El lenguaje es una libertad

Salman Rushdie conoce como pocos las consecuencias de la intolerancia y el celo censor. En este discurso, pronunciado en Nueva Delhi, defiende la independencia de la crítica y el arte y reivindica la responsabilidad de conservar una de las cosas que nos hacen humanos: la libertad de palabra.

Esa palabra: libertad. Tiene un sonido hermoso, ¿verdad? ¿Quién estaría en contra de la libertad? Uno pensaría que todo el mundo estaría automáticamente “a favor” de esa palabra. Una sociedad libre es una sociedad en la que florecen mil flores, en la que hablan mil y una voces. Y qué idea tan sencilla y grandiosa parece. Es como esa diosa de cobre que hay en el puerto, iluminando el mundo.

Pero en nuestra época muchas libertades esenciales corren el peligro de ser derrotadas, y no solo en Estados totalitarios o autoritarios. Aquí en la India, una combinación de fanatismo religioso, oportunismo político y, debo decirlo, apatía pública está dañando la libertad de la que dependen todas las demás libertades: la libertad de expresión.

Tengo que pedir disculpas por ser uno de los temas de este debate. Idealmente, un escritor no debería ser el tema. Un escritor debería ser un observador, no lo observado. El escritor debería ser la persona que habla y no la persona de quien se habla. Pero, una vez más, las circunstancias me arrastraron recientemente al escenario; o, más bien, en Jaipur, evitaron que llegara hasta él.[1]Como ahora tenemos la perspectiva de un par de meses, está bastante claro que lo que sucedió fue la previsible intolerancia del movimiento deobandi, consentida por lo que se revelaron como cálculos electorales bastante inútiles del Partido del Congreso.

En la debacle de Jaipur se sugirió que asistir sería un completo error por mi parte. Era el mundo al revés. Lo que está ocurriendo aquí, esta noche, es lo que yo llamaría “normal”. Un escritor nacido en la India, que ama este país y ha pasado buena parte de su vida escribiendo sobre él, aparece para hablar a un público indio sobre la India. Yo diría que eso es normal. Lo que no es normal es que eso se impida. Y parece que estamos en peligro de volver estas nociones del revés.

Y en absoluto trata solo de mí. Me sentí extremadamente conmocionado en Jaipur cuando unos escritores que apoyaron mi obra no fueron defendidos por el festival literario, y siguen en este momento en peligro de que se les procese por lo que hicieron. Eso a pesar de que la gente ha leído en público fragmentos de Los versos satánicos muchas veces desde que el libro salió en 1988, sin que se dijera nada de emprender acciones judiciales en su contra. Y eso a pesar de que la única prohibición sobre Los versos satánicos es una prohibición aduanera; el típico truco indio. No prohíbes el libro, solo impides que entre en el país. En teoría, alguien podría publicar la novela en este país. No hay ley que lo impida. ¿Hay algún editor interesado? Nos vemos luego.

Puedes descargar el libro. La prohibición es un absurdo en una era electrónica. Y, sin embargo, existe y hay cuatro escritores que corren peligro de ser procesados por leer en voz alta fragmentos de la novela, mientras que los hombres que amenazaron con la violencia disfrutan de su libertad.

Jaipur solo es un incidente. Pero es importante como indicador de lo que se está volviendo cada vez más frecuente en la India: una guerra cultural, una guerra contra productos culturales de toda clase, películas, piezas artísticas, literatura, toda clase de teatro, y esto sucede mientras el público en general permanece indiferente.

En la época de la Ilustración europea, en el siglo XVIII, los grandes escritores e intelectuales de ese movimiento –Rousseau, Voltaire, Montesquieu, Diderot– sabían que su verdadero enemigo no era el Estado sino la Iglesia. De hecho, cuando el poderoso Rabelais recibía los ataques de la Iglesia, el rey de Francia lo defendió a causa de su genio. ¡Qué época debió de ser aquella, cuando un escritor podía ser defendido por su talento! Después de Rabelais, los escritores de la Ilustración insistían en que a ninguna Iglesia, ni siquiera a una Iglesia que tuviera una Inquisición a su disposición, se le podía permitir que pusiera límites al pensamiento. Los llamados delitos de blasfemia y herejía eran los objetivos, porque eran los métodos que usaba la Iglesia para limitar la discusión; y se llegó a la idea moderna de la libertad de expresión que derrotó a la idea de que eran delitos y de que se podían usar para silenciar la palabra.

Ahora hay una tendencia a decir: “Eso es una idea occidental. Aquí no lo vemos así.” Pero la tradición india contiene desde sus primeros tiempos defensas muy sólidas de la libertad de expresión. Cuando Deepa Mehta y yo trabajábamos en la película sobre Hijos de la medianoche, hablábamos a menudo de un texto querido por los dos, el Natia-shastra. En el Natia-shastra vemos que los dioses estaban un poco aburridos en el cielo y decidieron que necesitaban algo de entretenimiento. Y así se hizo una obra de teatro sobre la guerra entre Indra y los Asuras, que contaba cómo Idra usó sus poderosas armas para derrotar a los demonios. Cuando se representó para los dioses, los demonios se sintieron ofendidos por su retrato. Los demonios pensaron que la obra los insultaba como demonios. Su condición de demonios recibía una crítica indecorosa. Y atacaron a los actores, e Indra y Brahma acudieron en defensa de los actores. Los dioses se colocaron en las cuatro esquinas del escenario, e Indra declaró que el escenario sería un espacio en el que todo podría decirse y en el que nada podría prohibirse.

Así que en uno de los más antiguos textos de la India encontramos una de las defensas de la libertad de expresión más explícitas y radicales que podamos hallar en el mundo. No es una cosa extraña a la India. Es nuestra cultura, nuestra historia y nuestra tradición lo que corremos peligro de olvidar, y haríamos bien en recordarlo.

Esta semana he leído un artículo en The Hindu que nos recuerda que S. Radhakrishnan hablaba de los muchos textos tempranos del hinduismo que no contienen la idea de la existencia de Dios; contemporáneos de Buda, también citados en el artículo, dirían que no hay otro mundo que este y negarían la idea de una esfera divina. Así que, de nuevo, en las partes más antiguas de la cultura india, hay una tradición atea donde las ideas de blasfemia y herejía no tienen sentido, porque no hay divinidad sobre la que blasfemar o hacia la que mostrarse herético. Esta es nuestra cultura. No es una cultura importada. No es algo extraño a la tradición india. Es la tradición india, y quienes dicen que no lo es son los que están deformando esa tradición.

Esos antiguos sabios pensaban, y yo también, que Dios es una idea que los hombres inventaron para explicar las cosas que no entendían. O para atrapar un conocimiento que querían capturar. Los dioses son ficciones. Así que, cuando los dioses o sus seguidores atacan la literatura, es como si los fans de una obra de ficción decidieran atacar otra. Es como si los seguidores revolucionarios de Arundhati Roy fueran a tomar las armas contra los anticuados encantos de Nirad Chaudhuri y lo declarasen... indecoroso. Las ficciones no deberían ir a la guerra. En las estanterías hay sitio para todas.

Recuerdo que viví en una India en la que la generación de mis padres conocía tremendamente bien la cultura del islam, el hinduismo y otras religiones, pero se sentaban por la noche y contaban chistes, satirizaban, se burlaban y refutaban algunos aspectos de la religión, y no existía la sensación de que se estuviera haciendo algo escandaloso o malvado. Era una conversación normal, cotidiana.

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Comentarios (1)

Mostrando 1 comentarios.

Cuanta razón tiene Salman Rushdie en eso de: "Conservar una de las cosas que nos hacen humanos: la libertad de palabra"

Cuanto le acomoda está columna a un país en donde los periodistas tiene que hacer su trabajo arriesgando la vida en todo momento.

Tristemente catalogan a México como el peor país latino para ejercer el periodismo.

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