Cómo se pierden las democracias

La democracia, señala con agudeza Julio Hubard, es una estructura no de piedras sino de palabras. Con palabras dichas en la plaza pública se construye una democracia. Pero el exceso y la perversión del uso de la palabra acaban siendo enemigos más poderosos que las armas o la pobreza.

Febrero 2013 | Tags:

Todos los sistemas políticos podrían imaginarse vigentes durante mil años. Excepto la democracia: en su estructura lleva impresa una fragilidad determinada por los azares del tiempo y del espacio. Comparada con los otros sistemas, que se proponen como montañas edificadas, sólidas, completas, invulnerables ante meteoros, la democracia es una choza de palos en una explanada. Su fragilidad inherente requiere constante mantenimiento, cambiar partes, amarrarlas, repararlas. Como la metáfora de la nave de Argos, que después de muchos años vuelve al puerto: la misma nave, pero sin una sola astilla de su madera original.

Tradicionalmente se presenta la democracia griega como una institución que, si bien tuvo interrupciones, fue constante desde Clístenes, en 507 a. C., hasta la victoria macedonia de 321. Algunos autores se admiraban de la continuidad, sin más; otros albergaban dudas, sin poderlas resolver, acerca la perseverancia griega con un sistema político frágil. Pero casi todos daban por hecho que se trataba de un mismo sistema. Y sí, pero no. Desde hace un par de décadas, Mogens Herman Hansen se ha dedicado a reconstruir el proceso democrático de los griegos y, en primer lugar, halla que no se trata de todos los griegos: la democracia es una peculiaridad ateniense; en segundo lugar, que no hay una democracia sino muchas, o, mejor: que se trata de un proceso constante de cambio, reparación, renovaciones y regresos. Es decir: no hay una democracia griega sino un proceso que los atenienses atendían constantemente y llamaron política. No se trata de la atención a un Estado sino de la actividad de una sociedad de pares. El Estado era un producto superviniente, una consecuencia de la vida política, pero no un principio. La única constante es el polités –que casi siempre se traduce como “ciudadano”, pero debiera llevar un enfoque distinto, porque el sentido semántico es inverso: en el modelo latino el término primario (estoy glosando a Benveniste) es cives, que califica al individuo, de donde deriva el vocablo civitas, nombre de la colectividad; pero en griego, el término primario es el colectivo polis, y de ahí deriva polités. Esto “debiera ser punto de partida para un nuevo estudio comparativo de las instituciones mismas”, dice Benveniste. Y, aunque Hansen ni siquiera cita a Benveniste, su labor pareciera surgir de una inquietud semejante: algo no estaba bien descrito, respecto de la democracia griega.The athenian democracy in the age of Demosthenes [University of Oklahoma Press, 1999] es el resultado de sus investigaciones. Se trata de una obra mayor, quizá de la envergadura (aunque con una narrativa y métodos muy distintos) deLa ciudad antigua de Fustel de Coulanges. No tengo indicios de edición en lengua española, y me parece lamentable.

Hansen se tomó el trabajo de reconstruir –desde el cotejo minucioso de los textos, los datos arqueológicos, contando y clasificando fragmentos de cerámica usados en las votaciones, etc.– cada una de las distintas etapas de la democracia ateniense, y de transmitir sus hallazgos con una notable capacidad expositiva y narrativa. Hasta ahora los historiadores no habían reparado con suficiente profundidad en las diferencias entre la era de Clístenes (democracia directa, pero impuesta, y reacomodo de la sociedad, según oficios y productividad económica), y la de Efialtes y Pericles, por ejemplo; las variaciones en los distintos órganos de gobierno ciudadano y su orden de importancia. Por primera vez quedan explicadas de modo suficiente las instituciones políticas más importantes: la Ekklesía (la asamblea popular, compuesta por seis mil o más hombres, que votaba a mano alzada sobre nombramientos, contratos con otros estados y políticas domésticas), los nomóthetai (legisladores –nomos– elegidos por un solo día, para votar sobre leyes y modificaciones a las leyes), el Dikasterion (el tribunal popular, donde los dikastai –responsables de velar por Diké, la justicia– formaban jurados para litigios privados o acusaciones públicas), la Boule (o Consejo de los Quinientos, o Consejo del Areópago), encargado de “la voluntad” general expresada por vía deho boulómenos (el voluntario)... y de pronto sorprende la cantidad de tiempo que un ateniense debía dedicar a la vida pública, y lo complejo de las relaciones institucionales y la pertinencia, constantemente abierta, de la participación del ciudadano.

Desde luego, Hansen requirió organizar no solo su material sino una narrativa que diera cuenta de las transformaciones de un fenómeno que antes se consideraba más bien lineal y continuo, salvo los tropiezos totalitarios que toda democracia tiene que sortear de uno u otro modos. Y se extiende sobre el último periodo, el de Demóstenes, por una razón poderosa: “No hay ni un solo discurso posterior a la abolición de la democracia, llevada acabo por Antípatro, en 322.”

Desde luego, esto es un hito para quien haya leído a Platón (que tanto en el Fedro, como en el Banquete y en La República, repite que el objetivo de una sociedad son “los bellos discursos”, la fórmula por la que entiende algo así como “la calidad de la conversación”), a Tucídides (cuya historia se teje en torno de los discursos; uno de ellos, el  discurso fúnebre de Pericles, sigue siendo hasta hoy  el primer pilar de la concepción democrática), a Aristóteles (que consideraba la ética como una actividad previa para la política), o las Filípicas de Demóstenes, ante la desesperación de una Atenas ya sorda a las palabras y pronta a la aclamación de los demagogos.

Y este es el corazón del libro: la democracia es una estructura no de piedras sino de palabras –del uso de la palabra y de la voz: el diálogo, el debate, el discurso–, y no solo su enunciación sino su escucha. El polités responde a ideas superiores (la justicia, la equidad, la proporción) pero no a la idea de Estado. Responde, sobre todo, a la justicia. Atenas es la casa elegida por Atenea, y un ateniense no puede ignorar que puede tener una vida domesticada merced al juicio con que esta diosa salvó al hombre de las deidades antiguas y las fuerzas de la naturaleza que “odian al hombre” (Hesíodo). Es el tema de las Euménides: reemplazar la justicia ciega de la naturaleza por la deliberación discursiva de los seres racionales.

La vida política de los atenienses tuvo mil vicisitudes, pero siempre arraigó en la colina Pnyx, a un lado del ágora, donde se instaló el tribunal de justicia. Desde ahí, un foro para debate y deliberación, existe el espacio común, la ciudad. Se dice de modo simple, pero es una concepción radicalmente distinta de las que solemos reconocer en la tradición occidental.

Vuelvo al contraste romano, para mostrar la diferencia radical respecto de las organizaciones posteriores. Roma conocía las elecciones ciudadanas (y el fenómeno demagógico de la aclamación popular como cimiento de la legitimidad y la soberanía), pero a nadie se le ocurre poner a Roma como ejemplo democrático. En cambio, Atenas es un caso singular y originario para todo concepto de democracia.

El secreto es el espacio público. La voz en el espacio público. Un polités ateniense tiene la obligación de hablar entre sus pares. Es su obligación hablar y hacerlo claramente: las ambigüedades eran consideradas defecto moral... El ágora, el Dikasterion, la Ekklesía son lugares donde yo tengo voz. En cambio, las plazas romanas son campos de Marte: lugar para el desfile, las paradas militares, la gloria del poder de Estado: acudo a recibir órdenes y admirar el poderío, o a servir de masa para el demagogo. Pero ahí no tengo voz, nadie espera, ni quiere, la deliberación del ciudadano. Es lugar de poderes y masas, no de individuos. Ese sigue siendo el mayor monstruo de las democracias en los países de lengua española, que comparten un adn jurídico peculiar: el Estado les otorga los derechos; es decir, el Estado existe jurídicamente antes y funciona como primera persona. Mis derechos me son concedidos (cosa contradictoria con los derechos humanos, por cierto).

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Comentarios (5)

Mostrando 5 comentarios.

Excelente articulo Julio,

Algo que se desprende, por su relevancia contemporánea, de tu narrativa es la concepción democrática, de la mayoría de ciudadanos, que prevalece en Latinoamérica: “Mis derechos me son concedidos…el Estado les  otorga los derechos [a los ciudadanos],” esta es una precisión muy acertada. Actualmente existe un claro contraste con el liberalismo Clásico, (la base ideológica que propicio la democracia moderna), el cual claramente prescribe que el gobierno surge de los ciudadanos por lo tanto, se debe subordinar a los mismos. El gobierno no otorga ningún derecho, su función es únicamente de protegerlos. Los ciudadanos, tienen la responsabilidad de estar en constante escrutinio del gobierno para que cumpla su función y evitar que se convierta en una tiranía, (como que comience a “dar y quitar derechos”) como apunta, claramente, John Locke en sus Ensayos Sobre el Gobierno Civil. Además, en este contexto, los ciudadanos tienen la obligación de desmantelar un gobierno que no cumpla los preceptos pre-establecidos por los ciudadanos.

Por otro lado, Sartori asegura que,“las democracias carecen de sentido si sus ciudadanos no las comprenden.” No solo estoy de acuerdo con Sartori, sino que estoy convencido que es ahí, precisamente, donde yace es el perpetuo problema de las democracias Latinoamericanas. Unas de las cosas que ilustran esto se hacen visible en cada periodo de electoral, donde resurge el ubicuo y contradictorio cliché “en una democracia, lo más importante es votar.”  De ahí que Latinoamérica es especialmente propensa a la enferma versión de la democracia: el populismo.

Otra característica de estas democracias es el desproporcionado énfasis los derechos de los ciudadanos y se habla muy poco de las responsabilidades cívicas (i.e. comprender la democracia, por ejemplo).

Por último, te recomiendo leer (si no lo has leído) La Democracia en América, de Alexis de Tocqueville. El autor, hace un brillante e incisivo estudio del desarrollo democrático en EU; un estudio que es interesante yuxtaponer con la democracia de la Atenas antigua y la de Latinoamérica.



Saludos,

Carlos Gamboa

 

Estimado Julio: Gracias muchas gracias por tu texto.Allí abres algo poco estudiado y quizás por eso menos practicado: las instituciones políticas son parte del lenguaje, de ese lenguaje con el que ellas son construidas, no hay un más allá profundo y oculto, sino que lo interesante está en la superficie del lenguaje que las palabras muestran.

Siguiendo esa metáfora de la construcción de la democracia, te formulo una inquietud ¿Qué ocurre con esa institución cuando la palabra ha dejado de circular  siendo ya una moneda gastada? Si, claro que queda el silencio del lenguaje, solo que sabemos, por ejemplo, el cambio vivido por la lengua alemana a partir de la experiencia del III Reich. A eso le sumo un hecho que tú señalas muy bien; hoy la democracia es una receta que inyectan (imponen) los Estados o algunos Estados, así por ejemplo se introdujeron en Mali tanta cantidad de tropas de elíte francesas como botellas de refresco había en ese país, eso a nombre de instalar, desplegar e "imponer" la democracia. Entonces, pregunto esto cómo afecta al lenguaje y a la palabra , requisitos mínimos para el ejercicio de la democracia, para colmo en un momento donde los ciudadanos han sido reemplazados por las diversas variedades del consumidor.

Una pregunta ¿será posible que me autorices a subir a otros blogs tu texto? Obviamente colocando los créditos correspondientes a la revista donde él está , por suerte, ya publicado.

Un abrazo

¡Excelente artículo! Muchas gracias. Estoy justamente terminando 'La guerra del Peloponeso' de Tucídides y me preguntaba si el Alcibíades de la expedición contra Siracusa era el discípulo de Sócrates.

Una persona que hace una lectura muy semejante a la suya de la democracia griega, me parece, es Lewis Mumford, en su 'The City in History'. Como es una obra tan ambiciosa, no da más que pinceladas--brillantes, siempre--sobre el tema y lo deja a uno con muchísimas ganas de saber más. Me ha brindado usted una pista valiosísima con sus referencias al libro de Hansen.

Nuevamente gracias.

Estimado Antonio Torres,

 

Gracias por su comentario.

EN efecto: ese Alcibíades de Siracusa es el discípulo de Sócrates, el seductor, el traidor. Mejor personaje para libros que para toparse en la vida política.

Hay mucho material sabroso. Desde la vida que escribe Plutarco (y su comparación con Coriolano, otro horror interesantísimo) hasta el hermoso libro que le dedica Jacqueline de Romilly (Alcibíades o los peligros de la ambición. Seix Barral).

No he leído "The City in History", pero le agradezco mucho que despierte mi curiosidad.

 

Muchos saludos,

 

 

Julio Hubard

Estimado Julio Hubard,

Tomo nota de Plutarco y Jacqueline de Romilly.

Lo seguiré leyendo. Animo con el griego. ¡Qué envidia!

Antonio Torres

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