Posdata a una bibliografía

El oficio de ser extranjero. Reflexiones sobre el viajar

Roger Bartra

Anagrama

Barcelona, 2026, 128 pp.

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En la Villa San Michele, en la isla de Capri, puede visitarse la estatua de granito rojo de una esfinge milenaria. Posada sobre una balaustrada, da la espalda a la villa y contempla el golfo de Nápoles. Sus enigmas se dirigen a la lontananza.

Entre los visitantes a esta villa, el menos inquisitivo no habrá sido Roger Bartra: ese viaje abre su más reciente libro, El oficio de ser extranjero. Reflexiones sobre el viajar, que indaga en la ambivalencia del viaje contemporáneo. Bartra llega a Capri en busca de una lectura de juventud. En el camino, lo sumerge la ansiedad ante el turismo de masas y las selfis, aunada a la paradoja de ser un turista más.

El autor nos dice que el tema de este ensayo se lo sugirió su esposa, por el goce de los viajes realizados. Como insinúa la anécdota inicial, el libro reseñado es y no es el resultado de esa exhortación. Viajar es un hilo que une quince capítulos en los que no se aborda tanto el goce como su opuesto. Pero el viaje es, sobre todo, el sustrato de una reflexión más honda y personal: la “exaltación de la condición de extranjero”, no solo como consecuencia biográfica sino como instrumento intelectual y antídoto al nacionalismo. Trenzado con la reflexión viajera, el propósito del libro es transformar esa condición de extranjero, del estigma que aún representa, en la virtud que encarna para Bartra.

El tema se remonta a los orígenes del autor y explica su distintivo pensamiento. “El oficio de ser extranjero consiste en usar como instrumento esa distancia aumentada entre el yo y el entorno […] ser catalán en México o mexicano en Barcelona produce un peculiar distanciamiento que puede ser afinado y afilado como instrumento del pensar.” Para Bartra, asumirse extranjero resulta liberador: permite eludir constructos y lugares comunes. Hijo del exilio, convierte sus sucesivas experiencias de la dislocación en una invaluable complejidad.

Hacia el final del libro nos dice que “la condición de extranjero auspicia el crecimiento de profundas raíces en el suelo donde se vive y en el mundo que nos rodea. Y si uno se ve impulsado a desplazarse, ellas han generado una especie de raíces interiores como espejo de las que se abandonan al ir a vivir a otro lugar. Así, el extranjero es un ser lleno de laberínticas raíces internas que no dejan de crecer, de enmarañarse y revolverse en su conciencia”.

Bartra ramifica sus temas a lo largo del texto y nos va tomando a contrapié con inesperados ángulos y perspectivas. La riqueza de la indagación hace cohabitar la materia de varios libros: tipologías de viajeros, un breviario de doctas reflexiones en torno al tema, el ya mencionado ensayo sobre ser extranjero y la crítica del nacionalismo, además de una bitácora de viajes.

Las partes más gozosas ocurren cuando Bartra nos convida a travesías de papel, ya sean las lecturas de la infancia o cuando pone a dialogar a autores, conciliando a Baudelaire y Pessoa en su amor y odio al tedio, que a uno lo transporta al exotismo y al otro al desasosiego. Lectura y vivencias se complementan al sumarse la narración de una visita a Nueva York: “Mi alma no era la piedra dura que describe Pessoa, sino una esponja que absorbía. Sentía un placer secreto al sentirme como un extraño.”

Más adelante, llama a no ceñirse el corsé de una identidad estrecha, y lo hace desde su experiencia de sumar países y aprendizajes. A nuestras preconcepciones viajeras, opone paradojas como la de Chesterton: “Todo el objetivo de viajar no es poner un pie en una tierra extranjera; es por fin poner el pie en el país de uno como tierra extranjera.” También nos hace cuestionar el punto liminar a partir del cual la exploración se vuelve indigencia, y la obsesión –hoy tan hipertrofiada– por esa autenticidad a la que marchitamos al buscarla; nos advierte que, además de una maleta, “llevamos ideas y modelos simbólicos tomados ya sea de una guía turística o de sesudos ensayos”; nos presenta la antítesis del buen viajero, encarnada en el italiano Ernesto Grassi y sus escritos sobre América Latina, ejemplo de las opiniones cavernarias de quien, al desplazarse, solo proyecta el vacío que lleva a todas partes.

Al desgranar esta multiplicidad, El oficio de ser extranjero se inserta una y otra vez en la larga concatenación del pensamiento de Bartra. No es de sorprender: pocos han aprovechado tanto el hilar de temas y obsesiones que, al enredarse en un nudo, lo atan a un nuevo libro. Así ha ido anudando las redes imaginarias del poder con el axolotl, con el mito del salvaje, con la melancolía europea. Pero, más que otro nudo, El oficio de ser extranjero es un nodo en la obra de su autor.

Este breve volumen forma una galería que, mientras expone su tema central, se comunica con distintos puntos de la obra de Bartra. Surgen pasillos hacia sus otros libros que prolongan lo que estamos leyendo. Conviene empujar esas puertas hacia habitaciones más amplias, donde las ideas de Bartra se despliegan a sus anchas. En ese sentido, El oficio de ser extranjero puede leerse como una posdata a su bibliografía.

Esta riqueza provoca comparaciones. Caso concreto: extendí los viajes de Bartra en este libro con la lectura de sus Mutaciones. Autobiografía intelectual (2022). Ahí, las mismas vivencias se redescubren en su contexto, recuperan su goce y su plenitud, y se suman geografías. Lo mismo ocurre con numerosos planteamientos, aquí comprimidos, allá detallados por Bartra. La curiosidad es la condición de esas recompensas.

Lo que El oficio de ser extranjero logra cabalmente es una autopsia del viaje, de sus males congénitos y de su metástasis actual. Quedan enjuiciados los tópicos y las escapatorias superficiales: “Una vacación es meramente la búsqueda de un cambio que no cambia nada.”

Al placer de la inteligencia del autor, sin embargo, se suma la sensación de una pelea desigual. En la aguda impugnación del viaje, las voces de la fiscalía son de antemano más sustanciales, como la lapidaria opinión de Emerson de que el viaje es “el paraíso de los tontos”. En la balanza escasean los viajeros lúcidos, a la altura del mismo Bartra en su autobiografía. Frente a los fascistas y otros viajeros acríticos serviría el contrapunto de algún Simon Leys, Jacques Lacarrière o George Orwell. La disección de los descarríos es gozosa; contrastándola, lo sería aún más. Es el síntoma de otra ausencia: Bartra desmantela los viajes sin apenas contagiarnos de su interés. Falta calibrar esa ilusión antes de disiparla, de preferencia en voz de quienes la han sabido expresar, empezando por el autor de Mutaciones.

Entre mis reproches más nimios: algún ejemplo que ha perdido vigencia, algún anacronismo que habla de trenes en vez de aviones, de tarjetas postales en vez de redes sociales (cuya ausencia omite su contribución al deterioro de muchos sitios). Quizás son meras variantes que las ideas ya abarcan. Les sigue un pasaje de poco interés: “Hay otra forma de turismo masivo, acaso la peor, que también fluye a lugares completamente artificiales, pero en un sentido muy diferente a los que se ven en Las Vegas. Se trata del peregrinaje masivo a lugares considerados sagrados […] deja una estela de fanatismo que puede ser peligrosa […] La peregrinación de La Meca, por lo que sé, es similar pero a una escala mucho mayor, tanto por su carácter masivo como por el fanatismo que exhibe.” Ahí termina el capítulo. Lo sucinto del pasaje convierte una crítica, acaso válida, en una opinión. Nos interese o no, hace doce siglos que se peregrina el Camino de Santiago.

Los capítulos sobre el viaje también posponen la vuelta al tema central. Bartra nos brinda su idea más desafiante por entregas, sin margen para ahondar en ciertos términos. A cuentagotas nos dice: “regresé a mi país como extranjero, y, paradójicamente, ello fue una bendición”, y reitera que está entre “los que desean ser extranjeros”. Más adelante escribe sobre “preferir ser extranjero en el lugar donde nací y crecí”. Los plenos motivos y consecuencias de ese planteamiento, y cómo lo reflejan sus libros, quedan interrumpidos por temas aledaños. Que la diferencia permite una distancia crítica está claro, aunque igualmente podría manifestarse por un sinnúmero de elementos personales. De nuevo resulta provechoso volver a la autobiografía del autor: lo que este libro plantea como soberano y electivo, y no termina de exponerse, en Mutaciones se complejiza, surge de una evolución, se va gestando y adquiere los matices necesarios.

Podrá dejar inconforme que yo busque completar un libro con otro. Vuelvo a la idea de la galería y sus posibilidades. Empobrece más pretender que un autor no expresó una idea que ir a buscarla, encontrarla y entenderla. Esto es válido tanto si esa búsqueda es producto de las carencias del lector como del propio texto. Volvamos también a la esfinge de Villa San Michele del inicio: Bartra nunca la menciona en su visita; fue tras leerlo que pude descubrir su existencia. Es en la estela de quien busca “respuestas a muchos enigmas que nos acosan” donde se abren paso los hallazgos. ~


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