De lo real y sus variaciones en la escena

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Este siglo ha visto un notable interés en la realidad como materia prima de la reflexión artística, ya sea en el auge que ha conseguido el cine documental, el relativo éxito de los productos de la llamada no ficción en el ámbito narrativo y la exploración de la primera persona como bastión de subjetividad que se muestra de cara hacia lo político. Dentro de su reflexión y práctica a lo largo del siglo XX el teatro dista de encontrar este recurso como novedad, pero se ha unido a la práctica bajo el interés de someter una verdad al contrato con la ficción dramática en pos de una búsqueda reflexiva y estética. Esto ha logrado productos de sumo interés para la práctica y evolución del arte teatral de nuestros días a nivel internacional.

El teatro mexicano ha incursionado en este terreno desde la dramaturgia de Vicente Leñero, emparentado en su veta periodística con la materia prima testimonial de algunas de las obras de Víctor Hugo Rascón Banda, hasta el trabajo del Teatro de la Rendija en los años noventa, cuyos integrantes, siguiendo los preceptos del teatro personal de Gabriel Weisz, de alguna manera anticiparon esa línea dramática de lo que hoy en día se reconoce como biodrama y autoficción, al poner en el centro de la escena las vicisitudes del yo. Más apegados al discurso escénico, los colectivos Línea de Sombra, La Comedia Humana y Teatro Ojo se han encargado de expandir el tratamiento de lo real con estrategias que hacen un cuestionamiento directo sobre las paradojas y zonas de acción que intervienen a partir de la fractura y la recomposición de nuestra experiencia sobre la realidad.

En esta última línea se podría ubicar a la compañía Lagartijas Tiradas al Sol, fundada en 2003 por Lázaro Gabino Rodríguez y Luisa Pardo, reconocida por su hábil ejercicio de colisión entre historia sociocultural e historia personal y que desde 2015 ha presentado el proyecto “La democracia en México” con la exploración de una obra temática dedicada a cada una de las entidades federativas que componen el país. Tiburón (2021), la novena pieza de este proyecto presentada durante la esperada vuelta presencial al Teatro Juan Ruiz de Alarcón, se centra en la exploración de la isla del título ubicada en Sonora a través del viaje paralelo de fray José María de Barahona, quien catequizó a los habitantes de esta localidad en el siglo xvi en una especie de llamado divino para propagar la fe católica, y el periplo del propio Rodríguez por el mismo lugar durante 2019. En esta obra el histrión lleva a cuestas una crisis identitaria previamente ensayada en Lázaro (2020),así como la confesión de una abulia ante la profesión actoral y la búsqueda por redimir este sentimiento, pues como él mismo indica “actuar es una forma de creer”. La obra ensaya, a partir de un constante desmontaje de personalidades que van del actor a la persona de Rodríguez y el personaje de Barahona, un encabalgamiento de discursos que apuntan hacia un cuestionamiento sobre la verdad, equiparada aquí al acto de fe como asidero de la experiencia humana, lo cual se convierte en una cavilación sobre la creencia como un acto cultural, artístico o bien personal que recae en el hecho escénico mismo que estamos presenciando (un golpe efectista que identifica la impronta de la compañía). La diatriba funciona como una hábil revelación de capas de realidad que se contradicen constantemente provocando el drama necesario, aunque se dispersa al añadir la proyección de videos virales que acaso apuntan a la saturación y la presencia ubicua de la posverdad en la actualidad, pero abren la temática hacia un rumbo de contenidos que no acaba por asentarse. El resultado en general deja interrogantes en el espectador sobre la naturaleza y ejercicio del concepto de verdad que rectifican el lugar que la compañía ha logrado a nivel internacional.

También organizado por Teatro UNAM y como parte de la reapertura del Teatro Sor Juana Inés de la Cruz después de dos años de permanecer cerrado, la compañía mexicana-española Oligor y Microscopía, de Shaday Larios y Jomi Oligor, presentó La melancolía del turista, un viaje intimista por dos puertos, el de La Habana y Acapulco, desde una perspectiva que aborda lo real colocando al centro la poética del objeto como testigo del acontecimiento. Para quien nunca haya presenciado el trabajo de estos creadores-investigadores es preciso decir que la acción se da a partir de la exquisita manipulación de objetos encontrados sobre los cuales recrean un universo en miniatura; para ello se restringe la mirada (y las condiciones de aforo) a un escenario pequeño sobre el cual el rito teatral se ejerce con un ritmo hipnótico y cautivante que va construyendo escenas por medio de los objetos y el relato pausado y gentil de ambos creadores. En esta pieza operan alrededor de las imágenes plasmadas en una postal en su potencia evocadora y sugestiva y van en búsqueda de los personajes que las habitan, como es el caso de la icónica figura de la mujer cubana que fuma un puro enorme, quien lejos de esa imagen poderosa vive la suerte de todos los demás habitantes de la isla siempre bajo condiciones inciertas de sobrevivencia, y “El peque”, un insigne clavadista retirado de La Quebrada que revive sus victorias como un eco de la prosperidad que alguna vez tuvo el puerto mexicano, hoy asolado por la violencia del crimen organizado. La atmósfera permite que aflore la nostalgia del turista y la evocación de un goce personal, pero también la reflexión lastimosa de ese deterioro que evidencia el sepia de la postal en el contexto actual de los personajes citados, como figuras incólumes de un paraíso perdido que se mantienen pese a las arduas condiciones del tiempo. La experiencia en sí es un asomo a una caja fantástica que incluye la recreación de escenarios sorprendentes en escala reducida y un cine improvisado por donde se proyectan reflexiones profundas que en conjunto remiten a una escenificación palpable de la memoria. Detrás de esta magia reside un arduo trabajo de investigación histórica y escénica en donde se busca y revive el drama que queda en los objetos, como una especie de arqueología escénica de la cual Shaday Larios es una figura reconocida, así como la manufactura de la maquinaria empleada en la representación en donde Jomi Oligor se destaca con su juguetería fantástica.

Ambos ejemplos citados dan cuenta de ese movimiento que se aleja de la ficción en pos de una experimentación y un cuestionamiento de la representación en sus diversas acepciones, reivindicando a la realidad como un pletórico campo de exploración para la escena. ~


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