Vicky, Kathy, Londres

Aunque los críticos se han enfocado en su antagonismo, la amistad entre Virginia Woolf y Katherine Mansfield albergó al mismo tiempo el apoyo y la competencia, la crítica y los elogios. Sus cartas y diarios revelan que la opinión que tenían la una de la otra se movió entre la aversión y la simpatía.
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Vicky y Kathy se conocen en Londres durante la Primera Guerra Mundial, mientras los zepelines alemanes lanzan bombas por las noches sobre los civiles. Vicky es delicada, racional, culta, está casada y representa a la tradición intelectual de la clase alta inglesa; Kathy es impetuosa, atrevida, proviene de Nueva Zelanda en busca de aventuras emocionantes y tiene un pensamiento avant-garde. La probabilidad de que ellas se relacionen entre sí es casi nula, debido a los diferentes contextos sociales en los que crecieron, no obstante, se involucran a través de la escritura, dando origen a una de las enemistades más conocidas en el mundo literario. Puesta así, la historia entre Virginia Woolf y Katherine Mansfield parece más un argumento de película con Penélope Cruz, Scarlett Johansson y, en lugar de Javier Bardem, la literatura como el tercero en discordia.

Aunque ambas han sido convertidas en personajes de ficción en películas sobre sus vidas, Virginia Woolf y Katherine Mansfield, dos de las autoras más destacadas de la literatura en inglés de todos los tiempos, fueron antes que nada mujeres de carne y hueso. Se desarrollaron en una época apenas posterior a aquella en la que las escritoras corrían mejor suerte si firmaban con seudónimos masculinos o publicaban textos anónimos, y en la que había escritores como Nathaniel Hawthorne que se quejaba amargamente con su editor de “esa maldita turba” que ocupaba un espacio en el mercado que les pertenecía a ellos, refiriéndose a las autoras populares de su tiempo, como Fanny Fern.

{{Emily Midorikawa y Emma Claire Sweeney, A secret sisterhood. The hidden friendships of Jane Austen, Charlotte Brontë, George Eliot, and Virginia Woolf, Boston, Mariner Books, 2018.}}

 ¿En qué medida, entonces, su antagonismo se alimentó de hechos reales y no de la idea generalizada de que las mujeres nos solemos llevar mal entre nosotras?

“Katherine hacía todo lo que Virginia no se atrevía a hacer y escribía lo que ella no podía.” Este comentario del escritor y crítico español Cándido Pérez Gallego, publicado en 1988 en el periódico El País, ejemplifica las ideas que nutrieron la percepción extendida de que la relación entre las dos estaba teñida por la rivalidad y la envidia. La mayoría de los artículos que las mencionan juntas –incluido este que usted lee– alude en algún momento a la tensión en su trato. Pareciera además que Woolf siempre es la mayormente afectada por esto. Que si porque Mansfield le canceló varias citas de última hora, que si porque debía esperar meses para que le respondiera una carta, que si porque le hizo una mala reseña a un libro suyo. En los dos primeros casos, Katherine respondía a los caprichos de la enfermedad, y en el tercero, a los de la subjetividad. De Virginia suelen retomarse las palabras que usaba para referirse a Mansfield, como “gato apestoso de algalia que vaga por las calles”, “tan emperifollada con cosas baratas” y otras,

{{The diary of Virginia Woolf. Volume 1: 1915-1919, edición de Anne Olivier Bell, Nueva York, Harcourt Brace Jovanovich, 1977, p. 58.}}

 las cuales sin duda podrían parecer ofensivas a simple vista, pero es que Woolf tampoco podía sustraerse a su condición. Más que una esnob, dice Nigel Nicolson, biógrafo e hijo de Vita Sackville-West, amante de Virginia, era elitista; creía que algunas personas nacen aristócratas, y que el mundo es un lugar mejor gracias a ellas. No era algo personal contra Mansfield, hablaba con frecuencia así de sus conocidos.

{{Acerca del escritor Will Arnold-Forster, esposo de su amiga Ka Cox, decía: “Su pequeño cuerpo de perro mestizo; su rostro empolvado como una refinada ramera de los suburbios; y su vocecita ridícula.” Sobre Sydney Waterlow, sobrino de Mansfield y quien le pidiera alguna vez matrimonio y ella se lo negó: “¡Dios mío! ¡Qué espectáculo al bañarse! (¿?), como Neptuno, si Neptuno fuera un eunuco, sin pelo y rosa cielo: fresco, virginal.” Al final de las cartas en las que incluía estas opiniones siempre agregaba la advertencia de que no lo volvería a hacer, pero siempre ocurría otra vez. Sus amigos la consideraban un verdadero riesgo. En The letters of Virginia Woolf. Volume 2: 1912-1922, edición de Nigel Nicolson y Joanne Trautmann, Nueva York, Harcourt Brace Jovanovich, 1976, p. XIX.}}

 Su amistad podía albergar al mismo tiempo el apoyo y la competencia, las críticas y los elogios.

Ni en sus cartas ni en sus diarios y biografías existe registro de alguna pelea cara a cara o por correspondencia. Durante los cinco años que tuvieron un contacto más o menos constante, con un periodo de gran intensidad entre 1917 y 1919, sus visitas eran para tomar el té e intercambiar puntos de vista acerca de las delicias y penurias de dedicarse a escribir. Se daban regalos también: cigarros, pan, café, flores y plantas. Ninguna, pese a que en algunos momentos fue evidente, habló con la otra de sus dolencias físicas –en el caso de Mansfield, quien era tuberculosa a causa de una gonorrea diagnosticada tardíamente– ni de sus padecimientos mentales –en el caso de Woolf, quien era maniaco-depresiva–, lo cual podría interpretarse como falta de confianza o intimidad, pero también como una forma de evitarse un mal rato en compañía. Eso mismo, lo que no se decían, las unió: sus duelos, sus enfermedades, su secreta pasión por las mujeres, sus matrimonios sin hijos.

Las dos dieron muestras de una posible aversión hacia la otra a partir de la lectura de sus textos en algún momento, pero sin que esto pasara a mayores. La primera en decepcionarse fue Woolf por “Felicidad”, un cuento de Mansfield publicado en The English Review: “Me temo que su mente es un suelo colocado a una pulgada de profundidad sobre una roca muy estéril”, escribe en su diario.

{{The diary of Virginia Woolf. Volume 1: 1915-1919, op. cit., p. 58.}}

 Reconoce con su hermana, la pintora Vanessa Bell, que es mejor que las Cartas de amor de la socialité Margot Asquith.

{{The letters of Virginia Woolf. Volume 2: 1912-1922, op. cit., p. 266.}}

 Cuando el relato aparece compilado con otros de Mansfield en la editorial Constable & Co., la opinión de Woolf acerca del libro se endurece, pues está precedida por la publicación de una crítica del esposo de ella, John Middleton Murry, a la traducción de los diarios de Chéjov, en la que acusó a Leonard Woolf de hacer públicos los textos de un autor que no tenía esa intención. Ay, los hombres. Virginia se enoja tanto que es capaz de burlarse de Katherine, a sus espaldas, con su amiga y profesora de griego Janet Case, de la que también se quejaba mucho en silencio, al considerarla una gran conocedora de la cultura helénica, pero con poca sensibilidad para la ficción moderna: “Leí ‘Felicidad’ y me pareció brillantísimo: tan tosco, superficial y cursi que tuve que correr en busca de algo para beber.”

{{Ibid., p. 514.}}

 Al final, su preferencia por Mansfield es mayor a la que siente por Case, quien le había aconsejado que dejara de lado sus experimentos y optara por la biografía, un género cuando menos útil.

{{Ibid., p. 293.}}

 De nada de esto se entera Katherine nunca, al contrario, Virginia la felicita por sus nuevos cuentos.

Mansfield sí hace público su descontento hacia el segundo libro de Woolf, Noche y día, en una reseña para The Athenæum, y le critica su indiferencia ante los recientes cambios que trajo la guerra, sobre todo en términos de conciencia, por lo que la considera casi inmoral: “[…] una novela dentro de la tradición de la novela inglesa. En medio de nuestra admiración, nos hace sentir viejos y nos deja helados. ¡Nunca pensamos ver algo así otra vez!” Lamenta que la autora haya traicionado sus propias ideas acerca de la literatura: “Es una mentira del alma.”

{{Virginia Woolf: The critical heritage, edición de Robin Majumdar y Allen McLaurin, Londres, Boston, Routledge & Keegan Paul, 1975, p. 79.}}

 Sus palabras hicieron mella en Woolf, quien, en una breve anotación del 5 de diciembre de 1919 en su diario, reconoce cuánta razón tenía George Eliot al decir que leer reseñas sobre el trabajo propio resta tiempo para escribir o para leer libros griegos.

{{The diary of Virginia Woolf. Volume 1: 1915-1919, op. cit., p. 226.}}

 Pero de todos modos responde al llamado de Katherine, a los seis meses, cuando ella le confiesa sus ganas de verla y le advierte que se ha vuelto una persona muy aburrida. Quizás esa transformación explicara su nueva opinión acerca del libro de Virginia, pues ahora le parecía un logro asombroso, según le dijo en Portland Villas.

Pese a que había razones personales suficientes para que dicha nota negativa encrespara a Virginia en tanto aludía a un libro apreciado por ella, con el que se probó a sí misma que podía escribir una novela convencional, alejada del abismo al que cayó tras publicarse Fin de viaje,

{{“Bad as the book is, it composed my mind”, escribió Virginia en 1931 a su amiga Ethel Smyth, compositora y líder sufragista. En The letters of Virginia Woolf. Volume 4: 1929-1931, edición de Nigel Nicolson y Joanne Trautmann, Nueva York, Harcourt Brace Jovanovich, 1981, p. 231.}}

 más bien impulsó su carrera y supo ver, en la crítica constructiva de una Katherine más experimentada, una oportunidad para afinar su estilo. Claire Tomalin y Hermione Lee, biógrafas de Mansfield y Woolf respectivamente, coinciden en que la neozelandesa incitó de hecho a la inglesa en la innovación modernista.

{{Claire Tomalin, Katherine Mansfield. A secret life, Londres, Penguin, 1988 y Hermione Lee, Virginia Woolf, Nueva York, Alfred A. Knopf, 1997.}}

 Esta experiencia le permitió también instaurar un modo de trabajo propio, que consistió en publicar a lo largo de su vida “un libro exigente seguido de uno ligero. Orlando sigue Al faroFlush a Las olas y Tres guineas a Los años”, con la finalidad de evitar futuras recaídas.

((Quentin Bell, Virginia Woolf. Una biografía, Barcelona, Lumen, 2008.))

La creencia de que eran rivales se volvió un lugar común a partir de la muerte de ambas, cuando sus esposos dieron a conocer sus papeles más íntimos. Los de Virginia eran muchos, llegaba a escribir hasta seis cartas al día; los de Katherine, menos; pidió en su testamento que se destruyera la mayor cantidad de documentos personales. Al enterarse de la muerte de Katherine una semana después, Virginia escribió en su diario el 16 de enero de 1923 : “¿Un golpe de alivio?, ¿una rival menos? […], es la única escritura que he envidiado.”

{{The diary of Virginia Woolf. Volume 2: 1920-1924, edición de Anne Olivier Bell y Andrew McNeillie, Nueva York, Harcourt Brace Jovanovich, 1980, p. 226.}}

 La anotación es más larga, pero bastaron esas líneas para que la idea de su pique cobrara popularidad. Se repitieron hasta el cansancio y aun así hubo quienes ponderaron la complicidad entre ellas por encima de sus diferencias, como Soledad Puértolas en El País, en 1977, que celebra la admiración mutua.

Las cartas a sus amigos y familiares pusieron al descubierto el otro lado de su relación. Es curioso que Lytton Strachey haya sido el que le puso el tono desde sus inicios, cuando le habla a Virginia Woolf sobre Katherine Mansfield por primera vez en julio de 1916. Una mujer divertida y misteriosa, de cabello castaño y ojos cafés muy separados, con una máscara fea e impasible de madera como rostro, y un intelecto agudo pero vulgarmente fantasioso.

{{Virginia Woolf & Lytton Strachey: Letters, edición de Leonard Woolf y James Strachey, Londres, Hogarth Press, 1956, p. 61.}}

 Una de esas veces en que no sabes si la persona te halagó o te ofendió. Es difícil discernir si la descripción de Strachey fue un ejemplo más del estilo que lo caracterizaría poco tiempo después en Victorianos eminentes (Garden City, 1918), obra que rompe con la tradición casi hagiográfica de las biografías de personajes ilustres, al incluir precisamente sus vicios y defectos; lo que sí es que Virginia Woolf le dio continuidad a este tono en sus siguientes misivas, no solo en aquellas hacia él sino a otros destinatarios.

Tras una primera cena a principios de 1917, acompañadas de sus maridos, Virginia es la única que habla de la otra, pese a que Katherine había sido la más interesada en conocerse. Le cuenta a su hermana, por correspondencia, que ha tenido un ligero acercamiento con Mansfield, “un personaje contundente, pero desagradable y poco escrupuloso, en quien, a pesar de todo, podría encontrar una compañera”.

{{The letters of Virginia Woolf. Vol. 2:1912-1922, op. cit., p. 144.}}

 Otra de esas veces en que no sabes si la persona habló mal o bien de ti. Hasta su segundo encuentro, seis meses después, sabemos lo que pensó Mansfield de Woolf en un mensaje a Lady Ottoline, mecenas del Círculo de Bloomsbury: “Sentí la extraña, temblorosa y brillante cualidad de su pensamiento […] me pareció una de aquellas mujeres de Dostoievski cuya inocencia han herido.”

{{The collected letters of Katherine Mansfield. Volume 1, edición de Vincent O’Sullivan y Margaret Scott, Londres, Clarendon Press, 1984, p. 333.}}

 La opinión que tenían la una de la otra oscilaría siempre entre la aversión y la simpatía.

Se criticaron mutuamente a partir de lo que carecía cada una en el ámbito personal. Mientras Virginia relacionaba a Katherine con la chabacanería a la menor provocación, Katherine le tenía tirria a la exquisitez de Virginia. Pero a la vez deseaban eso mismo en sus propias vidas. No es como que Woolf cambiaría su espaciosa residencia en Richmond por los alquileres con humedad de Mansfield, ni sus sirvientes por la posibilidad de lavar ella misma sus trastes y su orinal, pero disfrutaba de escuchar esas anécdotas suyas acerca de los matrimonios de una sola noche, abortos espontáneos y experiencias eróticas juveniles. Katherine, por su parte, se quejaba en su diario de las condiciones en que vivía, que le restaban privacidad: “Si yo tuviera una ‘casa’ y pudiera correr las cortinas, cerrar la puerta, quemar algo dulce, caminar por mi propio cuarto, silenciosamente… sería tolerable… pero vivir como lo hago, en una casa pública, resulta très difficile.”

{{Journal of Katherine Mansfield, edición de John Middleton Murry, Londres, Constable & Co., 1954, p. 138.}}

 Ella habría preferido, sin lugar a dudas, un poco de esa tranquila libertad de Virginia, tal como le confesó a su esposo John Middleton Murry en una carta del 30 de noviembre de 1919, recriminándole también de refilón: “Cómo envidio a Virginia; no es de extrañarse que pueda escribir […] como si siempre estuviera en paz: tiene un techo, sus posesiones cerca y su hombre a la mano.”

((The collected letters of Katherine Mansfield. Volume 2, edición de Vincent O’Sullivan y Margaret Scott, Londres, Clarendon Press, 1987, p. 226.))

Tienen fama de rivales en la literatura, pero ¿quién le pide a su rival un cuento para que sea la primera publicación de la editorial que acaba de fundar? Virginia Woolf lo hizo con “Preludio”, de Katherine Mansfield, que forma parte del catálogo de la prestigiosa Hogarth Press, junto con obras de T. S. Eliot, E. M. Forster y Sigmund Freud. Con todo y sus dudas acerca de la ilustración de la portada, el linóleo de una cabeza femenina a la que le brotan flores de áloe del pelo, diseñado por J. D. Ferguson, amigo de Katherine,

{{The letters of Virginia Woolf. Volume 2: 1912-1922, op. cit., p. 243.}}

 y la certeza de que el libro vendería a lo mucho cien ejemplares de los trescientos del tiraje total, Virginia compuso sola las 68 páginas del texto en linotipia e hizo la encuadernación. Sus aprendices le quedaban mal. La primera practicante, Alix Sargant-Florence, duró a su lado lo que Leonard y ella tardaron en pasear a su perro, pues cuando regresaron les dijo que se había dado cuenta de que ese trabajo carecía de todo interés para ella y que no veía razón alguna para seguir haciéndolo. La segunda, Barbara Hiles, perseveró con mucho entusiasmo pero poca pericia y ellos debían corregir a menudo lo que hacía cuando se iba.

((Le pagaban con una comida con carne los días que trabajaba, un seguro de refugio en caso de ataques aéreos y media corona, la cual era una parte de las ganancias y que recibió hasta dos meses después de la publicación. En Quentin Bell, Virginia Woolf. Una biografía, op. cit.))

En el otoño de 1918, Virginia visitó casi semanalmente a Katherine, en el barrio londinense de Hampstead. Se dio cuenta de su deterioro físico, pues Mansfield se movía prácticamente a gatas debido a los dolores que la aquejaban. De todos modos esta le escribía mensajes efusivos: “eres inmensamente importante en mi vida”, “no tienes idea de cuánto atesoro tus ideas”, “tu carta fue tan cautivadora que Murry me sugirió que la enmarquemos”.

{{The collected letters of Katherine Mansfield. Volume 2, op. cit., pp. 288-289 y 293.}}

 Después, silencio total durante dos meses. Woolf asumió la retirada de su amiga como un enojo, aunque desconocía los motivos. “Estas jóvenes, con todo y su encanto, son tan frágiles como el azúcar”,

{{The letters of Virginia Woolf. Volume 2: 1912-1922, op. cit., p. 331.}}

 refiere a su hermana sobre los supuestos problemas con ella. Luego se convence de que una de las condiciones, no dichas pero asumidas, de su amistad es que se cimentó sobre arenas movedizas. “Encuentro en Katherine lo que no tengo con otras mujeres inteligentes.”

{{The diary of Virginia Woolf. Volume 1, op. cit., p. 243.}}

 Compartían la devoción por la literatura y el compromiso serio con la escritura, el deseo de ser ante todo escritoras y de publicar libros. Cuando retoman su comunicación, Mansfield le escribe a Woolf desde la Riviera italiana, adonde ha ido a refugiarse en un clima más benévolo durante el invierno, como si leyera su pensamiento: “No pienses que me he olvidado de ti. No creerías cuán seguido estás en mi corazón y en mi mente. Me encanta recordarte.”

{{The collected letters of Katherine Mansfield. Volume 2, op. cit., 1987, pp. 347.}}

 Como siempre pasaba, Virginia recuperó las esperanzas: “Creo que hemos logrado unos cimientos duraderos.”

{{The diary of Virginia Woolf. Volume 1, op. cit., p. 291.}}

 Así se la pasaron.

La investigadora Hilary Newman ha revisado la conversación que ambas sostuvieron de abril de 1919 a diciembre de 1920 en la sección de reseñas de The Times Literary Supplement y The Athenæum, donde coinciden en varios de sus juicios críticos, comparten una predilección por cierta estética literaria y un gusto por lo innovador. Amantes de la literatura rusa, eligen una compilación de cuentos de Dostoievski, recién traducida por Constance Garnett, y comparan al autor con Jane Austen, a quien ambas adoraban. Reseñan Salvamento, de Joseph Conrad, con un día de diferencia. Lo califican de “escritor romántico”, pero mientras para Virginia Woolf el polaco fracasa en su intento, Katherine Mansfield está muy satisfecha con las diferencias en el sentido del romance entre el héroe y la heroína, que termina en desastre. Les atrae la escritura audaz y experimental de Dorothy Richardson y esperan leer más textos suyos. Desprecian el convencionalismo de las novelas realistas de Frank Swinnerton, Joseph Hergesheimer y George Moore.

((Hilary Newman, “Taking the measure of new books”, Virginia Woolf Miscellany, 86, otoño 2014-invierno 2015, pp. 9-11.))

Cada una tuvo por su lado amigas más cercanas: Virginia, a la poeta Vita Sackville-West, a la compositora Ethel Smyth y a Violet Dickinson; por su parte, Katherine, a Ida Baker y a las pintoras Anne Estelle Rice y Dorothy Brett, pero ninguna con la influencia intelectual que ejerció la una en la otra en el tiempo que coincidieron. Durante esa época, Mansfield produjo la mayoría de los cuentos que la encumbrarían y, aunque no fue testigo ya de las mejores novelas de Virginia, esta contribuyó en su técnica. La presencia de Katherine en la vida de Woolf fue notoria tras su muerte. Aparecía por todos lados, incluso para retar su escepticismo, cuando se presentó como una visión en casa de Dorothy, quien, a diferencia de Virginia, creía en fantasmas. También el 17 de octubre de 1924, al escribir el final de Mrs. Dalloway: “For there she was”, porque ahí estaba ella, Katherine Mansfield, otra vez en sus pensamientos. “Si ella siguiera viva, habría seguido escribiendo, y la gente se habría dado cuenta de que yo poseía mayor talento.”

{{The diary of Virginia Woolf. Volume 2: 1920-1924, op. cit., p. 317.}}

 Con estas palabras Virginia ponía punto final a una amistad que se sobrepuso a la creencia antigua de que solo los hombres están capacitados para establecer alianzas entre sí. La suya, en todo caso, fue más acorde con el pensamiento nietzscheano de que si las amigas nos desafían siempre es para mejorar. ~

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