En la noche de año nuevo

Diciembre 2012 | Tags:

Todo individuo tiene dos cumpleaños: dos días, por lo menos, de cada año, que lo hacen meditar sobre el paso del tiempo y el modo en que afecta nuestra existencia mortal. El primero es al que de manera personal le decimos mío. Aunque con el desgaste gradual de las viejas costumbres está a punto de desaparecer el hábito de festejar nuestro cumpleaños, dejándoselo nada más a los niños, para quienes el paso del tiempo no refleja absolutamente nada, ni hace que entiendan otra cosa fuera del pastel y los regalos. Pero el inicio de un año nuevo es de tan vastas implicaciones que no pueden sustraerse de él ni el rey ni el mendigo. No hay quien vea con indiferencia el primero de enero. A partir de ese día todos miden su tiempo y cuentan el que les queda. Es el natalicio del Adán que llevamos dentro.

De todos los sonidos de todas las campanas (la música de las campanas es la más cercana al umbral del cielo) el más solemne y conmovedor es el repique que despide al año viejo. Nunca lo oigo sin que en mi mente se concentren todas las imágenes difusas de los últimos doce meses; todo lo que he hecho o sufrido, realizado o abandonado en ese tiempo que se ha ido para siempre. Empiezo a darle su valor, como cuando muere un individuo, y adquiere un matriz personal. No se trataba de un mero vuelo poético cuando algún contemporáneo exclamó: “Alcancé a ver las faldas del año que partía.”

Es algo de lo que todos parecemos estar conscientes, lo que, en triste sobriedad, significa una terrible despedida. Estoy seguro de lo que sentí, y que todos lo sintieron conmigo anoche; aunque algunos de mis compañeros prefirieran manifestar su regocijo por el nacimiento del año nuevo, en vez de su sentido pésame por el deceso del predecesor. Mas yo no soy de los que “da la bienvenida al que llega, apresurado al que se va”.

Yo soy, por naturaleza, de los que de antemano le temen a las novedades; a los libros nuevos, a las caras nuevas, a los años nuevos, a causa de algún defecto mental que me hace difícil enfrentar el porvenir. Casi no abrigo esperanza alguna y me alegran solo las vivencias de años anteriores. Me sumerjo en las visiones y conclusiones de antaño y me encuentro con mis decepciones pasadas. Tengo una armadura que me protege de viejas desilusiones y perdono, o venzo en mi fantasía a mis viejos adversarios. Apuesto una y otra vez por gusto, como dicen los tahúres, en cada uno de los juegos, por los que ya alguna vez pagué muy caro. Difícilmente renegaría hoy de cualquiera de esos infortunados accidentes o sucesos de mi vida, ni tampoco los alteraría, como no lo hago con los incidentes de una novela bien lograda. Prefiero haber padecido durante aquellos preciosos siete años de mi vida, cuando me rendí a la rubia cabellera y los ojos claros de Alice W____n, antes de que se perdieran para siempre esas tan apasionadas aventuras amorosas. Mejor que nuestra familia se quedara sin la herencia que no estafó el viejo Dorrell, a tener hoy doscientas libras in banco y no haber conocido a ese pájaro de cuenta.

En un grado inferior de la condición humana, mi debilidad es volver la mirada a esos primeros días. ¿Planteo una paradoja cuando digo que, obviando el devenir de cuarenta años, un hombre tiene licencia para amarse a sí mismo sin que se le reproche amor propio?

Si en algo me conozco a mí mismo, nadie con una mente introspectiva (y conste que la mía lo es y hasta el punto del dolor) puede tenerle menos respeto a su identidad actual que el que le tengo yo a la de Elia[1] como hombre. Sé que es frívolo y vano, caprichoso; un conocido _____;[2] adicto a _____; adverso a los consejos, que ni da ni pide; es___, además de bufón tartamudo; lo que sea; sigan aumentándole, sin escatimar nada: todo lo suscribo, y mucho más de lo que están ustedes dispuestos a atribuirle; ah, pero en cuanto al niño Elia, ese “otro yo”, allá en el fondo, debo pedir permiso para evocar los dulces recuerdos de ese joven maestro –con muy poco respeto, lo juro, por este impostor de cuarenta y cinco años, como si yo de niño hubiera sido hijo de otra familia y no de mis padres–. Lloraría hoy por la paciencia con la que sufrió su viruela a los cinco años, y por los horrendos medicamentos que le recetaron. Reclinaría su pobre cabecita febril sobre la almohada de enfermo hospitalizado, que despertaría sorprendido por la ternura maternal que lo cuidaba y que, sin ser vista, veló sus sueños en suave posición. Sé cómo aborreció hasta el mínimo viso de falsedad. ¡Dios te bendiga, Elia, cómo cambiaste! Ya te convertiste en un hombre fino. Sé cuán honesto, cuán valeroso (para un debilucho como tú) fuiste, ¡cuán religioso, imaginativo, cuán lleno de esperanza! No sé hasta dónde podré saber si en verdad ese niño al que recuerdo fui yo y no un guardián hipócrita, con identidad falsa, que guiaba el camino de mis pasos inexpertos y le daba el tono a mi conciencia moral.

Quizá mi fascinación por complacer, sin esperar respuesta, en aquel entonces, era un síntoma de cierta idiosincrasia enfermiza. ¿O tal vez algo peor: simplemente que por no tener ni esposa ni familia no he aprendido a proyectar lo suficiente de mi interior hacia afuera y, por no tener descendientes a quienes darle alegría, me refugio en la memoria y adopto la idea del niño que fui como heredero y predilecto? Si estas especulaciones te parecen fantasiosas, lector (acaso seas un hombre ocupado), y quedo fuera del alcance de tu comprensión solo como un vanidoso, me retiro, insensible al ridículo, tras la máscara del fantasma de Elia.

Mis mayores, con los que me eduqué, eran de un temperamento que no permitía soslayar el apego sagrado a las viejas costumbres; y las campanadas que anunciaban el fin del año viejo formaban parte de una ceremonia especial. En aquellos días el doblar de esas campanadas de medianoche, que parecía despertar hilaridad en todos los que me rodeaban, nunca dejó de evocar en mi mente un caudal de melancólicas imágenes. Entonces no concebía, sin embargo, el significado de ese momento ni pensaba que fuera realmente de mi incumbencia. La infancia y también la juventud hasta los treinta años transcurren sin que nadie tenga el sentimiento de ser mortal. El joven conoce la fragilidad de la vida, incluso, si fuera necesario, podría sostener una homilía sobre ella; pero no la tiene presente en su conciencia, así como tampoco en un cálido día de junio forman parte de nuestra imaginación los días helados de diciembre. Pero hoy, ¿osaré confesar una verdad?: me pesa enormemente este ajuste de cuentas.

Empiezo a contar mis posibilidades de vida como los centavos de un miserable y a quejarme de lo efímero de cada momento y de que los lapsos duren cada vez menos. En la medida en que los años disminuyen y se acortan, me concentro más en contar los momentos en que con el poder de un solo dedo detendría gustoso la rueda de la fortuna. No me contento con desaparecer “de un plumazo”. Esas metáforas no me dan solaz, ni endulzan el trago amargo de saber que somos mortales. No me interesa viajar con la suave corriente que arrastra la vida humana hacia la eternidad; me niego a seguir el inevitable curso del destino. Amo lo verde de esta tierra verde, el rostro del campo y la ciudad, la indescriptible soledad rural y la dulce seguridad de las calles. Aquí levantaría mi tabernáculo. Me conformo con quedarme en la edad que tengo, junto con mis amigos; no quiero ser ni más joven ni más rico ni más atractivo. No quiero que los años me acaben; ni, como se dice, caer cual fruto maduro a la tumba. Cualquier alteración a esta tierra que piso, ya sea de comida o de casa, me confunde y me perturba. Mis dioses domésticos han sentado sus mientes y lo he pagado con sangre. Ya no están dispuestos a buscar las cosas de Lavinia. Me estremezco ante cualquier otra forma de existencia.

Ver artículo completo ›
Comentar ›

Comentarios (0)

Enviar un comentario nuevo

Comentar

Si ya eres usuario registrado o crea tu cuenta ahora
To prevent automated spam submissions leave this field empty.
Términos y condiciones de participación