Imagen: Biblioteca Pública de Nueva York. “Un joven cheyene”, 1901.

Un acontecimiento literario

Pocos libros se atreven a zanjar terrenos inexplorados. Ese es el caso de “Poesía indígena del norte de México”, una antología donde Gabriel Zaid pone bajo la mira la lírica popular de culturas que habitualmente han sido colocadas al margen.
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¿En qué consiste un acontecimiento literario? En la ocurrencia de un suceso que marca un antes y un después en la historia de la comprensión de una literatura.

La publicación de la antología Poesía indígena del norte de México, de Gabriel Zaid, representa un acontecimiento de esta naturaleza, ya que supone la recuperación y configuración de una literatura olvidada y casi invisible: la de los pueblos originarios del antiguo Septentrión mexicano, esa vastísima región geográfica que abarca los territorios de los actuales estados del norte de México (Baja California, Baja California Sur, Sonora, Sinaloa, Chihuahua, Durango, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas) y el suroeste de Estados Unidos (California, Nevada, Utah, Arizona, Colorado, Nuevo México y Texas).

Poblada desde hace milenios por decenas de pueblos originarios, explorada y colonizada hace varios siglos por distintas potencias europeas, y dividida a partir de 1848 en los dos espacios nacionales de México y Estados Unidos, esta región siempre ha constituido una unidad histórica y cultural, desde tiempos prehispánicos hasta el presente más inmediato.

Largamente eclipsadas por la monumentalidad del arte y la arquitectura de las civilizaciones mesoamericanas del sur del continente, las culturas originarias del norte de México han sido la matriz de un espacio civilizatorio de larga duración en el que se han incubado desarrollos políticos, sociales y culturales de enorme trascendencia.

La historia del hemisferio occidental (y del mundo) habría sido muy distinta si el Imperio comanche no hubiera dominado durante décadas las tierras del norte de México y el suroeste estadounidense. Nuestra idea de la subjetividad y de la psique difícilmente habría adquirido sus contornos contemporáneos si los escritos de Antonin Artaud y Carlos Castaneda no hubieran globalizado los contenidos de los rituales de los yaquis y los rarámuris, convirtiéndolos en el combustible mental de la vanguardia y la contracultura.

Una antología constituye un acontecimiento solamente si llega a desordenar las categorías convencionales de la recepción literaria y obliga de este modo a pensar en una literatura de otra manera. Al recuperar la memoria de la potencia lírica de los pueblos del Septentrión, la antología de Zaid trastorna las formas de recepción de dos literaturas nacionales –mexicana y estadounidense– y apremia a repensar ambas tradiciones desde otras perspectivas, como, por ejemplo, la de contemplar más seriamente la existencia en estos espacios geográficos de cuerpos de literatura transnacionales, plurilingües, propiamente norteamericanos.

Los poemas, coros, cánticos y arrullos antologados por Zaid provienen de 35 lenguas distintas, las cuales comparten el común denominador de tratarse de lenguas que han sido “habladas en territorios que fueron o siguen siendo mexicanos”. Otro común denominador es que estos poemas encarnan una forma de decir o más bien de ser literario que está mucho más allá de cualquier dicotomía reduccionista entre lo “primitivo” y lo “civilizado”. Estas composiciones poéticas son los frutos que emergieron del seno de actividades integradoras que trascendían lo verbal, como el ritual y la guerra, la caza y la crianza. Se trata más bien, como lo ha estudiado la etnopoética de Jerome Rothenberg, de actos poéticos vitales registrados a través de la escritura.

La poesía de los pueblos indígenas del norte es, en primer lugar, una poesía de los orígenes, el maíz, la fertilidad, el sol y la lluvia, como en este poema apache: “Al oriente, donde está el agua negra, / crece el alto maíz con raíces profundas. / Tallo esbelto, hojas largas, pelo rojo / y el brote oscuro del elote / con rocío.”

Puede ser también –como lo es, en el fondo, toda lírica– una poesía de la fascinación ante la propia experiencia, de la capacidad misma de sentir y darse cuenta, de la extrañeza de que el mundo –los astros, los elementos, la luz nocturna– exista. Así nos dice un canto seri a la luna: “Por donde paso / camino en el cielo. // Por donde paso / es asombroso.”

Ante la majestad del cielo, un poema osage se maravilla por la vida terrestre y su integración en los ciclos del cosmos, por la permanencia y la transformación: “Vamos, amigos. / No es tarde para ir a un mundo nuevo. / Remando surcaremos las aguas / para ir más allá del ocaso, hasta morir / donde navegan las estrellas.”

Por su parte, en un canto navajo se intima que el devenir de la existencia humana en la tierra puede cumplirse en la experiencia de la finitud, porque revela la bondad del mundo: “En la vejez, vagando renacido / por un sendero vivo de belleza, caminar. // Todo termina en belleza.”

La literatura de los pueblos del norte es, igualmente, la literatura del empeño de unos pueblos en su propia continuidad, de su bizarría frente a las fuerzas del despojo, la invasión y el exterminio. Una poesía que a veces asimila la tenacidad de la resistencia a un proceso natural, cósmico incluso, como en este canto apache de guerra: “Así como la mañana se levanta / y el sol surca por los cielos del Creador, / nuestro pueblo se alza con las armas, / al calor de la lanza, el cuchillo y las flechas.”

O en este canto rarámuri:

Somos rarámuris.
Sostenemos el mundo.
Somos la columna del mundo.

La lectura de esta antología de Zaid transmite un mensaje: la realidad cultural e histórica de México se extiende más allá de lo que habitualmente entendemos por “México”. La cultura mexicana, en su sentido más abarcante, incluye aspectos ignorados, despreciados o negados por el relato nacional, como el hecho de que esta cultura siempre se ha compuesto por docenas, si no es que cientos, de lenguas y formas de interpretar el mundo. O como el hecho de que el espacio geográfico que la cultura mexicana efectivamente ha ocupado excede ampliamente las fronteras políticas del actual Estado nacional mexicano.

Tras la escisión del Septentrión en 1848, la cultura mexicana no solo no desapareció en los territorios conquistados, sino que en ellos ha persistido y seguido evolucionando hasta la actualidad, ampliando y enriqueciendo las posibilidades de lo mexicano. Si la literatura de los pueblos indígenas del norte ha sido ignorada, ha sido en buena medida porque se trata de una literatura que se encuentra en el cruce de esos múltiples desconocimientos de México respecto a sí mismo.

Siempre habrá una especie de abismo entre el presente vivo que dio origen a un poema y el presente de la lectura de su registro verbal en las páginas de un libro. Sin embargo, es gracias a ese mismo juego entre la distancia y la cercanía que la literatura existe, que se hace posible en tanto capacidad de invocación de otros tiempos, como el pasado y la eternidad. La literatura se mantiene, dicho de otra manera, en la capacidad de encarnar la persistencia de ese ámbito que ha sido conocido como el reino de lo espiritual. Por eso, como en los versos de una canción comanche, resulta difícil no conmocionarse ante la asamblea de voces que estas páginas congregan: “El mundo de los espíritus. / Viviremos otra vez, / viviremos otra vez.” ~


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