Transformaciones dibujadas

En 2019, la ilustradora Ximena Maier compró una casa de campo en Portugal. ‘Una casa portuguesa’ es una crónica de su vida en ella.
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En 2019, la ilustradora Ximena Maier compró una casa en el campo, a cinco kilómetros de Évora, en el Alentejo, donde ya llevaba un lustro viviendo con su familia. Entonces la familia se componía de ella, su marido y sus dos hijos. Ahora, desde que están instalados en esa casa en esa quintinha, a la familia se han sumado tres perros, dos gatos y dos cacatúas. Maier, autora del estupendo Cuaderno del Prado (Nido de ratones, 2017; Lumen, 2025), se imaginaba urbanita, viviendo en Madrid o Nueva York, y recibiendo encargos para portadas de The New Yorker, en el ideal de la ensoñación; y, en cambio, lleva una vida que el algoritmo de su dispositivo reconoce como “retired in Portugal”. “El día que nos entregaron las llaves empecé un cuaderno. Quería documentar los cambios en la casa, las novedades. Lo que no sabía era que acabaría por ser también un documento de cómo he cambiado yo: de urbanita a quintaneira, de ilustradora a ceramista, de la nada a jardinera, embarcada sin remedio en lo que Goya llamaba ‘campicos y buena vida’.” Una casa portuguesa, que edita Lumen, es el destilado de esos cuadernos, donde hay ilustraciones, bocetos, dibujos que documentan las obras de la casa, estudios para dibujos de los gatos, o acuarelas preciosas de las preciosas flores de los árboles frutales y del huerto, de los pájaros de la quinta, de la alberca, etc., etc., que va componiendo una memoria/crónica de la mudanza y de la adaptación.

Hay varias transformaciones en el libro: la de la quinta, que incluye casa, terreno y varias casetas y corralillos ahora reconvertidos en talleres y despachos; la del antiguo depósito del agua para la casa en alberca; la de ellos, de familia urbana a familia de campo –un poco los Durrell cambiando Corfú por el Alentejo–; la de Ximena Maier, de ilustradora a pintora de cerámica también; y una última que no se hace explícita: la de Maier en escritora. Los momentos en que nos damos cuenta de que Ximena Maier se ha convertido en escritora –o se ha asumido ya como escritora además de ilustradora, no sé bien– no tienen mucho que ver con la casa ni con la crónica de la reforma, son más bien excursos, desvíos de lo que presuntamente iba a documentar. Un ejemplo: se hace pintora de cerámica empezando por los azulejos del hogar de la casa, se pone a investigar, a leer, se hace con una selección bibliográfica del tema, le salen encargos, instala primero un horno, luego otro; habla de lo que le gusta de esa disciplina –es como la acuarela, pero te la juegas un poco más y luego tiene ese doble o nada al meter la pieza en el horno–. Cuenta eso y también se deja llevar siguiendo algunos desvíos: Alexander von Humboldt, “padre de la ecología”, y Jan Floris, “el padre del azulejo de Talavera”, los dos patrones laicos de la casa. A Floris, pintor y ceramista, le encargó Felipe II los azulejos de El Escorial, y, según dejó escrito el rey, se dilataba en la tarea. Esa sensación de retraso constante hermana a Maier con Felipe II: “mi contratista pasaba bastante de mí y se dedicaba a hacer otras siete obras a la vez. Pero con Felipe II, ¿quién se iba a atrever a hacer eso? Pues el tal Jan Floris”. Humboldt, escribe, le gusta “porque el relato de los cinco años que se pasó dando vueltas por Sudamérica a principios del XIX es más una novela de aventuras que un tratado científico, con escaladas, descensos de rápidos, pirañas, ataques de jaguares y boas, fiebres, momias, minas, templos en ruinas, desiertos, junglas y volcanes. Y porque era valiente y guapo y en los grabados de sus aventuras parece una mezcla de lord Byron e Indiana Jones, irresistible”. De Von Humboldt me voy a Charles Darwin y otro libro que acaba de salir, siguiendo las mariposas que están también en el libro de Maier (ahora vuelvo a ellas), Nevaban mariposas, crónica de la travesía de Darwin a bordo del hms Beagle, con ilustraciones de Eleni Papachristou.

Y, ahora, las mariposas, donde cifra, en la comparación entre los nombres portugués y español de la mariposa ibérica, la diferencia entre Portugal y España, parecida, dice, a la de dos músicos: “como decía mi profesora de música acerca de Vivaldi y Albinoni, ‘es lo mismo pero no es igual’”.

Una casa portuguesa, título compartido con la popularísima canción de Amália Rodrigues (“como si sacara un libro en España que se llamara Paquito el chocolatero”, bromeó Maier en una entrevista), es un libro sobre la capacidad de fascinarse ante las cosas –¿la observación es la madre de la felicidad?–. No hay cinismo, tampoco idealización de nada, no se ocultan los problemas. Ahora que las mesas de novedades parecen catálogos de monsergas (elija su lección moral), un libro tan fresco y tan alejado de la moralina y del esto es lo que digo que hay que hacer es una gema en un barrizal. El libro de Maier hace que renovemos los votos con la disposición al asombro, y eso es un regalo preciado. ~


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