La tertulia del Aquelarre, 1952

De tertulias y tertulios/ y 2

Quizá el fenómeno tertulia es, en la gris vida cotidiana, un áureo momento convivial.
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Don Miguel de Unamuno, escritor de vertiginosas profundidades que elevó la cotidianidad al nivel filosófico para discutir con todo el mundo y consigo mismo, y además tertuliero monologante, hizo la defensa de la tertulia como universidad informal aun cuando fue rector de la de Salamanca: “He dicho alguna vez que la verdadera universidad popular española han sido el café y la plaza pública. Los usureros de la investigación suelen quejarse del ingenio que se derrocha en España en las tertulias. Lo estiman tiempo perdido. ¿Por qué? Los ingenuos e ingeniosos espíritus socráticos y contertulios no son famosos, pero mantienen vivas la tradición oral, las leyendas, las utopías.”

Pero la tertulia considerada como democracia en el ocio y en la charla no siempre es un paraíso. Otro pensador, Beaumarchais, ya antes lo había dicho ácidamente a través del barbero Fígaro: “Viendo en Madrid que la República de las Letras era de lobos en trifulca, y que encarnizadamente todos los mosquitos, los reptiles, los críticos, los envidiosos, los libelistas, los censores y roedores del pellejo de los literatos, en sus tertulias desmenuzan y despellejan a los de otras, y estando yo fatigado de escribir, aburrido de mí mismo, roído de deudas, flaco de dinero, asumiendo que las ganancias de la navaja son preferibles a las glorias de la pluma, abandoné Madrid con mi hatillo y, rapándole la barba a todo bicho viviente, recorrí filosóficamente las dos Castillas, La Mancha, Extremadura, Sierra Morena, Andalucía, y aquí estoy en Sevilla, dispuesto a serviros”. (Por supuesto, el establecimiento de Fígaro fue sede de una tertulia.) 

Ahora un testimonio personal. Desde los 17 años, desde 1951, he ido a tertulias. Me inicié en la del Aquelarre, capitaneada por Otaola en El Hórreo, restaurante que aún  sobrevive junto a la Alameda Central de la ciudad de México. En la foto que encabeza esta columna estamos, en el orden de las manecillas del reloj, y sentados: el librero Manuel Bonilla, con la mano fumadora sobre libros; el jurisconsulto y escritor Mariano Granados; el figurante de cine y Santaclós de El Palacio de Hierro, don Félix Samper Cabello (a la cabeza de la mesa por su majestuosa barba); el cronista de cine y guitarrista amateur Arturo Perucho; el periodista Julio-Vicente, con discordante boina gachupina; el periodista Carlos Mora; el entonces muchacho que esto escribe 60 años después; el escritor y crítico de cine Francisco Pina, contertulio heroico por su vegetarianismo; doña Lily de Granados, gran lectora y amiga; Simón Otaola, escritor humorista y alma de la tertulia, pese a sus gafas circunspectas; y, de pie, de izq. a der., el etnólogo y escritor Anselmo Carretero, el bohemio Hipólito Escamilla, el greguerista Carlos Pittaluga, el escritor y librero a pie José Ramón Arana y el ingenioso mesero andaluz Paco Álvarez, apodado “Verboten” por haber pasado un tiempo en un campo de concentración alemán. Todos refugachos españoles, menos don Félix, viejo residente, pero no gachupín, y Mora, portorriqueño. (Para mí, que sólo tengo estudios formales de primaria, el Aquelarre fue mi universidad informal de cada noche de viernes.)    

He estado en la tertulia del poeta León Felipe en el Café Sorrento, derribado con el Hotel de Prado en el terremoto de1985, y en la de Max Aub, en el ya inexistente restaurante La Lorraine, colonia Roma. He tertuliado con Octavio Paz en diversos restaurantes y en las redacciones de las revistas Plural y Vuelta. He sido contertulio en diversos cafés o restaurantes o bares o librerías de esta misma ciudad con Luis Buñuel y Luis Alcoriza y Emilio García Riera y Alberto Isaac en El Correo Español y en El Charleston, o con Juan Vicente Melo, Juan García Ponce, Huberto Batis, Tomás Segovia, Inés Arredondo, Isabel Fraire, y otros en La Góndola, Zona Rosa, y en un SEP’S vecino. Asistí a la tertulia de las dos librerías de Polito Duarte frente a la Alameda Central, frecuentadas por Pancho Sánchez, Francisco Hernández, Juan Manuel Torres, José Agustín, José Carlos Becerra, Gerardo de la Torre y otros. Y todavía hace poco incurría los viernes en la tertulia de poetas, prosistas, periodistas, críticos y más gente inclasificable y ocasionalmente inquietante, en El Palacio, salón-bar que permite a IgnacioTrejo el orgullo de ser “totalmente Palacio”. En fin: mi más reciente y quizá no última tertulia, también de escritores y periodistas de vario pelaje, fue la del bar El Mirador, de la cual deserté en cuanto la encantadora mesera Rocío nos abandonó a cambio de quiméricos horizontes norteños. (¿Cómo le irá en esos rumbos criminalizados?)

Soy veterano tertuliero, pero si me preguntan qué es una tertulia, no lo sé; y si no me lo preguntan, lo sé. Sólo diré que ccun nido de comensales (a veces infiltrado por una tertulia adversa) en el cual se come, se cena y sobre todo se bebe, y un espontáneo simposio con más palabras que ideas, más chistes que teorías, más chismes que eruditeces, más ratos de fiesta que de discordia (pues también los hay a veces). Y la musa del tecleador insomnio me susurra:

La tertulia es mejor que la vida misma… y a veces es peor.

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