Pepenar el tiempo

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Hay cosas que nunca cambian, y una de ellas es la curiosidad de rastrear el mundo con ojos de detective. A lo largo de más de un año, Perla Krauze (Ciudad de México, 1953) recorrió el estado de Puebla guiada por el impulso pepenador que la acompaña desde niña, cuando pasaba los domingos ensimismada en la búsqueda de tesoros geológicos en el malpaís negro y poroso del Pedregal, saltando en la maleza y hurgando en la morada de tarántulas, víboras y alacranes. Su aproximación a la materia consiste desde entonces en el acceso íntimo a un depósito de la memoria. Por eso dice que la esencia de México se podría concentrar en tres materiales: la piedra volcánica oscura, el barro negro y los vestidos de rebozo. La huella no tiene que ver con poner, sino con encontrar. Y con lo que nos provoca el hallazgo.

Desde octubre de 2015, una cámara de fotos para registrar los paisajes, unos frascos casi de alquimista y una llanta que acabó ponchándose fueron testigos de su viaje por las vetas líticas de Puebla. Sin embargo, en el proceso de investigación para construir la exposición Materia lítica: Memoria/Procesos/Acumulaciones, que hoy se exhibe en el Museo Amparo, Krauze experimentó una simbiosis entre la paleontóloga y la artista que la llevó a nuevos caminos plásticos encerrados, paradójicamente, en las rocas más antiguas de la región. Perla recorrió las minas de sal de Zapotitlán, recogió residuos pétreos y escaló montañas de polvo en los talleres de Tecali y San Salvador el Seco; visitó y revisitó ladrilleras con hornos que parecen castillos en ruinas, descendió a yacimientos de piedra volcánica, halló fósiles imposibles y se coló en talleres de Talavera; cruzó por los manantiales de Tehuacán, conversó con los productores de barro de Los Reyes Metzontla y manejó sola con su coche por caminos de terracería para explorar esas rutas que en las imágenes satelitales se ven cortas, pero que por alguna razón no tienen carreteras asfaltadas.

En su taller de la colonia Roma, Krauze mira el patio trasero con nostalgia y recuerda que hace un año la hiedra cubría toda la pared frontal, pero provocó filtraciones en la propiedad del vecino y hubo que talarla en gran parte. Ya reverdean algunas ramas que pronto irán lamiendo los muros hasta poblar de nuevo el espacio. Perla me dice que cuando eso suceda volverá a explorar lo que queda debajo de esta criatura vegetal, como ocurre siempre que la hiedra invade el suelo hasta llegar al taller. Esta obsesión paleontológica se materializa en su trabajo, que consiste desde hace años en rastrear y documentar, en apropiarse, yuxtaponer y reconfigurar los fragmentos que se encuentra. Su proceso artístico está atravesado por principios de producción formal en los que las obras establecen siempre un diálogo profundo entre la matriz y la huella encontrada que resulta disociada de su contexto. Krauze es una alegorista en el sentido más benjaminiano del término. Como señala Craig Owens, el artista alegórico no inventa las imágenes sino que las confisca. A la vez arqueología y montaje.

Dejarse guiar por el proceso de investigación es probablemente el aspecto que imprime a su trabajo esa sensación de obra abierta, de work in progress eterno en el que palpita la posibilidad visual de mutar. Esta apertura a la transformación se relaciona con lo que sucedió en el proyecto de Puebla. Krauze confiesa que en un estado tan rico en yacimientos prehispánicos había planeado que su búsqueda la llevaría quizás a eslabones perdidos en alguna pirámide sepultada. Sin embargo, Krauze cuenta que en cada nuevo municipio poblano al que llegaba se repetía un fenómeno intrigante: los lugareños siempre atesoraban una cajita en el lugar más secreto de la casa. Cada vez que la tapa se abría ante sus ojos, no descubría figurillas aztecas ni ídolos vernáculos, sino fósiles marinos y fragmentos de roca vieja recolectados a lo largo de décadas. Krauze se percató entonces de su gran afinidad con los habitantes locales, verdaderos coleccionistas de huellas, igual que ella. Por eso decidió que su proyecto artístico estaría relacionado con el vínculo entre el pasado remoto –cuando ni siquiera existía el ser humano– y los procesos artesanales e industriales del presente. Así recopiló fragmentos nobles, pero también despojos blancos, grises, térreos, jaspeados, rojos y quemados. También tomó decenas de improntas mediante la frotación de grafito negro sobre telas de lona instaladas encima de las planchas que sirvieron como base para cortar cientos de losas, la misma técnica que se utiliza en los comercios cuando alguien hace una compra con tarjeta de crédito y no funciona la terminal.

La muestra Materia lítica: Memoria/Procesos/Acumulaciones está dividida en seis salas que plantean un recorrido que oscila entre el gabinete de curiosidades, el jardín escultórico y el paisaje lunar. Las toneladas de materiales instaladas en el recinto proceden exclusivamente del estado de Puebla, a excepción de los bastidores de madera, algún aglutinante y la presencia del plomo que siempre acompaña la obra de Krauze. Para ella, las personas somos como el plomo, un metal dúctil, maleable, generoso y a la vez tóxico, con una parte oscura y otra luminosa. El plomo le fascina porque guarda la memoria a través de manchas, que son para la artista esas huellas que no se quitan, que ahí se quedan, testigos indelebles del tiempo.

En Libro de los pasajes, Walter Benjamin define la huella como la aparición de una cercanía, por lejos que pueda estar lo que la dejó atrás. Es decir, en la huella nos hacemos con la cosa. En uno de sus viajes, en la cantera de Tlayúa, en Tepexi de Rodríguez, Krauze presenció cómo en una de las capas de piedra aparecía la huella de un pez redondeado. La artista tomó su barra de grafito, un pedazo de tela y corrió a sacar la impronta que ahora cuelga en una de las paredes del Museo Amparo. En este dejarse llevar por el proceso, Krauze descubrió que en una cantera de caliza micrítica, usada para pisos y fachadas, es posible encontrar también a los antepasados de la sardina. Como dicen los habitantes de esas tierras: trabajar en la cantera es también “salir a pescar”. ~

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