7 de octubre: el cuerpo como campo de batalla

El 7 de octubre de 2023, Hamás empleó la violencia de género como parte de su estrategia de terror. Un informe recién publicado da un recuento pormenorizado de esa vorágine de crueldad y muerte.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

En la madrugada del 7 de octubre de 2023, miles de milicianos de Hamás y civiles armados irrumpieron a través de 119 brechas abiertas en la valla fronteriza de Gaza, desplegándose en una ofensiva múltiple que duró más de 15 horas sobre un frente de 50 kilómetros. Atacaron simultáneamente más de 20 comunidades civiles, varias bases militares y el festival de música Nova, matando y mutilando sin pausa.

Un informe de más de 300 páginas titulado Silenced no more, elaborado por la Comisión Civil sobre los Crímenes del 7 de Octubre de Hamás contra Mujeres y Niños, ofrece el relato más pormenorizado hasta el momento de lo que ocurrió aquel día. Esta organización independiente financiada por fundaciones, y donantes privados, además de la Embajada de Alemania en Israel, empleó dos años en analizar más de 10 mil fotografías, mil 800 horas de material visual y más de 430 testimonios directos de sobrevivientes, rehenes liberados y personal forense.

Lo que revela es un descenso a los infiernos: Hamás no cometió actos aislados bajo el fragor del combate, sino que “la violencia sexual y de género fue sistemática, generalizada y parte integral de la estrategia del ataque”, una orgía de crueldad meticulosamente diseñada para convertir la tortura sexual en un arma de terror para quienes descubrieran los cuerpos.

Según los relatos, a las mujeres jóvenes les dispararon en los ojos, en la cara y en los pechos, e incluso apuntaron a sus partes más íntimas, para desfigurarlas y privar a sus seres queridos de una última despedida. Varios testimonios enfatizan esto: mutilar los rostros de estas mujeres era un objetivo en los asesinatos; borrar su belleza y quitarles su identidad.

Pero los perpetradores no solo mancillaron a las víctimas: escenificaron con sus restos cuadros de una perversión calculada para causar el mayor impacto en quienes los encontraran. “El propósito era la humillación. No la victoria. Al final, cuando matas, matas… pero cuando empiezas a hacer otras cosas a la persona, especialmente después de que ya está muerta… esto es otra cosa”, explica Eran Masas, uno de los primeros respondientes en el lugar.

El peso de la evidencia presentada en el informe provoca la náusea y traza una geografía del horror en la que los patrones se repiten. En el festival de música Nova, en los kibutzim y a lo largo de la ruta 232, mujeres fueron violadas, a menudo en grupo, y posteriormente asesinadas de un tiro en la cabeza o en los genitales mientras los violadores aún estaban sobre ellas.

Testigos presenciales describieron a atacantes mutilando a sus víctimas con hachas, palas y cuchillos. Los cadáveres fueron objeto de una profanación calculada: a varias mujeres se les insertaron objetos como clavos, latas y herramientas en la vagina, un patrón que en los juicios de guerra de Sierra Leona fue tipificado como “ultrajes contra la dignidad personal”.

El informe detalla que los cuerpos de las mujeres llegaron a la morgue de Shura con “los pómulos rotos, las pelvis destrozadas como si hubieran sufrido una fuerza inmensa”, y muchos de ellos con “quemaduras precisas en la zona genital causadas por acelerantes”. La tortura sexual se infligió delante de familiares, a menudo, esposos forzados a presenciar la violación de su mujer antes de ser ejecutados, una táctica que la comisión, con la asesoría del exministro de justicia canadiense Irwin Cotler, ha conceptualizado como kinocidio; es decir, la explotación de los vínculos fundamentales entre sus miembros para infligir y agravar el daño y el sufrimiento.

Entre las víctimas estuvo la niña Naama Abu Rashed, la víctima más joven del ataque, quien nació por cesárea, pero vivió apenas 14 horas a consecuencia del disparo que recibió en el vientre de su madre cuando esta iba camino al hospital a dar a luz.

Un hallazgo estremecedor del documento es el de las grabaciones. Lejos de ocultar sus actos, los terroristas portaban cámaras GoPro montadas en las culatas de sus fusiles y transmitían en directo las violaciones por Facebook Live y Telegram. Muchas familias descubrieron la suerte de sus seres queridos porque los asesinos utilizaron las cuentas de las víctimas para emitir las atrocidades.

Esta digitalización del sadismo, que pretendía sembrar el pánico más allá de la frontera, se ha convertido en la prueba más sólida para una acusación penal, ya que los propios verdugos se encargaron de documentar su participación en un genocidio.

El horror continuó en los túneles de Gaza. El informe dedica más de sesenta páginas a documentar la violencia sexual durante el cautiverio. Adolescentes fueron manoseadas bajo la amenaza de quedarse como “esposas” de sus captores; una testigo describió a la Comisión haber recibido el cuerpo de una niña de unos 13 años que estaba desnuda, con signos de violencia en el estómago y las piernas rotas.

Y luego están las historias de los pequeños Kfir, de apenas nueve meses, y su hermano Ariel, quienes fueron secuestrados vivos y asesinados junto a su madre en algún momento indeterminado de una cautividad de más de 500 días sin que mediara ninguna ayuda humanitaria para ellos. En otro caso, los perpetradores se filmaron a sí mismos aparentemente alimentando y jugando con un bebé de cuatro meses, y su hermano de cuatro años, inmediatamente después de matar a su madre delante de ellos. Las imágenes fueron utilizadas con fines propagandísticos.

Todo ello tiene nombre jurídico. El informe de la Comisión Civil aporta la munición legal necesaria para que estos actos sean clasificados, bajo el Estatuto de Roma, como crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y actos constitutivos de genocidio, dada la explícita intención de Hamás de aniquilar, al menos en parte, al grupo nacional y religioso judío.

Se trata de una demanda de justicia universal que coloca a la comunidad internacional ante un espejo roto. Y es que buena parte de los que claman justicia por el sufrimiento de los civiles palestinos en Gaza, guardaron silencio durante semanas después del pogromo. La ONU tardó casi dos años en incluir a Hamás en su “lista negra” de grupos responsables de violencia sexual sistemática, mientras que en el conflicto de Ucrania lo hizo en apenas dos meses. Mientras que los líderes de Hamás ya enfrentan solicitudes de captura en la Corte Penal Internacional por actos de exterminio y violación, la equidistancia moral ha hecho que algunos lleguen a justificar lo sucedido como un acto de resistencia, cuando nada puede justificar la toma de rehenes o atacar a civiles.

Llegados a este punto, el eco de Ruanda en 1994 y de Srebrenica en 1995 resuena con una fuerza ensordecedora. En aquellas tierras empapadas de odio, la manipulación de las identidades étnicas –hutus contra tutsis, serbios contra bosnios– se utilizó para deshumanizar al vecino, convirtiendo a la mujer en un campo de batalla simbólico sobre el que se pretendía borrar la semilla del enemigo.

Como escribió Cochav Elkayam-Levy, presidenta de la Comisión Civil, “Bosnia, Ruanda y el genocidio yazidí nos enseñaron que la violencia sexual es un arma de terror”. En Israel, al igual que en Kigali o en Sarajevo, la ideología extremista mutiló el rostro de Dios para justificar lo injustificable, tergiversando las Escrituras –el Tanaj, la Biblia, el Corán– para bendecir la matanza.

Esto es una blasfemia en sí misma. Los preceptos del Corán prohíben explícitamente la violencia sexual durante la guerra, el asesinato de inocentes y la mutilación de cadáveres. Es por ello que la lascivia de estos criminales, su odio hacia las jóvenes a las que desfiguraron el rostro de un disparo, no es un acto de fe: es una perversión que haría vomitar a cualquier creyente sincero y que fue denunciada por la activista musulmana Anila Ali como “un asalto a la dignidad humana que mancha la conciencia del mundo”.

Lo que ocurrió aquel sábado fue, en esencia, la peor cara de nuestra especie. Una vorágine de crueldad y muerte que degrada por igual a quien la ejecuta y a quien la presencia. Pero el peor de los legados que podemos dejar como testigos de este tiempo es el de la equidistancia hipócrita o, peor aún, el de la absolución cobarde.

Porque no juzgar a estos criminales, no llamarlos por su nombre (violadores, asesinos, torturadores) en los tribunales y en los diarios, es preparar el terreno para que todo diálogo futuro estalle en mil pedazos. Silenciarlo sería también un crimen. ~


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: