País de desaparecidos

Raíz que no desaparece

Alma Delia Murillo

Alfaguara

Ciudad de México, 2025, 248 pp.

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México vive una guerra civil que los mexicanos nos negamos a reconocer como tal a pesar de que tiene todas sus características: es un conflicto armado entre ciudadanos de un mismo país, ha causado un gran número de muertes y destrucción, tiene como origen económico el tráfico de sustancias ilegales hacia los Estados Unidos. Entre muertos y desaparecidos el número rebasa el medio millón de mexicanos. Por donde se le vea se trata de una auténtica tragedia, una crisis humanitaria colosal, el mayor conflicto armado en nuestro continente en este siglo.

Pero los mexicanos no queremos ver ni aceptar la magnitud de nuestra situación. La gente mayoritariamente sigue votando y apoyando al gobierno que, en vez de disminuir, ha incrementando la violencia. Algunos hemos apuntado que esto se debe a la complicidad del gobierno con las bandas criminales. No se trata de una observación sin sustento: nuestro vecino del norte, que es además nuestro socio comercial y la mayor potencia militar del planeta, ha señalado con claridad que México está dominado por los cárteles de narcotraficantes y que el gobierno mexicano sostiene una intolerable relación con ellos. Para consolidar la hegemonía política de su partido, López Obrador consintió la alianza entre miembros prominentes de su gobierno con la delincuencia organizada.

Los números son elocuentes. Desde 2018, se han perpetrado en el país más de 235 mil asesinatos (en Hiroshima y Nagasaki murieron alrededor de 210 mil personas). Se han encontrado alrededor de 6 mil fosas clandestinas. Operan quince cárteles en México. Diecisiete estados de la república son considerados de alto riesgo. Antes de la llegada de Morena al poder había 30 mil desaparecidos, hoy suman más de 130 mil, incluso cuando solo dos de cada ocho familias afectadas han denunciado, lo cual hace suponer que la cifra real es mucho mayor. En promedio desde 2018 se han registrado cuatrocientas masacres cada año. Más de 26 mil niños muertos y 17 mil desaparecidos. Treinta personas desaparecen todos los días. Desaparece una persona cada 45 minutos. Con absoluta ligereza e inhumanidad la presidenta Claudia Sheinbaum ha afirmado que se trata de “desapariciones voluntarias”. Decenas de miles de jóvenes han sido secuestrados por bandas de narcotraficantes, los torturan, los esclavizan para levantar cosechas o los alienan para utilizarlos como sicarios. Los mexicanos nos negamos a ver en todo esto una emergencia humanitaria. Es mucho más que eso. Es el infierno en la tierra. El horror.

Pese a que vivimos en medio de una cruenta guerra civil, la mayoría de los mexicanos vive dando la espalda al horror. Tal vez nos hemos vuelto indiferentes al sufrimiento de los otros, como mecanismo de defensa. Tal vez la intensa propaganda gubernamental no deja a muchos ver el tamaño de la desgracia. Están también los negacionistas, los simpatizantes fanáticos del partido en el poder, por puro interés, por ideología o por ignorancia. No pueden ver que tarde o temprano el fuego nos alcanzará a todos.

Hay personas, sin embargo, a las que la situación no deja indiferentes. Las víctimas, en primer lugar, y sus allegados. Los colectivos de madres y padres que buscan a sus hijos. Artistas –cineastas, pintores, poetas, novelistas– que no pueden cerrar los ojos. Que escriben, pintan o filman el horror. Es el caso, por ejemplo, de María Rivera y su poema “Los muertos” (“Allá viven los descabezados, los mancos, los descuartizados…”), el caso de la poeta Sara Uribe y su desgarrador libro Antígona González, sobre un hermano desaparecido. Es el caso de Alma Delia Murillo y su novela Raíz que no desaparece.

Ante hechos de la magnitud de lo que está sucediendo en México, ¿qué hacer? ¿Mantenerse indiferente? ¿Comprometerse? ¿Evadirse? Ante todo el escritor no debe mentirse, debe comprometerse con su arte. La cuestión la planteó con lucidez George Orwell en su ensayo “En el vientre de la ballena”. Hay escritores que viven y escriben cómodamente instalados dentro del vientre de un enorme animal (dentro de su burbuja, diríamos ahora), mientras que otros se arriesgan a salir, se comprometen y luchan. No pueden callar, por ejemplo, ante la guerra civil que padecemos, no pueden callar ante los cientos de miles de desaparecidos, no pueden permanecer indiferentes frente al acoso que sufren las madres buscadoras por parte del Estado y de los delincuentes. Hay muchas formas de comprometerse desde la literatura. Orwell denunció en 1984 el totalitarismo soviético, así como los excesos del capitalismo industrial. Albert Camus (como Orwell, antisoviético y antiautoritario) se comprometió políticamente sin que sus novelas se entregaran a la denuncia directa. Tanto Orwell como Camus tenían claro que el principal compromiso del escritor era con la literatura. Ambos sabían que el compromiso podía afectar la calidad literaria de sus obras.

Los tiempos aciagos que vivimos plantean nuevas exigencias morales y estéticas. Mantenerse indiferente es la peor de las salidas. La indiferencia perpetúa el statu quo. Alma Delia Murillo escribió una novela comprometida. Una valiente denuncia del Estado cómplice de los criminales. No escribió un ensayo o un reportaje sino una obra de ficción. Y esta debe juzgarse no desde la validez de su compromiso político (su apoyo solidario a las madres buscadoras) ni desde una posición moral (el sufrimiento de las víctimas) sino desde la literatura. ¿Es Raíz que no desaparece una buena novela, una novela eficaz? ¿Desarrolla bien su argumento? ¿Son verosímiles sus personajes? Alma Delia Murillo es la autora, la narradora y la protagonista de esta historia de dolor y búsqueda. Una historia de asesinatos y de redención. ¿Cuenta una historia poderosa y convincente? A mi juicio, no. Le ganó la vena sentimental, la trama por momentos es inverosímil, por más que lo intente justificar con argumentos biológicos (los árboles “se enferman” de un hongo negro para señalar el lugar donde las autoridades entierran a los desaparecidos). Con un recurso muy parecido al que utiliza Sara Uribe en Antígona González, los desaparecidos hablan y cuentan su historia y reclaman a las autoridades su inoperancia pero también a la sociedad su indiferencia. Los personajes están creados con cierto descuido. No nos dan razones de sus acciones, su presencia es fortuita. No corre Murillo ningún riesgo con su lenguaje, este es el de la pasión y la denuncia exaltada. Es una novela que busca conmover para mover a la acción a sus lectores. Su propósito literario y oral es muy loable, pero su novela es menor. La protagonista de Raíz que no desaparece varias veces se pregunta por la legitimidad de su búsqueda, por la legitimidad de lo que cuenta, ¿por qué ella –autora de clase media chilanga– está contando esta historia? Ella misma se responde: para dejar constancia, para participar brindando un testimonio de su tiempo, para comprometerse frente a un presente intolerable.

Alma Delia Murillo es una escritora que decidió escribir fuera del vientre de la ballena. Asume una posición incómoda, la de la denuncia. Para dotarla de verosimilitud se plantea en la obra como una víctima lateral. Resultan afectados personajes cercanos a la protagonista. Recibe amenazas por internet. Ella se refugia en casa de una amiga, se esconde, se va del país. Un victimismo superficial. Los datos que aporta la novela son fuertes pero se trata de una novela, no de un reportaje de denuncia. El compromiso de Murillo es honesto, pero de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno. Camus reflexionó a fondo sobre el compromiso político y la literatura. Llegó a la misma conclusión a la que arribó Henry James, notable artífice de la novela. La libertad creativa es el valor más alto del artista. En el caso de Orwell esa libertad se traduce en la abundancia de elementos circunstanciales con que puebla sus novelas, elementos muchas veces chocantes. Orwell, como Camus, se niega a pontificar, a decir lo que el lector debe pensar o debe sentir. Al final el protagonista de 1984 es derrotado, aplastado, y con ello la novela gana en verosimilitud. En Raíz que no desaparece las buscadoras encuentran a sus muertos gracias a mensajes que reciben en sueños y a que los árboles les “hablan” a través de una extraña enfermedad de hongos negros.

No puede un escritor ser indiferente frente a la tragedia. Cientos de miles de muertos y desaparecidos. Un Estado cómplice de los delincuentes. El compromiso puede adoptar múltiples formas. El camino más arduo es el del compromiso que pasa primero por la exigencia frente a la obra, compromiso con la forma que adopta la novela, con el lenguaje de sus personajes, con la renuncia a cualquier facilismo. Celebro la honestidad y el valor civil de Alma Delia Murillo. Aguardo una mejor definición de su arte narrativo. ~


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