Vidas en miniatura

El relato corto es el género de la expresión del individuo, como demuestran estos cuentos de Soledad Puértolas.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) combina la escritura de novelas con la de relatos. En el camping, su libro más reciente, reúne diez cuentos que parecen darle la razón al escritor irlandés Frank O’Connor a propósito de la hipótesis que plantea en su ensayo La voz solitaria –acaba de ser publicado por primera vez en español en La Navaja Suiza–: el relato corto es el género de la expresión del individuo. En el caso de los cuentos de Puértolas no es tanto que los personajes estén solos –algunos lo están, otros se sienten así, por mucho que estén acompañados–, como que la voz que construye en cada uno de los relatos es, efectivamente, una voz solitaria y el cuento es, más allá de la peripecia o la anécdota en que se detenga, el ejercicio de construcción de una individualidad a partir de esa voz. Lo que importa no son tanto los enredos sentimentales y ajenos que cuenta Liliana en “Amores”, por citar uno de los cuentos que más me ha gustado del libro, sino cómo a través de ese relato nos adentramos en su pensamiento, es decir, en la identidad de Liliana.

El volumen, fino por lo demás, se abre con “Amistad”, un cuento que repasa la relación de Carla y Amelia a lo largo de los años y que marca el tono del libro. El tema, las relaciones y sus derivas de afecto y frecuencia variable, reaparece en varias piezas, como “En el camping”, cuento que cierra la colección y le da título. De hecho, podríamos establecer en esa observación de la extrañeza de las relaciones uno de los ejes del volumen. Está en “Un pariente lejano”, donde tira también de las relaciones familiares, sobre lo que insiste en “Un día de playa”. En “Secretos” la inopinada y exitosa carrera como columnista de un hombre va en paralelo con su aventurilla extramarital; “Teléfonos” es un relato sobre cómo algunos episodios de la infancia se quedan fijados, incluso en su interpretación errónea o inexacta. En “Escritores que hablan de sus vidas” un autor de literatura juvenil hace autoexamen y se perdona por haber participado, a cambio de un dinerillo, en el número de una revista literaria dedicado a los diarios, siendo él un escritor de ficción. Se reafirma: “Seguiré inventando historias. Es en ellas donde me reconozco como la persona que me parece que soy.”

“Del Danubio al Maestrazgo” es una de las dos rarezas –temáticas y de naturaleza– de este libro. Aquí Puértolas dialoga con su primer libro de relatos, Una enfermedad moral (1983), en concreto, con el cuento “La orilla del Danubio” y uno de los personajes allí mencionados: Casto el Aragonés. “Situémonos en algún momento del siglo xvi. La España Imperial se ha aliado, eventualmente, con el Turco. Un batallón de hombres reclutados en míseras aldeas de todos los rincones de la península, pero sobre todo del más polvoriento interior, se dirigen hacia el corazón de Europa para defender las fronteras del Imperio. Ahí, en el batallón, está Casto”, escribe Puértolas en 2026. La leyenda de Casto dice que cruzó el Danubio –“en una barca de remos”– para volver a su tierra, el Maestrazgo: “Fue bajando casi en línea recta y llegó, tampoco se sabe en cuánto tiempo, a su querido paraíso, a los verdes valles que en primavera se teñían de rosa y exhalaban el olor de los almendros. Cualquiera puede adivinarlo: eso es el Maestrazgo.” Además de una carta de amor a un paisaje (y a sus gentes), es una declaración de sumisión a las leyendas, de las que dice que “te atrapan, como los sueños. Están muy cerca de ese mundo inconsciente, donde todo cambia de perspectiva y el tiempo corre de otra manera, un personaje se convierte en otro sin la menor justificación, y ocurren las cosas más absurdas e inverosímiles. Pero alguna verdad hay en los sueños”.

“Annemasse” –la otra rareza del libro– es la carta de una mujer a la posible bisnieta de Clothilde Roch, escultora y autora de la estatua de Miguel Servet que hay a la entrada del hospital que lleva su nombre en Zaragoza. La bisnieta se llama como la bisabuela, y la carta se envía a la nube, esperando que llegue a su destinataria. Quien escribe es una mujer cuyo padre “sentía auténtica veneración” por el científico aragonés. La pieza es un paseo por la figura de Servet, condenado por hereje y quemado en la hoguera; salen también Orwell y el conflicto no resuelto de los bienes de Sijena (Servet nació en Villanueva de Sijena). Estos cuentos abren otro camino con respecto al resto de las piezas del volumen: aparecen la leyenda y la historia, sin renunciar a “la voz solitaria”.

Los cuentos de En el camping son exploraciones en vidas ajenas, reales o imaginadas; los protagonistas asumen con deportividad los giros de la vida, los mecanismos invisibles por los que las cosas terminan siendo como son, en las relaciones familiares, amorosas o de amistad. Hay en el libro una prosa calmada y segura, firme, un oficio que da confianza sin apabullar y que invita a seguir mirando esas vidas ajenas. A propósito de la colección de relatos que publicó en 2016, Chicos y chicas, Puértolas se refería a sus cuentos como “pequeñas novelas bonsái”. Ahí encajan como un guante los de En el camping, miniaturas de vida, como las bolas de nieve que uno mira tratando de enten- der qué hay en ellas que las hace tan hipnóticas. ~


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: