Cuando la lluvia trae palabras (y veces se las lleva)

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Si yo hablara como los campesinos con los que crecí tendría que hablar de la lluvia, escribir sobre lo mucho que ha llovido últimamente en Barcelona. Si mi sustento dependiera de cosechas anuales se notaría en esto que escribo la alegría que trae la abundancia, la vida reverdecida. Pero en mi habitación llena de libros la naturaleza no está más que en un pobre ficus que a menudo olvido regar y Kali, la gata con nombre de diosa que a veces se posa, en asombroso equilibrio, sobre el respaldo del sillón en el que estoy sentada. Hablar del tiempo es casi un género en sí mismo para las mujeres de mi familia. No hay llamada de mi madre que no empiece con un minucioso parte meteorológico. Y eso que vive a sesenta kilómetros de aquí. Mejor eso que que se ponga a detallarme las desgracias de parientes remotos. También menciona el precio de la bombona de gas butano, dato este que la conecta con la geopolítica (sea donde sea, todas las guerras las pagamos nosotros, podría decir aunque no dijo). Sigue con accidentes y cánceres de personas que no conozco. Hasta que la corto para preguntarle: pero tú, ¿tú cómo estás? No hay nada más íntimo en este mundo que la conversación con una madre, remite al origen primero, a la raíz última de nuestra presencia en el mundo. Y cada madre tiene un idiolecto único cargado de palabras y expresiones propias. Esa historia. Solo que mi madre habla una lengua que es de verdad distinta, una cuya existencia desconocen la mayoría de las personas que nos rodean: amazig en su variante rifeña, guelayana para ser más exactos. En los últimos tiempos me doy cuenta de que al expresarme yo en este idioma materno no doy con la palabra que busco. Las frases se me llenan de baches y socavones léxicos. Pienso y vuelvo a pensar para que acudan a mí las palabras, pero no lo consigo. Hay un vacío, una oscuridad, mi boca se queda abierta esperando que de la garganta surjan los sonidos que no despierta la memoria consciente. Me angustia que el aire me atraviese sin obstáculo alguno, sin consonantes que lo interrumpan al ser articuladas. Me doy cuenta entonces de lo que me está pasando: estoy perdiendo una lengua, la lengua con la que fui criada. Y no hay nada que hacer porque la muerte del amazig en mí empezó hace décadas, cuando aprendí catalán y castellano y poco a poco estos idiomas fueron sustituyendo al primero. “Qué pena que no conserves tu lengua”, me dicen a menudo los multiculturalistas que creen que lo de emigrar es un paseo y me instan a sostener, yo sola, toda esa “riqueza” que dicen admirar.

La lluvia ablanda el asfalto, limpia el aire enrarecido de un mundo en guerra. Escucho la palabra “Irán” y regreso, como transportada en el tiempo y el espacio, a dos libros de Asar Nafisi: Leer Lolita en Teherán y Todo lo que he callado. Mis dientes reproducen un chasquido de nueces caramelizadas porque recuerdo que en los momentos de mayor represión del régimen, Nafisi iba a la cocina y masticaba nueces. La obligaban a cubrirse: nueces. Le quitaban las clases de literatura inglesa en la universidad: nueces. A lo mejor no era exactamente así pero como lectora me quedé con esa imagen: masticar la rabia y la impotencia cuando la revolución que debía traer luz y libertad trajo oscurantismo y mantos negros. Con la complicidad, claro está, de las muy democráticas potencias occidentales. Los ataques de Trump al país de los Ayatolás llegan justo cuando estoy leyendo testimonios de mujeres y hombres que luchan allí por sus derechos. Otra imagen se sobrepone a las nueces (caramelo amargo) y me persigue durante días: las grúas. Ya no puedo ver una grúa, ese enorme aparato que sirve para construir grandes edificios, ya no puedo verlas sin ver la muerte. Hasta ahora me ayudaban a evocar una canción de Solange: “Cranes in the sky”. En Irán los condenados por el régimen son ejecutados colgándolos de una grúa. Así es como los totalitarios me roban una canción, borran belleza.

Conocí hace poco a Gabriel Lara de la Casa, un apasionado profesor de literatura de los que cambian la vida a los alumnos. Sin docentes como él los escritores no tenemos futuro, ellos hacen nacer lectores en las aulas. Gabriel bien podría ser una Nafisi en el ensanche barcelonés, donde no hay censuras dictatoriales (todavía, aunque algún que otro intento hemos tenido) que prohíban libros pero sí unas condiciones de trabajo que ahogan con burocracias varias a quienes tienen la noble vocación de educar. En Occidente la literatura no muere porque los teócratas así lo decidan, aquí es la indiferencia de la mayoría lo que va relegándola a los márgenes. Se debatirá en los medios si hay que leer o no a Nabokov pero lo cierto es que ya nadie lee a Nabokov. Ni para llevar la contraria. Hay numerosos ejemplares de Lolita que languidecen en las estanterías no porque ninguna religión lo prohíba ni porque no podamos separar al autor de su obra. El deseo lector parece adormecido en esta ciudad donde ni siquiera los escritores hablamos ya de literatura (estamos más en polémicas superficiales y estériles, disculpen la brocha gorda). Con lo que ha costado tener acceso al saber y a los libros, con infinidad de librerías y bibliotecas públicas, resulta que muchos barceloneses, como muchos habitantes del mundo desarrollado, no leen nunca ni un solo libro. O eso dicen las estadísticas oficiales. Gabriel, en cambio, parece que se lo ha leído todo y conserva intacto el asombro genuino de quien acaba de descubrir el placer de la lectura. 

Me indigno ante esta nueva guerra que acaba de empezar (que no me sorprenda es un síntoma de algo) pero el día a día se impone, con su ajetreo y sus cosas pequeñas. Que no se queme el sofrito, deshojar alcachofas, bajar a por pan. De repente la veo, es un abismo: la distancia que separa la toma de conciencia respecto a una injusticia lejana y lo poco que impacta en la cotidianidad. Pienso en las iraníes, las afganas, en tantas mujeres que siguen soportando servidumbres arcaicas, en que el chador inventado por los mulás para proteger de la mirada masculina no soporta las bombas. Pero  tengo que hacer la comida, ir a la compra. 


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