La política al servicio de la vida cotidiana | Alicia García Ruiz sobre Judith Shklar

Judith Shklar es una de las pensadoras políticas más lúcidas del siglo XX. Esta charla es un recorrido por su reivindicación de la vida cotidiana frente a los grandes sistemas, el liberalismo del miedo y la lucha institucional contra la crueldad.
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En esta nueva entrega de El salón de Gascón, hablamos con la profesora de filosofía política Alicia García Ruiz sobre la figura y el legado de la teórica política Judith Shklar. García Ruiz profundiza en el concepto clave de su obra más popular, El liberalismo del miedo, un ensayo que reformula la tradición liberal no desde el optimismo y la ideología del progreso, sino como un dique de contención contra el daño, la crueldad y la arbitrariedad del poder. García Ruiz explica cómo Shklar mide el miedo y la libertad desde el punto de vista de los más desprotegidos y de las asimetrías de poder, defendiendo un Estado social representativo que actúe como refugio y defensa del ciudadano frente al abuso. Se repasan también otros textos clave de la autora, como sus ensayos póstumos Sobre la obligación política y su libro Vicios ordinarios, donde explora la función de pequeños vicios cotidianos como la hipocresía o la misantropía, concluyendo con una invitación a leer su obra como una herramienta fundamental para comprender los desafíos políticos contemporáneos.

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Aquí una transcripción editada.

Daniel Gascón: Hola, muy buenas, bienvenidos al Salón de Gascón en Letras Libres España. Hoy estoy con Alicia García Ruiz, que es profesora de filosofía política en la Universidad Carlos Tercero y es especialista en historia de las ideas políticas. Hola, muchas gracias por estar con nosotros.

Alicia García Ruiz: Hola, buenos días. ¿Qué tal? Encantada de estar aquí.

Daniel Gascón: Entre los personajes que has estudiado y sobre los que has escrito en Letras Libres, hay una autora que creo que ya se definía como teórica política, que es Judith Shklar. Creo que va siendo cada vez más conocida, pero sigue siendo menos célebre que otros pensadores políticos con los que se le puede emparentar y con los que se pueden establecer comparaciones interesantes. Nos gustaría que nos contaras quién era Judith Shklar y por qué es importante.

Alicia García Ruiz: Muy bien, voy a intentar sintetizar. ¿Quién es Judith Shklar? Es uno de los personajes principales de la teoría política del siglo XX. Es politóloga, aunque tiene una vertiente filosófica realmente potente, y siempre se la suele poner en contraste con la figura de Hannah Arendt, con la cual comparte algunos rasgos, pero tiene, desde luego, muchísimas diferencias. Para empezar, es veinte años menor y evidentemente estuvo expuesta al influjo del pensamiento arendtiano.

Daniel Gascón: Ella es del año 28, ¿no?

Alicia García Ruiz: Sí, exactamente. Pero no es del club de fans arendtiano. Es importante, a mi juicio, porque de igual manera que nos enamoramos del pensamiento de Arendt en el sentido de la reclamación que expresa en algunos textos de recuperar el sentido y la dignidad de la política, lo hace en unos términos grandes, aunque no grandilocuentes. Sin embargo, el talante de Shklar es mucho más escéptico. No busca recuperar tanto la dignidad de la política en términos de los grandes ideales clásicos, que es lo que hace Arendt, sino recuperar la dignidad de la política en el sentido de la redención de la vida cotidiana. Esto lo hace sin necesidad de ponernos en un plano de redención entendido como una promoción de grandes palabras, por las que ella siente alergia. Entonces, su perspectiva politológica es muy rica en pensamiento filosófico, pero con un talante profundamente escéptico. Y es eso mismo lo que le hace vislumbrar en su época toda una serie de cuestiones a las que después se va a enfrentar el pensamiento político contemporáneo. En ella no vamos a encontrar a una señora de grandes sistemas filosóficos que puedas estudiar sistematizando. A veces parece como si escribiera apuntes sobre la vida cotidiana. Lo hace con la inteligencia de quien quiere encontrar algo en nuestras formas de interactuar cotidianas que nos diga grandes cosas sobre la política. Y eso es profundamente ciceroniano, y enseguida explicaré por qué, si te apetece.

Daniel Gascón: Pues sí, ¿por qué es ciceroniano?

Alicia García Ruiz: Pues porque es la visión de la degeneración de la política que tiene Cicerón. Cicerón insiste en la responsabilidad no solamente de aquellos que están al frente de la política, sino en la dejadez de responsabilidad por parte del ciudadano común. Si el sistema político se desmorona es porque se produce una indolencia cívica en los ciudadanos. Entonces es ahí donde encontramos una huella profundamente ética y ciceroniana en el pensamiento de Shklar. Pero insisto, no en términos de grandes llamadas a la acción o a una visión ética grandilocuente. Es decir, lo que está pasando que tanto te horroriza, el desmoronamiento de la vida pública, también en cierta medida es responsabilidad tuya. ¿Por qué? Pues porque no estás denunciando todos los vicios y todas las corrupciones que hay a tu alrededor. Además, Cicerón es uno de sus autores de cabecera y es el que le da una distinción entre injusticia activa e injusticia pasiva, concepto que saca también de la República.

Daniel Gascón: Y también le interesaban otros autores, porque es curioso el tipo de autores sobre los que le gustaba escribir, que no son los más evidentes. Por ejemplo, le gustaba mucho y es muy influyente en ella, quizá en el tema del escepticismo, Montaigne.

Alicia García Ruiz: Totalmente.

Daniel Gascón: Montesquieu sería otro. Y por supuesto, Rousseau, que le influye mucho y a quien admira por unas cosas y critica por otras.

Alicia García Ruiz: Exacto. Si quieres hablamos un poco de la galería de personajes de su vida. De Montaigne nos enamoramos todos cuando lo leemos, tú lo sabes muy bien, porque es una visión profundamente ética, pero a la vez muy desapegada, ya que es un gran melancólico. Yo creo que también hay una gran melancolía en el pensamiento de Shklar. El escepticismo es como el alfiler que pincha el globo grandilocuente de los grandes sistemas éticos. Lo que nos viene a decir Montaigne, en definitiva, es que lo que hay en la mente de otro ser humano siempre va a permanecer como un misterio para otro ser humano, para bien y para mal. Por lo tanto, el intento de describir éticamente al ser humano imponiéndole el trazo de lo que nosotros pretendemos que llegue a ser o que sea, es un error. La visión escéptica de Montaigne, que se traslada al pensamiento político de Shklar, consiste en ver la realidad tal y como es, entenderla tal y como es, y a partir de ahí ya podremos ver las vetas de pensamiento ético que podamos extraer. Y muy probablemente lo haremos por contraposición a lo peor que hayamos visto en la naturaleza humana, no tanto a lo que imaginemos como lo mejor. El famoso juego entre evitar el sumo mal. Mirar atentamente la realidad, mirar los lugares concretos donde se producen los daños a las personas, y a partir de ahí elaborar un pensamiento ético que no será tanto proporcionar ideales como proporcionar estructuras institucionales que impidan o que frenen el daño. Por ahí es por donde va la vía del escepticismo de Montaigne. Hace falta una sensibilidad muy particular para leer la realidad, que es la que se traslada al pensamiento de Shklar y por eso nos gusta tanto. Porque dices, es que esto está muy bien visto. Cuando decimos en el lenguaje cotidiano que algo es agudo, nos referimos a quien es capaz de encontrar ese pequeño matiz tremendamente significativo para iluminar una situación.

Con respecto a otros personajes, evidentemente también está Rousseau y el impulso ambivalente y contradictorio de carácter comunitario. Por ahí entraría también la misantropía. Es el deseo de una sociedad con la que me pudiera fundir, pero a la vez ver que es una sociedad realmente corrupta en sus formas y en sus valores. Ahí reside quizá esa relación de amor y odio que se puede tener con este autor, de profunda desconfianza hacia sus tesis comunitarias más prototalitarias, cuando son llevadas al extremo. Sin embargo, creo que lo que enamora a Shklar es el impulso filantrópico que hay en el pensamiento rousseauniano. Es ir al encuentro de lo mejor del ser humano, y a la vez quedar tan profundamente desengañado que te conduce al extremo contrario, que es la misantropía. Ese juego que hay en el pensamiento rousseauniano ella lo capta como captar una melodía musical y lo traslada a un pensamiento político, a una manera determinada de entender el vínculo social con su ambivalencia.

Daniel Gascón: Hay algo curioso, y hablar de esos dos autores da una pista, que es alguien que tiene un punto de vista un poco psicológico, lo cual es un elemento original de su forma de enfocar las cosas.

Alicia García Ruiz: Exactamente. Pertenece a una estirpe de politólogos que se plantean cuestiones de psicología moral, y no hablo solamente de las mediciones a las que estamos acostumbrados en la ciencia política contemporánea, que son muy respetables y muy útiles en sus propios términos. Hace falta esa capacidad para penetrar en la psicología moral del ser humano, porque tiene un impacto evidente en su forma de desenvolverse en la vida social y política, y en las concepciones del vínculo político que tenemos. Si alguien no conoce los lados oscuros de la vida social, está desconociendo también los posibles puntos por los que los sistemas políticos pueden tener brechas en las que se produzcan daños a los ciudadanos. Entonces, es necesaria ese tipo de sagacidad a la hora de leer el alma humana. Pero a la vez, lo bonito de esa psicología moral es que ella lo saca de otra sensibilidad, que es la sensibilidad hacia la literatura como fuente de conocimiento, que es otra de las cosas inusuales en cualquiera que haya tenido un entrenamiento como politólogo. Presta atención a la literatura en el sentido de que es un escenario de conflicto de relaciones sociales, como la cultura siempre lo es, y también en el sentido de que nos da un conocimiento de la experiencia humana con una riqueza de matices que no nos proporciona otro tipo de saberes acerca de nuestras actitudes, disposiciones, filias y fobias. Esa riqueza de la vida la recoge la literatura como un saber disperso, pero a la vez extraordinariamente rico. Imagínate una politóloga con una profunda sensibilidad para leer grandes obras de la literatura y encontrar ahí arquetipos, tipos de personas, tipos de psiques y tipos de sensibilidades. Esto hace referencia al mundo de los sentidos, de lo sensible, de lo que está disperso antes de ser recogido en nuestros grandes conceptos. Eso hay que entenderlo para entender la política.

Daniel Gascón: Estaba pensando ahora en ese texto tan bonito que nosotros tradujimos en Letras Libres, que en inglés es “A Life of Learning”, que es una conferencia que da donde hace un repaso autobiográfico y empieza diciendo que es un ratón de biblioteca. Menciona que el primer libro que recuerda haber leído es David Copperfield. Va hablando de lo importante que fueron esas primeras lecturas, que son libros de niños.

Alicia García Ruiz: Sí, es la utilización de la lectura como herramienta de conocimiento. Cuando lees lo que los estudiantes de ella escribieron en los libros homenaje, una de las cosas que todos señalan es que fue una figura que les enseñó a leer en el sentido más intenso del término, como en el ámbito anglosajón se llama el “close reading”. Así es como ella penetra en los textos, y te das cuenta de cómo lee la historia de las ideas políticas. Por una parte, lee la literatura como la leería un historiador de las ideas políticas y, a la vez, lee la historia de las ideas políticas como una literatura, como una narración, y por eso es tan original en sus lecturas. Sabe sacar ángulos que no son los que se han transmitido en la doxografía de las ideas políticas, sino que encuentra en los matices algo importante y lo rescata porque nos dice algo interesante sobre la política, precisamente porque nos dice algo interesante sobre la vida.

Daniel Gascón: Ella fue además la primera mujer que daba clase en su departamento en Harvard, y fue la primera presidenta de la Asociación Norteamericana de Teóricos Políticos. Tiene muchos libros, pero quizá el texto más popular es uno más o menos tardío del 89, que es “El liberalismo del miedo”. Es un ensayo muy corto y muy potente. Si nos puedes hablar un poco de ese ensayo y qué es el liberalismo del miedo.

Alicia García Ruiz: A ver, voy a intentar sintetizarlo, porque hay muchísimas cosas. Es un texto pequeño, pero potentísimo. Esencialmente lo que hace, y eso lo dice su discípulo Bernard Yack, es recuperar una serie de cuestiones que el liberalismo político había desatendido. Su pensamiento nos permite percibir nuevas circunstancias políticas que están desafiando a los teóricos liberales a la hora de pensar creativamente sobre un conjunto de problemas asociados con la identidad, el pluralismo o la comunidad nacional que sus predecesores ignoraron o dieron por sentado. Eso es lo que está haciendo en “El liberalismo del miedo” de un modo particularmente intenso. Primero, va a contrapelo de toda una tradición de pensamiento liberal optimista centrada en el mejoramiento del ser humano y en una ideología del progreso. Ella, como buena lectora de historia, se da cuenta de que la historia del progreso es más una ilusión que una realidad. En este sentido es una reconsideración a la baja, pero muy digna, de las aspiraciones de los liberales más idealistas o progresistas. Además, es utilísimo entender que las tradiciones de pensamiento son plurales internamente, que no son pensamientos monolíticos que se puedan entender en bloque, sino que tienen sus propias corrientes de contestación. A veces la transmisión de una tradición puede llegar a adulterarla de tal manera que la haga irreconocible, como es el caso del neoliberalismo, que es una distorsión tremenda del pensamiento político liberal por su malinterpretación del concepto de libertad. Al entender la tradición liberal como una tradición dispersa y plural, está habilitando un espacio para una reformulación del liberalismo, entendiendo que tiene que responder a las preguntas que plantea su propio tiempo. Esto lo hace a la vista de los acontecimientos recientes de la historia de Europa y la Segunda Guerra Mundial, que ella experimentó de niña al tener que ser una inmigrante. Aunque no hizo una elaboración en términos trágicos de esa experiencia, sí que desarrolló el pensamiento acerca del daño. Ese trasfondo lo compartieron la Escuela de Frankfurt y todos los pensadores posteriores. El liberalismo tiene que dar respuestas al daño, y encuentra el punto de concentración fundamental en el aspecto del miedo, idea que saca de Montaigne. El mayor mal que conduce al daño es la crueldad y la arbitrariedad de un ser humano, pero ocurre porque hay estructuras que permiten ponerla en práctica. Y ahí es donde entra el papel del miedo. ¿Cómo vamos a hablar de política allí donde la gente no es libre? Siempre que hay miedo no hay libertad, hay coacción. Hay coacción porque existe la posibilidad de que la crueldad arraigada en el corazón de los seres humanos pueda tener un espacio de acción a través de estructuras que lo fomenten o lo permitan. Encontramos aquí una formulación negativa; no está dando ideales positivos, sino que afirma que si el liberalismo sitúa su mirada en cuán libre es un ser humano, debemos plantearnos que la situación límite de pérdida de libertad de un ser humano es sentir miedo. Como dice el replicante en Blade Runner, vivir con miedo es no ser libre. A partir de ahí va desarrollando una serie de hilos argumentales que nos llevan a unas consecuencias muy interesantes para replantear la historia política del liberalismo desde el punto de vista de impedir el miedo como principio de gobierno.

Daniel Gascón: Es curioso porque en el ensayo ella menciona a Hobbes, de quien hay gente que dice que es el padre del liberalismo. Ella dice que para ella no es un liberal, pero parten de algo parecido, que es del miedo. Ella propone que hay que crear unas estructuras institucionales que te protejan de la arbitrariedad, del miedo y de la crueldad del Estado, aunque luego también habla del poder de las empresas. Mientras que Hobbes dice que subcontratamos al soberano que lo concentra todo para que nos encarguemos de atenuar que eso no esté.

Alicia García Ruiz: Claro, la obra majestuosa de Hobbes nos muestra la realidad de ver que la política no está dentro de los seres humanos en la forma de una disposición universal hacia la virtud o el vicio, sino que está en el hecho de la convivencia humana. Ese hecho de la convivencia, visto descarnadamente, porque él pretende ser un científico político natural, es acertado. Lo que pasa es que la pregunta que nos plantea Hobbes es qué se debe hacer con esa realidad tal cual es. Y por eso es por lo que no es necesario seguir a Hobbes en el qué se debe hacer con esa realidad tan dura y descarnada del miedo como principio de gobierno. Ahí es donde podemos despegarnos de Hobbes, pero debemos seguirlo en su diagnóstico descarnado, porque ahí vamos a encontrar cómo la política se despliega en el ámbito natural y cotidiano. Es lógico que Shklar no quiera seguir a Hobbes precisamente porque es una gran lectora de Montaigne. El escepticismo no es un disolvente o un corrosivo de la vida ética, nunca dará el paso de darte la afirmación de ideales éticos positivos, pero lo que sí hará es darte grandes lecciones de cómo puedes evitar daños concretos. Es un pensamiento desengañado, pero desengañado no quiere decir estéril. Es la base para eliminar toda una serie de ensoñaciones y vernos las caras con las realidades políticas para, a partir de ahí, poder desplegar un espíritu constructivo.

Daniel Gascón: Tiene que ver mucho con esa idea que antes mencionabas sobre evitar el sumo mal. En eso parece como los médicos que dicen que hay que descartar el mayor peligro.

Alicia García Ruiz: Totalmente, pero fíjate que el liberalismo del miedo no va a ser un sistema constructivo grandilocuente, lo que va a ser es un fortín de resistencia frente a la destrucción, un dique de contención. Lo que nos interesa de esa formulación tan a la baja, tan modesta y desengañada del liberalismo, es que su potencia consiste precisamente en que cuando todo se desmorona en cuanto a grandes ideales éticos, ahí tienes resistiendo al liberalismo mínimo, pero que es el paso más allá del cual no triunfa la destrucción.

Daniel Gascón: Y ella en eso hace comparaciones con otras tradiciones liberales y usa esa formulación de Emerson de los del Partido de la Memoria y los del Partido de la Esperanza.

Alicia García Ruiz: Sí, y además hay que tener muchos arrestos para estar en Estados Unidos, ser norteamericana, y meterse con Emerson llamándolo poco más o menos que ingenuo en ese sentido. Emerson en Estados Unidos es una figura tutelar fundamental en la autopercepción de la cultura estadounidense más elevada. Así que darle un aldabonazo a la figura de Emerson y al concepto de progreso y florecimiento, en términos anglosajones, es mucho.

Daniel Gascón: Por cierto, no he dicho que está bastante traducida al castellano en los últimos años, sobre todo en Herder hay varias cosas, una de ellas con un prólogo tuyo sobre la obligación política. En Página Indómita también han publicado varios de sus libros, como “Vicios ordinarios”. Estaba pensando en que ella se aleja cuando dice que lo que hace no es lo mismo que una formulación muy famosa de otro filósofo político también nacido en Riga, que es Isaiah Berlin. Mucha gente dice que el liberalismo del miedo se parece un poco a la libertad negativa, ¿en qué se parecen y en qué se diferencian?

Alicia García Ruiz: Para empezar, ella es muy crítica con el concepto de libertad berliniano. Ahí es donde encontramos justamente un vector de desarrollo de su pensamiento que puede ser incluso socialdemócrata, sin jamás autodesignarse como tal. Lo que ella tacha a las concepciones de Berlin es un trazado de la libertad que no toma en cuenta las condiciones prácticas en las que la libertad debe darse, y es una superación de la no dominación o de la no interferencia como definición de libertad. Para ella no basta simplemente con quedarnos en el margen estrecho de la no interferencia, sino que es necesario inspeccionar las condiciones prácticas en las que la gente es libre, entre otras cosas para no sentir miedo. Por eso ella recupera la figura de T. H. Green, un filósofo liberal estadounidense que permite una lectura de la libertad como una defensa de los derechos económicos y sociales, compatible con una creciente acción del Estado en la época. Green y sus compañeros decían que tiene que haber inspecciones de salubridad en el trabajo o buenas condiciones económicas y salariales, por lo que no descuidan el ámbito de las condiciones socioeconómicas que rodean a la libertad. En ese sentido es un liberalismo mucho más rico. El espíritu de Berlin es persistente frente a las arbitrariedades del poder, pero le faltaría todavía una mayor conciencia crítica respecto a las condiciones de vida de sus ciudadanos y una mayor proclividad hacia la solidaridad. Cuando ella habla con una sagacidad enorme de la contraposición entre la libertad de los amos y la libertad de los esclavos en el fenómeno de la esclavitud estadounidense, encontramos una contraposición entre dos conceptos muy diferentes. Ella dice de una manera muy bonita que cuando triunfó la causa abolicionista, los amos se vieron obligados a vivir según los principios que ellos habían sostenido para sí mismos. Solo está pidiendo una coherencia con esos principios: si los quieres para ti en un sano egoísmo, los debes querer para ellos.

Daniel Gascón: Yo creo que es por ahí también cuando está pensando en dónde ha habido liberalismo. Dice que ha habido un poco en Europa, y que en Estados Unidos habría habido liberalismo si no hubiera habido esclavitud.

Alicia García Ruiz: Sí, eso es muy interesante. Porque ella lo que dice es que el liberalismo ha sido una excepción, no ha sido la regla en absoluto. Otra cosa es que nosotros hayamos dado por sentado que lo que llamábamos democracias liberales tenían una perspectiva de continuidad sin prácticamente ninguna amenaza, algo que ella vio antes de tiempo, al igual que las amenazas internas del propio concepto de democracia liberal.

Daniel Gascón: Y por ejemplo, una de las cosas de las que se ha hablado mucho es desde dónde mides el miedo, y ella dice que lo mides desde el que tiene menos poder.

Alicia García Ruiz: Sí, ahí estás tocando un punto fundamental desde el punto de vista de la asimetría de poder. ¿Quién puede sentir miedo? Aquel que está en una situación de asimetría de poder. Y es un principio democrático fundamental que contiene y limita lo que puede y lo que no debe poder hacer quien está en una situación de poder. Ella es muy consciente de que la capacidad de negociación o de presión que hay entre un ciudadano frente a un sistema o un gobierno es absolutamente desproporcional. Entonces, si tú tienes una determinada perspectiva de la injusticia, vemos en dónde quedan desprotegidos los ciudadanos y en qué ámbitos no llega la visión de los modelos formales de la justicia. Puestos a sospechar de dónde puede venir el daño, ella señala el escoramiento de un aparato tan formidable como es el aparato del Estado. De ahí desarrolla una concepción que no es antiestatalista, sino que indica que frente al Estado tú estás en una posición absolutamente desamparada. ¿Quién te hará amparar entonces? Pues una concepción de la política que ponga límites a la propia acción del Estado.

Daniel Gascón: También es curioso en su forma de escribir, que parece que estás hablando de cosas aparentemente abstractas de filosofía y organización del Estado, pero viene de una experiencia literaria y de ser una judía de Riga que conoce los horrores de primera mano. El libro es muy físico también. Ella dice que el miedo es el temor a que te agredan o que te mutilen, y señala que, mientras escribe esto o mientras lo leemos, en algún sitio están torturando a alguien. Algo que era cierto en el 92 y lo sigue siendo en 2026.

Alicia García Ruiz: Sí, ese es uno de los rasgos más atractivos de su pensamiento. A mí me recuerda a la profunda sensibilidad que tenía Simone Weil respecto al daño físico en el texto de “La persona y lo sagrado”. Dice que si alguien pasa frente a mí podría arrancarle los ojos, podría mutilarla, y no cambiaría nada su persona, porque es un concepto abstracto. Shklar habla de la concreción del lugar del daño sobre la carne sagrada. Esa sensibilidad hacia la comprensión en lugares específicos del daño y de su posibilidad no es casual. En su concepción de la justicia, los modelos formales proceden desde la determinación del ideal de justicia hasta su concreción, pero ella propone hacer el camino inverso. Lo preconceptual son nuestras experiencias sensibles, de dolor y de daño, a las que no llegan todavía unos conceptos elaborados. Y ahí tienes un contraste con la filosofía rousseauiana. Empezar desde abajo, desde la experiencia sensible, nos conduce a una filosofía muy consciente del carácter corporal que tiene el pensamiento, siendo la piedra base sobre la cual construyamos los grandes edificios de nuestros sistemas ético-políticos.

Daniel Gascón: También es curioso que ha escrito mucho desde una perspectiva legal sobre la importancia del gobierno de la ley.

Alicia García Ruiz: Es evidente que el imperio de la ley es esencial porque es el lugar donde puede producirse esa defensa del ciudadano en la asimetría con respecto a los aparatos políticos. La ley es un refugio.

Daniel Gascón: Es una defensa frente al poder arbitrario.

Alicia García Ruiz: Exactamente, es esa defensa frente al poder arbitrario. Pero a la vez, y esto hace tan rico su pensamiento, ella critica profundamente el legalismo en el sentido de hacer de la norma y del procedimiento algo ciego a las realidades a las que debería referirse. El ámbito de la injusticia se sitúa sobre ese vaciado de contenido y sentido. El sentido de la ley estaría en ver a qué debe estar orientada la acción legislativa en relación a la realidad humana. No renunciamos a los ideales, sino que los bajamos a un ámbito basado en nuestra realidad cotidiana, pero tampoco los veneramos hasta el punto de vaciarlos de contenido y que se vuelvan más fuentes de daño que barreras para impedirlo.

Daniel Gascón: Otro de sus libros sobre la obligación política, del cual hiciste el prólogo para la edición española, es una recuperación póstuma de ensayos.

Alicia García Ruiz: Sí, fue un trabajazo de los compiladores, Samantha Ashenden y Andreas Hess. Muchos de ellos son anotaciones filosóficas de trabajos que no pudo concluir, pero es posible intuir por dónde iba la última fase de su trabajo. Se plantea los términos de la obligación política, la contraposición con la lealtad y los conflictos de lealtad en la situación límite del exilio. Son problemáticas que podemos aplicar a lo que está pasando ahora. Hace una defensa enérgica de las condiciones prácticas de la libertad y de la implicación cívica del ciudadano, de discutir una interpretación sesgada del liberalismo como antiestatalista. Ella defiende un Estado social representativo, no en su parte de Leviatán. Nos enseña las dos caras del Estado. Esa defensa del Estado representativo, en el que hay que intervenir, poniéndole límites, porque tiene su parte de Leviatán, pero a la vez también construyéndolo, porque es el espacio que puede amparar a los ciudadanos, no solamente en términos legislativos, sino también para construir las condiciones de vida para el ejercicio de su libertad, como las inspecciones de trabajo y la defensa de los derechos. O sea, una cosa es ante el Estado y otra cosa dentro del Estado.

Daniel Gascón: En cierta manera también en cuestión de seguridad en “El liberalismo del miedo” está completamente presente.

Alicia García Ruiz: Claro, tendríamos que distinguir entre políticas contra el miedo y políticas que utilizan el miedo. Si analizamos lo que está pasando ahora, en muchas ocasiones tenemos políticas que utilizan el miedo como principio de gobierno. ¿Cómo concretamos el miedo? Es el miedo físico a poder ser torturado, pero también el miedo igualmente físico a no poder ir al supermercado y comprar alimentos, o el miedo físico a perder un techo y un hogar. Eso lo ha entendido bien el pensamiento liberal de Shklar. La pregunta es cuáles son las condiciones en las que tiene lugar eso que llamamos libertad.

Daniel Gascón: Estaba pensando en otro de los libros que son más conocidos y originales de ella, que es “Vicios ordinarios”. Si nos puedes comentar al respecto.

Alicia García Ruiz: Sí, aquí retomamos la indagación sobre la psicología moral y la contraposición entre las grandes virtudes cívicas y sus correspondientes pequeños vicios cotidianos. Ella construye una aproximación muy sugerente, porque no puedes tener una idea de la política que cierre los ojos ante la existencia de todos esos pequeños vicios, ya que sería una visión edulcorada de la vida política. Lo interesante es que no necesariamente son destructores de nuestras ideas políticas, a veces son condiciones de posibilidad de la misma. Si pensamos en la hipocresía o la mentira, tienen una funcionalidad. En las sociedades nos metemos mucho con la hipocresía, pero a lo mejor en otro momento ha sido simplemente guardar las formas. La parte que más me gusta ahora es la que dedica al pensamiento del misántropo. La misantropía es útil porque deriva de ver la vida tal y como es, de ver las cosas sin engañarse y tomar conciencia de comportamientos deplorables y lamentables. Esa toma de conciencia es necesaria para poder hacer algo sobre ello, lo que sería una vertiente constructiva de la misantropía. Pero ella advierte que en la dosis está la cuestión. Si te pasas, se convierte en una fuerza corrosiva que conduce a la desconfianza mutua constante hacia toda interacción social o al abandono aristocrático lleno de desdén por preocuparte por la vida de los demás. Es una tentación dulce volverse muy misántropo viendo cómo va el mundo.

Daniel Gascón: Muchísimas gracias por hablarnos de Judith Shklar. Recomiendo a quienes nos escuchan que lean tus textos en Letras Libres y que lean a Judith Shklar.

Alicia García Ruiz: Muy bien, muchas gracias, ha sido un placer.


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