Equinoccio (aforismos seleccionados)

 

¡Ay, cómo se aman los hombres! Por las calles se les ve todavía juntos. Se les ve muy seriecitos y tiernos, codo con codo, dentro de los tranvías amarillos.

¡Y cómo creen! Creen en el protoplasma, en el paraguas, en la Extremaunción. Van leyendo el periódico.

No hay tal silencio, fijaos bien. Es un constante rumor de astros, de aguas, de respiraciones heladas, de alas de pájaros.

¡Qué quietud la del mar embravecido, la del cielo tormentoso, la del fuego en el bosque, comparadas con la loca, desenfrenada, frenética aceleración de este nacer y morir de hombres!

Pero vendrá un día la santa, bendita, prodigiosa revolución de las estatuas. ¡Y ay de aquel que para entonces no se haya petrificado!

Y vendrá la inmensa, la descomunal, la infinita revolución de los muertos. Tan populares, tan resentidos, tan numerosos, bajando en largas hileras por las montañas...

Más que una flor, más que la noche, más que la lluvia, más aún que la Muerte, es mucho más bella, más silenciosa, más enigmática una llave perdida.

El pez vela, ensartando bañistas de la mejor posición social.

Existen dos cosas semejantes, cabalísticas, misteriosas, a las que son muy dados los hombres: los guajolotes y las coronas de muerto.

Hay en mí constantemente una curiosidad incurable por aquella Tierra silenciosa, nocturna, llena de pisadas celestes; aquella Tierra sin hombres, color violeta, de hace setecientos billones de años.

No puede ser de otro modo. Lo único que me inspira cierto respeto en el hombre es esa ilusión suya tan infantil de construir y construir casas.

Y lo que más me entristece de todo es el ingenio. El ingenio y aquella señorita con pecas, muy bien educada, que toca el piano por las tardes detrás de los visillos.

Sentir miedo –llenarse de humo por dentro.

¿Y qué tendrá de importante, digno de verse, el pañuelo?

De aquel estupendo caos de tinieblas, volcanes en erupción, ríos fuera de madre y enormes plantas venenosas trepando sin orden ni concierto resta únicamente esto: mil quinientos naturalistas ingiriendo sus hierbitas ante los manteles blancos...

Ser cruel –ser algo, tener lo menos posible que ver con una tienda de antigüedades.

La obra maestra: el hombre. Pero con sífilis y todo.

Poseer –he aquí un concepto equívoco.

Cuando debiera emplearse únicamente en este caso: Poseer, poseer un pozo en la tierra. Un pozo hondo, húmedo, como para plantar un eucalipto; un pozo negro, inmaculado, como para albergar a una luciérnaga; un pozo sin aire, como para ahogar cualquier grito; un pozo siempre de la misma forma, como para enterrar a cualquier hombre.

Las funerarias grises, con letras negras, cortinas negras, con flores blancas.

–¿Cuál de aquellos cajones te gusta?

Y el de la funeraria, el más funerario de las funerarias:

–Colegas: ya nadie se muere.

¿Qué ocurriría, di, qué sería necesario que sucediera para provocar la quiebra universal de las funerarias?

Y el buen ciudadano, honrado, temeroso de que sus huesos puedan perderse.

Existe un abismo espantoso, imperdonable, del que habremos de dar cuenta, entre aquel hombre que orinaba al sol en la llanura y este otro con pantalones de cremallera.

Nadie debe poner en duda que todos aquellos que vemos transitar tan apresuradamente por las calles van a algo. Pongamos, sí o no, que consigan sus propósitos; que vuelvan o no mañana, otro día. Está bien, pero ¿y después? ¿Y siempre? ¿Y el año que viene?

El pornográfico espectáculo de una persona que nunca ríe a tiempo.

Y los nervios, tendidos como otros tantos clítoris a lo largo de nuestro cuerpo y dependientes no del encéfalo, sino de un filamento tenso y quebradizo que va desde el útero de nuestra madre hasta lo más profundo de un pozo.

¡Oh, volverse de bronce y que lo sienten a uno en un parque a ver jugar a los niños!

En la alta, petulante, inservible postura del ciprés se adivinan sus trágicas raíces; sus manos sádicas y callosas, corrompiendo con deleite las castas y suplicantes manos de todos los muertos.

Y cómo apartamos la vista cuando pasa el entierro; cómo pensamos muy dentro de nosotros mismos: “Que se salve, Dios mío. ¡Líbranos, Dios!” –cuando deberíamos correr a galope tras la carroza lanzando piedras y gritando:

–¡Que muera el muerto! ¡Que muera el muerto!

Para probar la existencia del libre albedrío un hombre se sienta y se levanta de un sillón tantas veces como ha prometido. ¡Y su mujer y sus hijos aplauden!

Y la cómica, oscura, nauseabunda costumbre de inculcar en los espíritus primitivos la idea de un Dios con túnica azul y barbas de seis meses.

¡Espantosa y deplorable imagen de un anciano volando por los aires como cualquier golondrina!...

Un Dios afanoso, volátil, tenedor de libros de un sinfín de cuentas corrientes; un Dios juez, díscolo, neurasténico, que observa sin parpadear a los reos por encima de sus anteojos de amatista; un Dios de vecindad, dicharachero, buscador de pleitos; un Dios infatigable, presuroso, puntual, que va a los toros, al ballet y a los partos; un Dios ventrílocuo, cuya voz se deja oír en circunstancias de lo más insospechadas; un Dios cowboy, disparando desde su cuaco a diestra y siniestra; un Dios avaro, heredero impaciente, que tasa y esculca; un Dios versátil, frívolo, que provoca los sucesos políticos, las auroras boreales y el baile de San Vito por distraer sus ratos de ocio; un Dios, en fin, de los mil demonios, imposible, decrépito, envanecido de su curul y de sus barbas.

El implacable y contundente misterio de una persona cualquiera al encerrarse en un retrete.

Sin embargo, como están las cosas, el hombre no entra en posesión de la tierra hasta que se ha muerto.

En cambio, ahí tenéis las almas en pena, sudorosas y exhaustas, como bailarinas aladas con su lujuria y sus mallas.

Los niños –desaprensivos, imperiosos, ególatras, ágiles, sencillos, apetentes, ajenos, brutalmente justos, plácidamente risueños, en la claridad inefable y ruda de su mundo físico.

El tirano no hace esclavos. Los esclavos se crean por sí mismos y en muy grandes manojos al igual que los plátanos, las hemorroides y los corales alrededor de las tibias islas.

–¡Oh, di Mozart, di Mozart! Así nadie que esté a tu lado podrá confundirte con un caballo.

¡Gran abono el hombre, realmente!

El bienestar espiritual –que sin excepción se refiere al cuerpo.

Emocionarse –tragarse un pájaro.

Los políticos viejos, con sus doscientos mil años cumplidos.

Aunque sí se trata en este caso de un éxtasis prohibido arrellanarse a la vera del muerto y, con la mano sobre el corazón, contar una a una, sin prisa, sus palpitaciones.

Pero ocurre –¡ignoro por qué designios!– que al levantarnos de un sillón conservamos durante un buen rato la impresión fantasmal de que el sillón se ha levantado con nosotros.

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