Testigos del sacrificio o

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Sacrificium reúne doce piezas que Cecilia Bartoli ha ido a buscar a los conservatorios de Nápoles donde en los siglos XVII y XVIII se puso de moda el negocio cirujano de producir niños capones, o sea castrados, con voz angelical que estremecían de entusiasmo las salas de ópera. Como las mujeres no podían hablar –y menos cantar en las iglesias, según había ordenado San Pablo–, se empezó a desarrollar la moda de componer en el espacio de la música las partituras para los castrados y eunucos, que llegaron a ser verdaderos virtuosos, artistas brillantes y seductoras presencias travestidas, objetos de deseo, de culto artístico y especulación económica. Nicola Porpora (1686-1768), músico, compositor, profesor de canto y empresario ceñido por la aureola legendaria de “creador de voces”, “primer maestro de canto del universo”, precursor de una bárbara biotecnología, cobró fama gracias a las voces de sus capados pupilos como Farinelli, Caffarelli, Salimbeni, Appiani y Porporino, cuyos cinco nombres fulguran en la historia de la música como emblemas del más alzado y arriesgado virtuosismo. No fueron los únicos. Un vasto repertorio de centenares de obras de toda índole –de la música sagrada a las cantatas y la ópera– fue compuesto para los discípulos de la escuela de los castrados (Scuola dei Castrati), de Nicola Porpora. Se trata, sin duda, de uno de los conjuntos más asombrosos y exigentes que se hayan compuesto nunca para la voz humana, aquí transfigurada por la disciplina y el cuchillo del médico, el veterinario o el barbero. De ese mar que en cada momento busca el límite y el tour de force la milagrosa Cecilia Bartoli –que tanto honor hace a la santa patrona de su vocación musical– ha elegido doce ejemplos de virtuosismo estremecedor: los vuelos a toda velocidad de la voz relampagueante, los tramos entonados en sentidos pianos y pianissimos, los amplios trazos de coloratura abatidos hasta el maestoso, las frases que se agolpan y deslizan en un mismo aliento y que exigen una longitud atlética de respiración a los pulmones; los acentos, los tonos del mezzo-soprano al contralto, el arcoíris de falsetes cubriendo toda la fronda del soprano, dan idea del alto modelo acústico a que aspiraba la edad barroca. Cecilia Bartoli reúne en este disco un calendario donde la voz parece desdoblarse –y se desdobla– en el altar del sacrificio: sacrificium en que la víctima parece resucitar a cada momento del cuchillo que la solicita. Desde luego, Cecilia Bartoli es algo más que una intérprete. En ella la música se hace historiadora. No oculta el texto que acompaña el disco cuánta miseria podía haber alrededor de esa fábrica de los ángeles castrados que fue la famosa escuela napolitana; no disimula cuántos cientos de jóvenes eunucos fueron obligados por el hambre y por sus familias a desprenderse de sus testículos en aras de la tesitura y en nombre de la música.

La de Bartoli es una voz equilibrista que sube por el aire con el brío incontenible de los fuegos artificiales, castillos pasmosos, sin perder en ningún momento el gesto vocal realizado con perfección absoluta. Aquí el último capítulo del barroco parece decir adiós al siglo con luces de bengala, lanzada por el volcán de una voz preñada de energía.

La ciudad inalcanzada de la armonía andrógina se abre camino hacia el mundo gracias a la veloz vocalización de esta Cecilia que sabe fundir en el volcán de su voz la risa y la queja, el llanto, el grito, la súplica y el arrebato desfalleciente al borde del balbuceo y la canción de cuna, jugando a saltar las cuerdas de la voz como una niña traviesa que busca el zumbido de la reata en el trapecio. Se ha dicho que Cecilia Bartoli es una acróbata de la voz. Es, desde luego, mucho más. ~

– Adolfo Castañón

 

 

 


Sacrificium: Cecilia Bartoli acompañada por Il Giardino Armonico, dirigido por G. Antonini. Concepto, edición y textos: Cecilia Bartoli y Markus Wyler. El disco está ilustrado por una serie de fotomontajes de estatuas de la antigüedad clásica griega y romana con el rostro de Cecilia Bartoli, quien adquiere así presencia de diosa.

 

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