Quizá por nacer del esfuerzo conjugado de la razón y la sinrazón, del intelecto y la intuición, del libre vuelo de la fantasía y de los oscuros designios del inconsciente, tienen los productos del arte y de la literatura esa perennidad que les permite sortear airosamente los siglos y las barreras de la geografía y de las lenguas, conservando una frescura y un poder que el tiempo, en vez de ajar, aumenta. Las peripecias de los dioses y los hombres de la Hélade, que un poeta ciego cantó hace tres mil años, nos deslumbran todavía y, como a esos remotos antepasados de nuestra cultura que las oyeron por primera vez en boca de los rapsodas, también a nosotros nos hacen vivir vicariamente esas ceremonias de la pasión y la aventura que, por lo visto, codicia con avidez el corazón humano de todas las civilizaciones y todos los tiempos. El fuego que encendió Shakespeare, recreando, en sus tragedias y comedias, el universo isabelino, desde la plebeya chismografía callejera con su abanico de tipos pintorescos y su rica vulgaridad hasta las refinadas astucias de la lucha por el poder de los príncipes y guerreros o las delicadezas y tormentos del amor y la fiesta del deseo, arde cada vez que aquellas historias se materializan en un escenario, abrasándonos, por encima de la cronología y la distancia, en su hechizo verbal. Fantaseando sobre los seres de carne y hueso de su tiempo y sobre los demonios que los azuzaban, Shakespeare trazó unas imágenes en las que los hombres de cada época encuentran, inmutables y cambiantes, sus propias caras.
El milagro no hubiera sido posible si el viejo aeda de los comienzos de la civilización griega y el dramaturgo inglés no hubieran contado, además de su prodigioso dominio del lenguaje y de su imaginación incandescente, con la posibilidad –a la hora de enfrentarse al papiro o al papel– de abrir las puertas a sus fantasmas privados, de dejarlos moverse a su antojo y de someterse a sus dictados. Las civilizaciones a las que ambos pertenecieron eran represoras y abusivas. Se sostenían gracias a la discriminación, la desigualdad y la injusticia. Pero en el campo específico en el que ellos operaban –el de la creación artística– lo que, empleando un concepto moderno, llamaríamos la “permisibilidad” era prácticamente absoluto. Para los griegos el poeta era un vocero de los dioses, un intermediario del más allá, alguien en quien los valores artísticos y religiosos se confundían de manera indisoluble. ¿Cómo hubiera puesto trabas al trabajo de un hombre cuya función era de sacerdote y adivino al mismo tiempo que de ilusionista, una cultura que, a diferencia de la nuestra, no sabía disociar la literatura y el arte de la moral y la religión, el espíritu del cuerpo? A esa libertad ilimitada de que gozaban el poeta, el artista, el pensador –los puentes a través de los cuales se comunicaban los hombres y los dioses, el mundo y el trasmundo– debe la cultura griega su desarrollo, ese encaminamiento que le permitió alcanzar en el campo de las ideas, de las artes, de las letras, una prodigiosa riqueza de invención y de conocimientos, y fijar unos patrones de belleza y de pensamiento que cambiaron la historia del mundo, imprimiéndole una racionalidad de la que se derivaría todo el progreso técnico y científico de Occidente y, también, la humanización gradual de la sociedad. Se ha dicho que la historia de Grecia es la del triunfo de la razón contra los condicionamientos irracionales característicos de las civilizaciones precristianas. Sin duda. Pero ese despertar victorioso de la razón sobre la cota de malla de las supersticiones y el tabú que precipitaría el desarrollo imparable de Occidente no hubiera sido posible sin aquella disponibilidad para pensar y para crear que la cultura helénica permitió a sus filósofos y a sus artistas. El triunfo de la razón fue, antes, el de la libertad. Acaso por primera vez en el curso de la historia humana el poeta no fue el hombre encargado de poner ritmo y música a lo existente –las leyendas y los mitos colectivos, la religión entronizada– y de ilustrar en fábulas la moral establecida, sino un individuo soberano, librado a sus propias fuerzas, autorizado a explorar lo desconocido –mediante la imaginación, la introspección, el deseo y la razón– y a dar la carta de ciudadanía a los fantasmas de su espíritu. ~