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Los perros también son ciudad

En todas las grandes ciudades del mundo existen perros callejeros. La diferencia entre unas y otras se mide en la forma en que responden frente a ellos.
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Los perros callejeros no aparecieron por generación espontánea. No nacieron “de la nada”, ni eligieron vivir entre hambre, enfermedades, automóviles, miedo y violencia. Son el resultado visible de una larga cadena de abandono humano: compra irresponsable, reproducción descontrolada, indiferencia institucional, explotación comercial y una cultura que todavía considera a los animales objetos sustituibles.

México tiene millones de perros en situación de calle. Las cifras varían según las fuentes y los métodos de estimación, pero todas coinciden en algo esencial: el problema es inmenso y lleva décadas creciendo. No es una anomalía aislada. Es un fenómeno estructural que atraviesa ciudades, pueblos y periferias enteras.

Cada perro abandonado cuenta una historia profundamente humana. Algunos fueron cachorros comprados para entretener a un niño y luego desechados cuando crecieron. Otros fueron abandonados porque enfermaron, envejecieron o “dejaron de ser útiles”. Muchos nacieron ya condenados en las calles porque durante años las autoridades prefirieron administrar el problema mediáticamente antes que enfrentarlo con políticas sostenidas y serias.

Y, sin embargo, incluso después de todo eso, siguen acercándose a nosotros moviendo la cola. Eso debería conmovernos más de lo que solemos admitir.

Los perros han acompañado al ser humano durante miles de años. Han sido guardianes, auxiliares, pastores, rescatistas, lazarillos, protectores silenciosos y, muchas veces, simples compañeros de viaje en este mundo cada vez más acelerado y hostil. Tal vez por eso hay algo especialmente duro en verlos abandonados entre basura, tráfico y miedo, dependiendo de la compasión ocasional de desconocidos.

En todas las grandes ciudades del mundo existen perros callejeros. Pero la diferencia entre una sociedad y otra se mide en la forma en que responde frente a ellos. Hay ciudades que optan por la crueldad, la persecución o la invisibilización. Otras entienden que la presencia masiva de animales abandonados no es solamente un problema sanitario o administrativo: es también un síntoma moral y social.

Habla de irresponsabilidad colectiva. Habla de abandono institucional. Habla de prioridades deformadas. Habla de una cultura que muchas veces ha normalizado desechar lo vulnerable cuando deja de ser cómodo.

Sin embargo, también hay otra cara de México. Miles de personas rescatan animales todos los días sin apoyo gubernamental, sin presupuesto y, frecuentemente, sin reconocimiento alguno. Veterinarios que atienden gratuitamente. Vecinos que alimentan perros comunitarios. Jóvenes que organizan campañas de adopción. Refugios sostenidos casi enteramente por donaciones y trabajo voluntario.

No son fanáticos ni ingenuos sentimentales. Son personas que entienden algo muy básico: una sociedad más compasiva con los animales suele ser también más humana consigo misma. Preocuparse por los animales no significa ignorar los dramas humanos. No compite con ellos. No es “o personas o perros”.

Las sociedades capaces de desarrollar empatía hacia seres indefensos suelen ser también las que construyen mejores vínculos humanos, mejores espacios públicos y formas menos violentas de convivencia. La sensibilidad no es un recurso limitado que se agota al extenderse hacia otras formas de vida. Al contrario: se fortalece.

Por eso resulta tan preocupante cuando el sufrimiento animal se convierte en instrumento político, espectáculo mediático o herramienta dentro de disputas patrimoniales y de poder. Eso degrada toda causa legítima de protección animal y termina afectando también a las personas que, de buena fe, dedican su vida a ayudar.

Los refugios verdaderamente comprometidos no son perfectos. Difícilmente podrían serlo cuando enfrentan prácticamente solos una tragedia producida por toda la sociedad. Un refugio saturado refleja, antes que nada, el fracaso acumulado de políticas públicas insuficientes, de la ausencia de esterilización masiva, de la falta de regulación efectiva de criaderos y del abandono sistemático de responsabilidades colectivas.

Es fácil indignarse frente a imágenes de hacinamiento. Lo difícil es preguntarse: ¿quién abandonó a esos perros? ¿quién permitió durante años la reproducción indiscriminada? ¿quién lucró con criaderos? ¿quién compró animales como si fueran objetos desechables? ¿quién miró hacia otro lado?

La protección animal no puede reducirse a operativos espectaculares ni a campañas de propaganda. Requiere políticas públicas permanentes: esterilización masiva y gratuita; regulación estricta de criaderos; castigos reales al abandono y maltrato; programas serios de adopción; educación desde la infancia; apoyo transparente a refugios responsables; y protocolos genuinamente humanitarios.

Pero incluso eso no basta sin algo más elemental: la capacidad de reconocer vulnerabilidad en otro ser vivo. Un perro abandonado suele seguir confiando aun después del abandono. Sigue buscando una mirada, una voz amable, una mano. Hay algo profundamente revelador en esa persistencia. Tal vez porque nos recuerda una parte de nosotros mismos que no debería perderse en medio de tanta violencia, polarización y cansancio social.

Defender a los animales no es una frivolidad ni una causa ornamental para tiempos de abundancia moral. En sociedades heridas y tensas como la nuestra, preservar la compasión es también una forma de resistencia ética.

Los perros callejeros forman parte de nuestras ciudades porque son consecuencia de nuestras decisiones colectivas. Son el reflejo de nuestras omisiones, pero también una oportunidad para recordar que la civilización no se mide solamente por el crecimiento económico, la infraestructura o los discursos políticos. También se mide por la manera en que tratamos a quienes dependen enteramente de nuestra capacidad de cuidado. ~


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