El último disco de la historia: sobre ‘Canción de amor de un día’, de Javier Corcobado

Javier Corcobado ha conseguido –después de casi una década trabajando en el proyecto– publicar la obra final, el paso definitivo.
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Veinticuatro horas. El último disco de la historia. El disco que termina con todos los formatos, que fagocita la sociedad del siglo XXI. Javier Corcobado ha conseguido –después de casi una década trabajando en el proyecto– publicar la obra final, el paso definitivo. Más allá de lo cuantitativo está lo cualitativo. La aritmética de la música, 1440 minutos, 86400 segundos, 480 canciones de pop, aproximadamente 35 LPs se enfrentan a la realidad de 2026: el vinilo sobrevive por el poder adquisitivo de la clase media, en retroceso madurativo, que compra discos igual que adquiere figuras de colección o tebeos de superhéroes para completar los recuerdos de su infancia. Casetes y cedés se convierten en objetos cuya música nunca será escuchada porque el acceso a la misma es mucho más inmediato a través de medios digitales, de mixtapes generadas por algoritmos, listados que se mueven por estímulos digitales. No es caer en la queja, despotricar ni llevar la contraria. Es el avance, el tiempo. Es la versión iterada de los melenudos y sus EPs de cuatro temas, directamente al corazón de nuestras madres, son los larga duración, obras conceptuales que sustituyen/complementan a las novelas contraculturales y al cine de arte y ensayo.

En la polarización del continente podemos olvidar el contenido: el amor. El único tema que sostiene el día. El símbolo de la canción pop. Love. Love me do, Love me tender. Para llenar (no rellenar, por supuesto), las veinticuatro horas, se utilizan los instrumentales, improvisaciones, letanías recitadas, spoken word, pero también canción de autor electrificada, esa potencia narrativa y lírica: novelista y poeta. Sintetizadores y percusiones orgánicas, en la huida hacia delante del malditismo, la intoxicación, se deja llevar por el Cantábrico y el amor. Quizá en el comienzo estuvo Andrés Calamaro, con sus aventuras madrileñas en la calle Pez, que podrían alimentar una historia novelada de la creación paranoica que marcó el cambio de siglo, alimentada por las sustancias y los primeros estudios caseros. Calamaro, que graba una letra de Corcobado en “Honestidad brutal” (que contenía 37 canciones, pero que suponían una selección ácrata de más de cien) y que publicó El Salmón en cinco cedés, extendido durante los siguiente años por una inacabable sucesión de cientos de temas, demos, esbozos, subidos a la red y generando una obra-concepto que, a día de hoy, sigue sufriendo una transposición al Teorema de incompletitud de Gödel en lo matemático. Podríamos nombrar también a Julio de la Rosa, que participa en el proyecto y cuya última obra es un LP de una sola canción, “El apego” (2021), o el mismo Enrique Bunbury, sometido a su propia exigencia compositiva que le ha llevado a publicar seis larga duración en un lustro. El Aviador DRO y Amaral, Clovis y Vetusta Morla, Nacho Vegas y Bruno Galindo, solo seis parejas para un baile.

Javier Corcobado, autor fundamental y coordinador del proyecto. En España, uno de los referentes en cuanto al eclecticismo y la valentía estética: pionero del ruidismo en España con Mar otra vez, defensor de la canción popular, de Juanito Valderrama a Camilo Sesto –solo recordar su revisión de “Getsemaní (Oración del Huerto)” de Jesucristo Superstar acompañado por Manta Ray–, pero también trazando paralelismo con crooners oscuros del rock europeo como Gainsbourg y visionarios avanzados de la bossa nova o la canción de autor literaria. Leonard Cohen y, sobre todo, Nick Cave, con el que comparte la capacidad narrativa (no solo en lo musical, la obra literaria de Corcobado es la más completa y coherente en trayectoria y calidad respecto a cualquier otro cantante/compositor en España: El sudor de la pistola 13 (Ediciones Libertarias, 1995) o Cartas a una revista pornográfica viuda (Arrebato, 2009) y la novela El amor no está en el tiempo (Tropismos, 2005), por citar algunas, y la creación a su alrededor de una red de aliados que lo han acompañado en sus distintas encarnaciones en solitario, sus malas semillas particulares, con un toque autóctono: Los chatarreros de sangre y cielo (Javier Arnal, Nacho Laguna, Nacho Colís, Justo Bagüeste y Susana Cáncer), u otros como Javier Almendral, José Luis Moreno Ruiz o Javier Colís. Ellos fueron los encargados de desarrollar en España dos conceptos a los que la música patria no estaba habituada: la capacidad multiinstrumentista y la creatividad individual, de modo que compartían y mezclaban instrumentos, carreras en paralelo y proyectos musicales propios. Muchos de ellos aparecen en esta Canción de amor de un día, responsables de fragmentos de duración variable, cada uno con su sello personal, pero con esa idea de comunidad tejida a lo largo de décadas de intoxicación creativa.

En este análisis resulta fundamental el objeto: libro y USB. Y su recepción, sostenerlo entre tus manos: el libro acuchillado artesanalmente que protege un pincho de memoria. Entre los abundantes créditos se enumera, minuto a minuto, hora tras hora, el viaje, hermético, lírico y abstracto, como un puzzle que encaja atravesando lo individual para convertir lo colectivo en una obra unitaria alrededor del sello canónico de Javier Corcobado. Una manera común de entender la música y la poesía, puesto que, como en un diagrama de Venn de post-punk, pop, rock clásico y ruidismo, se superponen en capas de ambientes y palabras.

¿Es el final del camino? ¿El último continente musical? A partir de ahora, en un mundo de contenidos, de formas alícuotas, la apuesta por Canción de amor de un día excede la propuesta musical, la literaria, la de ópera rock, el experimento de El Salmón, los descartes de Dylan o Bruce Springsteen, la arqueología que recoge susurros contenidos en grabaciones caseras de The Beatles o las cajas recopilatorias de Grateful Dead, con sus conciertos por sextuplicado. No lo sé. Sí que sé, o adivino más bien, que es presente: el tiempo y el espacio, lo euclídeo, se ha superado en la música y, más pronto que tarde, lo hará en el resto de las expresiones artísticas, dejando al objeto o la producción creativa reducidas al coleccionismo. Quizá, solamente, al fetichismo.


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