Foto: Archivo fotográfico FCE.

Un estirón a los setenta

Durante décadas, Cosío Villegas construyó instituciones culturales. Pero en 1968 eligió otra tarea: cuestionar al poder para crear conciencia pública.
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El 16 de agosto de 1968, Daniel Cosío Villegas empezó a publicar los viernes en Excélsior, y llamó mucho la atención porque era un personaje del mundo académico, que opinaba sobre la situación política (tradición entonces olvidada). Porque tenía algo que decir, cosa extraña en un género reducido a votar en favor o en contra, para lo cual basta con levantar la mano. Porque lo decía muy bien. Pero, sobre todo, porque elegantemente y con buenas razones se metía con los errores presidenciales, cosa inusitada, y de la cual podía esperarse que terminara mal. Excélsior era entonces el centro de la opinión pública nacional, y no estaba claro si el presidente Díaz Ordaz dejaría pasar eso, sobre todo en aquel momento de crisis.

Unas semanas antes, había cumplido setenta años. Tenía, merecidamente, una figura de constructor ilustre de la vida cultural. Había destacado como universitario (líder estudiantil, profesor, investigador, secretario general de la UNAM, miembro de El Colegio Nacional, presidente de El Colegio de México); como editor (fundador del Fondo de Cultura Económica y de las revistas El Trimestre EconómicoForo InternacionalHistoria Mexicana); como diplomático (que promovió la invitación a México de los intelectuales derrotados en la guerra civil española, y representó a México en Bretton Woods); como historiador (entonces sumergido en la vida política del porfiriato, para su magna Historia moderna de México).

¿Cómo explicar que un hombre tan establecido y tan del establishment, inesperadamente, creciera ante la crisis, asumiera un papel nuevo en la vida pública y diera un estirón de estatura moral a los setenta años?

La misión del saber universitario se entendía entonces como servicio a la patria; es decir: como servicio público; es decir: como servicio en el sector público; es decir: como tecnocracia. Idea de larga tradición platónica, cuyo antecedente inmediato estaba en los “científicos” de Porfirio Díaz, para los cuales había que superar las agitaciones de la vida política (las guerras y debates de liberales y conservadores) con la paz laboriosa de la administración pública.

Cosío Villegas promovió las carreras universitarias para la formación profesional de economistas y diplomáticos. Promovió que el gobierno becara a funcionarios para hacer estudios en el extranjero. Hizo traducir y publicar textos de economía. Dedicó mucho tiempo a formular recomendaciones razonables al poder ejecutivo. Y sufrió las consecuencias de rebasar ese papel platónico, cuando en 1947 publicó “La crisis de México”, una crítica del poder que le ganó medio centenar de réplicas y un recordatorio del secretario de Gobernación: Sócrates fue “compelido por el Estado a purgar su heterodoxia con una copa de cicuta”, pero “en México, señores, ningún heterodoxo será hoy perseguido”.

Siempre había tenido preocupaciones de estadista responsable del país, aun no teniendo más poder que sus argumentos. Pero, en general, sus argumentos se dirigían al poder y a sus círculos técnicos, no a la sociedad. La diferencia es capital. La razón al servicio del sector público y la razón pública pueden argumentar lo mismo, pero no apelan al mismo tribunal.

No está claro que entonces viera la diferencia, aunque el poder sí la veía. Si, en vez de publicar su diagnóstico, se lo hubiera dicho en privado al secretario de Gobernación, el trato habría sido diferente. Héctor Pérez Martínez se creía intelectual, soñaba con la presidencia de la república, y hubiera tomado como adhesión la esperanza de Cosío Villegas: “que de la propia Revolución salga una reafirmación de principios y una depuración de hombres”. Pero Cosío Villegas no se midió, publicando su crítica. Del cielo platónico, cayó a la plaza pública socrática, y le recordaron la cicuta.

Para 1968, cuando se lanza como editorialista de Excélsior, no solo estaba muy consciente de la diferencia, de su propio papel y de los riesgos que asumía: la vio como una causa central de la crisis. Los estudiantes universitarios y los universitarios en el poder, que eran supuestamente la culminación histórica de la razón en México, se dejaban arrastrar por la sinrazón. Sus deficiencias técnicas se explicaban por una deficiencia racional más profunda: la falta de crítica pública.

Lo dijo claramente y doblemente, porque lo demostró andando. Puso la muestra de que la crítica razonada y respetuosa era posible y necesaria, como salida del conflicto en curso y del estancamiento político de México. La crítica del poder que inició en 1968, y continuó hasta su muerte en 1976, fue un estirón creador de su propia conciencia, que resultó creador de conciencia pública. Fue una revelación para el público lector, una especie de terapia colectiva. La eficacia de su prosa se enriquecía con fórmulas (“No hay sino un remedio: hacer pública de verdad la vida pública del país”, 13/IX/68) que, además de esclarecedoras, practicaban lo que decían: hacían pública la conciencia de que ciertas cosas tenían que decirse.

Como decenas de miles de mexicanos, leí a partir de entonces todo lo que escribió. Me sentía acompañado por su inteligencia independiente, por sus observaciones alejadas de la jerga oficial, de la jerga académica, de la jerga marxista, por su audacia tranquila, por su sentido del humor. Hoy, sus artículos me asombran por lo bien que se dejan releer, aunque los temas sean coyunturales. Quizá porque la coyuntura no ha pasado. Quizá por lo que tienen de ensayos, en la tradición de Montaigne: de vivencias compartidas, de conversación conciudadana.

Dejó libros, instituciones, discípulos. Como si fuera poco, al final de su vida, dejó un público lector que lo acompañaba en la plaza pública y en el estirón: que se volvía más ciudadano y menos súbdito. ~

Aparecido como prólogo al libro de Daniel Cosío Villegas,
Crítico del poder. Periodismo real e imaginario desde 1968
(Clío/El Colegio Nacional, 1997)


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