Sundance 2022: cuando la realidad supera a la ficción

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Apenas quince días antes de su fecha de inicio, el festival de cine de Sundance anunció que cancelaría todas sus funciones y eventos presenciales. Igual que el año pasado, los screenings y encuentros con cineastas se llevarían a cabo en línea, recordándonos lo que ya sabíamos, pero que aún nos cuesta aceptar: el mundo de las certezas (o de la ilusión de tenerlas) ya quedó muy atrás. Debe decirse a favor de Sundance que –a diferencia, por ejemplo, de la más reciente edición del festival de Toronto– ninguna película de su programación tenía restricciones geográficas. Un gesto que se agradece, dado que ver festivales en línea es de por sí sofocante (y considerando que, de cualquier forma, muchas películas serán estrenadas pronto en plataformas como hbo). Ofrezco a continuación una selección arbitraria: películas de distintas secciones que, por las razones que menciono en cada caso, destacaron entre la veintena que vi.

Navalny, de Daniel Roher

La historia de un opositor político víctima de envenenamiento (ordenado, presumiblemente, por el régimen al que se opone) es indignante y de implicaciones aterradoras –pero solamente eso no garantiza que dé lugar a un buen documental–. Y es que sería injusto asumir que los merecidos elogios a Navalny, seleccionada como el mejor documental estadounidense y ganadora del premio Festival Favorite, para el que solo pueden votar quienes vieron las 84 películas que se presentaron, tienen que ver con su pertinencia política. Ayuda que los hechos reales se prestan a la ficción: en 2020, el avión en que viajaba Alekséi Navalny, opositor de Vladímir Putin, aterrizó de emergencia para que el hombre fuera llevado a un hospital. Tras días de silencio, los médicos rusos le diagnosticaron “desórdenes metabólicos”. Cuando por fin autorizaron su traslado a un hospital en Berlín, se supo que Navalny había sido envenado con un agente químico utilizado antes por Putin, por su cualidad de no dejar rastros en el cuerpo de la víctima. Todo esto se difundió en la prensa, pero nada prepara al público para escenas como aquella en la que Navalny, haciéndose pasar por mafioso, obtiene una confesión telefónica de uno de los que participaron en la operación (y quien, con su testimonio, embarra a Putin). O aquella secuencia en la que Alekséi nota que el avión que lo lleva de regreso a Rusia se desvía hacia otro aeropuerto. “Les pido disculpas por el retraso”, les dice con buen ánimo al resto de los pasajeros. Si no lo sabe ya, el espectador puede suponer qué sucedió con Navalny después.

Nanny, de Nikyatu Jusu

Ganadora del premio al Mejor Largometraje Internacional de Ficción, Nanny cuenta la historia de Aisha (Anna Diop), una inmigrante senegalesa contratada por un matrimonio acomodado de Manhattan para cuidar de su hija pequeña. Lo que comienza como una denuncia de explotación a los indocumentados, se convierte en una fábula de horror sobrenatural. La sirena que aterroriza a Aisha, y que se infiltra en su cotidianidad y en sus sueños, tiene su origen en la mitología africana. Según le explica otra senegalesa, es un espíritu que busca poner a prueba su resiliencia –y seguirá haciéndolo mientras se sienta culpable por dejar a su familia atrás–. En muchos sentidos, Nanny evoca a una de las mejores películas de 2020: la brillante His house, del británico Remi Weekes. La comparación no pretende demeritar la ópera prima de Jusu –mucho menos encasillarla en el rubro “directores que comparten ascendencia africana”–. Si acaso, lo contrario. Aunque His house supera a Nanny en el diseño de las pesadillas lúcidas de sus protagonistas, son películas únicas en su uso del género de horror para explorar los limbos psicológicos en los que habitan los inmigrantes.

Jihad rehab, de Meg Smaker

“¿Es posible en verdad rehabilitar a un terrorista?”, pregunta un periodista occidental, refiriéndose al Centro Mohammed bin Nayef, fundado en 2005 en Arabia Saudita. Su tono es escéptico, sin embargo, el documental que contiene la escena explora la pregunta con empatía y honestidad. Vaya desafío para su directora, quien pasó tres años documentando el paso de extremistas islámicos por clases y talleres enfocados en su “desradicalización”. A través de tres protagonistas –Nadir, Mohamed y Ali–, Smaker cuenta la historia de yemeníes que, tras pasar quince años en Guantánamo, ingresan al Centro como condición para su reinserción social. Conforme sucede con algunos grandes documentales, la verdadera historia de Jihad rehab –la que plantea los dilemas éticos más punzantes– comienza cuando Smaker quizá no lo esperaba. Después de que sus personajes se gradúan del Centro, un cambio inesperado en la línea de sucesión saudí vuelve inútiles los intentos de los protagonistas de integrarse a la sociedad. Como es de suponerse, Jihad rehab indignó a varios por la supuesta apología de sus personajes. Sugiero verlo como un ensayo sobre justicia restaurativa (en oposición a la retributiva) y sin olvidar lo ocurrido en Guantánamo. O bien, guiarse por la conversación que sostienen Smaker y Mohamed durante su estancia en el Centro. Ella le pregunta si se considera una buena persona. “No sé” –contesta él–. “[Decidirlo] es tu trabajo.”

Piggy, de Carlota Pereda

Durante décadas, el género slasher mostró a las mujeres como víctimas indefensas. Aunque los psicópatas protagonistas de estas películas también “cazaban” hombres, los cuerpos torturados o mutilados que ocupaban más tiempo en pantalla casi siempre eran femeninos. De unos años para acá, guionistas y directoras se han apropiado del género de formas ingeniosas –y no menos violentas–. De los ejemplos comentados antes en esta sección, el largometraje debut de la española Pereda es el menos complaciente. La historia de Sara (Laura Galán), una adolescente con sobrepeso a quien las chicas del pueblo llaman “cerdita” (el título original de la cinta), no se propone ser simplemente una fábula de empoderamiento. El día en que sus torturadoras son secuestradas ante sus ojos, Sara guarda silencio y no colabora con la policía. Se entiende que la detiene el miedo, pero la cinta también sugiere que la chica se siente vengada por el secuestrador. Las escenas finales de Piggy juegan sin piedad con la imaginación del espectador: evocan el desenlace brutal de El poder del perro, de Jane Campion, otra historia sobre disculpas que llegan demasiado tarde y las secuelas irreversibles del abuso y la crueldad.

The princess, de Ed Perkins

Lo mismo el rol de la princesa Diana como revitalizadora de la monarquía británica que su turbulento matrimonio con el príncipe Carlos han sido objeto de más documentales de los que uno podría recordar. A unos meses de conmemorarse veinticinco años de su trágica muerte en un accidente automovilístico, vale preguntarse si un nuevo documental podría aportar algo más. Tras ver el trabajo de Ed Perkins la respuesta rotunda es “sí”. ¿La razón? Que esta vez la protagonista no es la princesa del pueblo sino todos los que la hemos escudriñado en videos y fotografías. Todas las imágenes que aparecen en The princess han sido transmitidas antes –y ese es el punto–. No hay narrador que las editorialice ni entrevistas hechas ex profeso para este documental. Si bien otras películas y hasta la serie de ficción The crown basan su atractivo en ser un “detrás de cámaras”, The princess orilla al espectador a observar el “efecto Diana” sobre millones alrededor del mundo: la proyección de una fantasía colectiva que terminó por moldear, para mal, la realidad. La ironía última que ofrece este documental es verse a uno mismo contemplando: el espectáculo del espectáculo. La figura de Diana Spencer está demostrando ser una prueba de Rorschach para la eternidad.

Dos estaciones, de Juan Pablo González

La ficción mexicana que concursó en la sección internacional de largometrajes arranca con la toma de un campo de agave hermoso. Un jimador corta las pencas, limpia las piñas y organiza su traslado a una planta tequilera. Desde el prejuicio, al ver estas escenas casi di por hecho que la trama giraría alrededor de la vida de los agricultores, hombres en su mayoría. Muy pronto la cinta de González frena esa inercia del cine mexicano reciente: plantea que la protagonista es una mujer llamada María (Teresa Sánchez), heredera de la fábrica, y dispuesta a lo que sea para evitar que su familia la venda a una compañía estadounidense. El trazo de este personaje –no los giros, vericuetos o intrigas– es lo que provee a Dos estaciones de tensión dramática. Hierática pero no descortés, María escapa al estereotipo de la empresaria agresiva y también al cliché de la jefa que, para no intimidar, adopta un rol maternal. Si bien María es un personaje subversivo, algunas secuencias apuntan a una represión afectiva y sexual (un comentario del director a la moral machista y conservadora que aún pesa sobre el país). Por su interpretación de una mujer que, tarde o temprano, implosiona, Teresa Sánchez obtuvo el premio del jurado a la mejor actriz de su sección.

The Janes, de Tia Lessin

El festival exhibió dos películas sobre un mismo tema: la labor clandestina de un colectivo llamado The Janes que, a fines de los sesenta y principios de los setenta en Chicago, ayudó a once mil mujeres a tener abortos seguros. Call Jane, de Phyllis Nagy, lo aborda desde la ficción, pero The Janes, el documental, es infinitamente mejor. Incluye entrevistas con las fundadoras del colectivo, quienes en principio se limitaban a anotar en tarjetas los datos de las mujeres que las llamaban. (Varias de estas tarjetas son leídas a cámara, y es imposible no conmoverse ante los mensajes de desesperación.) También participan algunas de las mujeres que acudieron a ellas, así como el peculiar “Mike”: el hombre que realizaba los abortos con increíble habilidad y empatía, y que –se enterarían mucho después las Janes– no era un médico con licencia, sino un camionero que aprendió la técnica. Pasado el shock de la revelación, esto las llevó a comprender que ellas mismas podían practicar los abortos. Sería imposible condensar aquí la historia del colectivo; en todo caso, son los testimonios inesperados los que aportan el mayor valor. Por ejemplo, el de una de las primeras pacientes que fue educada por monjas y que las recordaba como “abusivas”. “Antes de conocer a las Janes –dice– no pensaba que una mujer podía tratar con cariño a otra.” ~

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