Pianistas: el cerebro en los dedos

Siempre queremos saberlo todo acerca de la infancia de los artistas talentosos, con los pianistas no iba a ser menos.
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Los pianistas son la aristocracia de los músicos. Producen casi tanta fascinación como los cantantes. Son las prima donnas de las manos: sus diez dedos parecen en realidad dos docenas, como si se sacaran de la manga unos cuantos más para golpear con precisión todas las teclas necesarias en las piezas más difíciles de Chopin, Rachmáninov o Liszt. Quizá por eso los rodea esa aura de fragilidad soberbia: nos parecen trapecistas en escena, pues un error de milésimas de segundo puede arruinarles un pasaje entero. Hay tantas biografías de pianistas como intentos de descifrar qué nos atrae tanto de sus trayectorias. Desde el excéntrico Glenn Gould hasta el incombustible Oscar Peterson, pasando por Daniel Barenboim y, cómo no, Martha Argerich, que a sus 84 años sigue dando conciertos por todo el mundo. Cada uno encarna un modo distinto de relacionarse con el instrumento y con el mundo. Gould, que odiaba tocar en directo, grabó las Variaciones Goldberg de Bach dos veces y en ambas dejó oír su voz tarareando por encima del teclado, algo que horrorizaba a los ingenieros de sonido. Era hipocondríaco, enemigo de los aviones y partidario de usar guantes incluso en verano, como si sus manos fueran reliquias que hubiera que preservar. Barenboim, también director de orquesta, lleva décadas empeñado en demostrar que la música puede servir de puente entre pueblos enfrentados, a través de la West-Eastern Divan Orchestra, formada por jóvenes músicos israelíes, palestinos y árabes.

Quizá esa curiosidad que sentimos hacia la vida íntima de los pianistas explique por qué resultan tan fácilmente convertibles en personajes literarios. De cualquier artista buscamos sus manías y rituales; de los pianistas, además, queremos saber si calientan las manos antes de tocar, si prefieren un Steinway a un Bösendorfer o si viajan con su propia banqueta. Bruno Gelber, también argentino y alumno del mismo maestro que Argerich –Vicente Scaramuzza–, es un filón para cualquier narrador. Leila Guerriero lo demostró en Opus Gelber. Retrato de un pianista (Anagrama, 2019). Gelber, que contrajo poliomielitis a los siete años y quedó parcialmente paralizado de una pierna, transformó su limitación física en disciplina férrea. A eso se suma su amor por el maquillaje, su gusto por las telenovelas y su tendencia a hablar de sí mismo como si fuera otro personaje, algo a lo que Guerriero saca enorme partido.

Y, por fin, llegamos a Martha Argerich, la “Diosa del piano”, según la llaman, pues hay algo sobrenatural en su capacidad para tocar de memoria, como si todo el repertorio pianístico le cupiera en un compartimento secreto del cerebro del que los demás mortales carecemos. La biografía sobre ella escrita por Olivier Bellamy y publicada por Blatt & Ríos en 2025 permite asomarse a su rutina, en la que vuelos, cafés y ensayos se suceden en horarios insólitos para muchos de nosotros.

Antes de esta pudimos leer Conversaciones en la calle de los pianistas (Buenos Aires, Aguilar, 2019), libro en que la crítica musical Sandra de la Fuente viaja a Bruselas con una misión insólita: acercarse a la rue Bosquet, la calle que concentra, por metro cuadrado, a algunos de los pianistas argentinos más prodigiosos. Allí viven Argerich, Lyl Tiempo y sus hijos Karin y Sergio, todos intérpretes del instrumento. El libro procede del documental homónimo dirigido por Mariano Nante en 2015, en el que pudimos atisbar la vida cotidiana de Argerich, con sus dos pianos de cola presidiendo el salón de su casa.

Bellamy decidió escribir su libro durante el confinamiento del covid, dada la cantidad de material que atesoraba sobre ella. Cada uno de los veintidós breves capítulos lleva por título un lugar significativo en la vida de la pianista: Buenos Aires, sin duda, pero también Varsovia, Bruselas o Ginebra, donde dio a luz a su primera hija.

Siempre queremos saberlo todo acerca de la infancia de los artistas talentosos: si tuvo algo en común con la nuestra, si merendaban pan con Nocilla y si les dejaban ver la televisión. Los padres de los niños prodigio tuvieron una responsabilidad importante, y de ello da buena cuenta Bellamy, que dibuja con anécdotas el ambiente familiar de Argerich, cuyos padres ya intuían su genialidad, por eso la llevaron a una guardería con métodos pedagógicos modernos, donde una señora tocaba canciones de cuna al piano.

Pero Bellamy no pretende ofrecer solo historias sobre la pianista, aunque sí figure el célebre mito según el cual una joven Martha de dieciséis años aprendió el Concierto para piano n.º 3 de Prokófiev escuchándoselo entre sueños a su compañera de piso, también pianista. No se sabe a ciencia cierta si fue así, pero hay unanimidad en que su memoria es prodigiosa, y su oído, casi paranormal. El autor francés trata de entender –y de poner en palabras– qué convierte a Argerich en una pianista tan especial. Quizá lo que más nos atrae de ella no sea solo su virtuosismo, sino también su fortaleza, pues cada concierto se asemeja a una batalla cuerpo a cuerpo entre la intérprete y esa máquina acharolada de 88 teclas. Por eso queremos conocer sus fragilidades, sus contradicciones y su vida privada, y en esta biografía Bellamy satisface nuestra curiosidad y nos lleva a pasar las páginas con interés, no tanto porque la vida de Martha Argerich se asemeje a una novela, sino porque él tiene el don de hacer que así nos lo parezca. ~


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