el significado de las líneas en la palma. Por un momento, puede parecer que esta información atrae más que las piezas en sí porque naturalmente nos conquista la idea de una posible interpretación de nuestra vida, pero el encuentro entre estos recursos gráficos en los muros y las piezas de las colecciones hace que las conversaciones entre vida y arte se enriquezcan en el recorrido de la muestra.
Me atrevo a decir que hay un ejercicio de evocación más que de simple representación en la exhibición, pues el aura de las salas –influida por los colores de los muros y la iluminación de las piezas– nos conduce a un estado meditativo constante. Bajo el signo de Saturno, además, guarda ciertos guiños en su curaduría que insisten en hacer una propuesta integral: para la pieza El tarot chilango (1996) de José Raúl Pérez Fernández, por ejemplo, el curador narra que el montaje fue a partir de una tirada del tarot para participar de la poética del proyecto, el azar y las cartas. “Si hablamos de la incertidumbre y como no podemos controlarlo todo”, menciona Caliz, “el proyecto curatorial también parte de ahí”.
Creo que la elección por parte del Munal de tematizar lo esotérico en el marco de una colección nacional responde también a una coyuntura cultural en la que la astrología y otras formas de espiritualidad alternativa han ganado visibilidad en el discurso público, especialmente en el más joven. Sin embargo, más allá del fenómeno social, la exposición propone un marco de análisis desde la práctica curatorial: ¿qué saberes validan los museos? ¿Desde qué discursos se construyen las narrativas expositivas? En el último núcleo de la muestra se presenta una interrogante formulada por Goethe sobre si el arte es un vehículo para conocer lo que no se puede. Como apunta Caliz, “más que brindar verdades absolutas, las exposiciones deben generar cuestionamientos en el público”, no se trata de ofrecer discursos cerrados, sino de abrir posibilidades de diálogo sobre lo que se exhibe, cómo se exhibe y con qué intención. En este sentido, el museo se plantea como un espacio de mediación crítica, pero también como un dispositivo de imaginación cultural.
El recorrido por las salas permite reconocer tanto el rigor curatorial como la pertinencia del eje temático centrado en la astrología y los saberes esotéricos. La propuesta se sostiene, en buena medida, gracias al cuidadoso trabajo de articulación entre obras disímiles en tiempo, estilo y procedencia, que encuentran cohesión a través de una narrativa simbólica y transversal. En este gesto radica, quizá, su mayor aporte: habilitar una lectura alternativa del patrimonio artístico desde los márgenes del saber oficial, sin caer en la trivialización de los símbolos ni en una estetización superficial del ocultismo. Así, más que una respuesta definitiva, la exposición se propone como una plataforma de exploración abierta, donde el arte puede efectivamente funcionar como un vehículo hacia lo desconocido.
Quizá es muy pronto para conocer el impacto de la exposición: para saber si a partir de este ejercicio cambiará algo en nuestra manera de relacionarnos con los museos y sus colecciones, si aquellas personas que fueron por primera vez, atraídas principalmente por el esoterismo, regresarán a las salas del Munal o si el encuentro con alguna de las piezas generó una experiencia que cambió su percepción sobre la vida y el arte, por ejemplo. Pero lo cierto es que la muestra se distingue por proponer una lectura renovada y fresca del acervo institucional en lugar de repetir los relatos históricos canónicos, lo que permite abrir un campo de sensibilidad y sentido que dialoga con las inquietudes contemporáneas. Será importante seguir de cerca el devenir de estas iniciativas con el propósito de continuar reflexionando el para qué o para quiénes existen los museos en México y sus colecciones. ~