El bucle neogótico: el lado egipcio y ojival de Europa

En ‘Un fraude monumental. Mil años góticos’, Félix de Azúa reúne artículos donde analiza el gótico, el neogótico y el neoneogótico.
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El último libro de Félix de Azúa, Un fraude monumental. Mil años góticos, “no es, ni lo pretende”, un “ensayo”. ¿Qué pretende ser entonces este libro? ¿Qué es, pues? Sí diría que se trata de un ensayo, aunque uno abierto; por otro lado, nos llega constituido por un ramillete de textos previamente publicados en The Objective, de varia índole… Sí podemos reducirlo a unas cuantas tesis. Es un ensayo sin presión argumental, pero con un hilo conductor. Es un texto que versa sobre las continuidades y las discontinuidades del gusto europeo. En este escritor hay una fascinación por el grandioso espectáculo de las eras de la cultura que nacen o que mueren o que, como en este caso, renacen y luego vuelven a morir, aunque más adelante…

Es preciso aclarar cuanto antes que el “fraude monumental” al que el título alude no quiere decir algo así como un “engaño mayúsculo” o, más bien, una “gran arquitectura del fake y del revival”. Hoy que vivimos un tiempo de fraudes monumentales, por masivos, nos sentimos inducidos a interpretar mal este volumen de Azúa, antes incluso de abrirlo y hojearlo. El libro trata sobre el gótico y sobre el neogótico y sobre el neoneogótico

Uno de los últimos capítulos, “2024: Notre-Dame en llamas”, versa sobre la restauración rigurosa del emblemático templo medieval de París: ¿respetamos los añadidos románticos de Viollet-le-Duc en pleno siglo XIX a la catedral o solo hemos de restaurar la Notre-Dame de los tiempos de san Alberto y santo Tomás? Las transmigraciones del gothic (término despectivo, un tanto terrorífico, que emplearon los hombres del siglo XVIII) conforman, por tanto, el asunto cardinal del libro. Tanta importancia tiene aquí el abad Suger, al mando de Saint-Denis, en el siglo XII, como Míster Pugin, autor de Westminster en el siglo XIX. Bóvedas de ojiva, vidrieras emplomadas, esculturas separadas del muro: Suger, Viollet-le-Duc, Pugin y Walt Disney. Es un libro sobre vastas épocas (los hitos del gótico se fueron acabando en el curso de numerosas generaciones), pero nuestro autor se interesa más aquí en las individualidades que fraguaron esta fantasía de la piedra y de la luz en cada una de ellas.   

Está el Azúa veneciano dieciochesco, el Azúa magdaleniense parietal, el Azúa del Prado, el Azúa de Baudelaire, el Azúa sinfónico (el del “arte del futuro”) y también está este otro Azúa que encontramos aquí paseando entre naves, tantas veces espantado, abrumado por las colas de turistas, que le dificultan la contemplación. En fin, yo leo con gusto todo lo que sale de su pluma, también sus descripciones de excursiones en tren a Chartres, Saint-Denis, León o Notre-Dame (incluyendo el comentario sobre el viaje en tren). La verdad es que me habría gustado que me contara una visita suya al parque de Walt Disney a visitar su palacio neogótico. ¿Qué habría dicho Azúa de esos turistas de Eurodisney?

Aparte de su don para la expresión amena, está también la capacidad azuaniana de discriminación. Cada libro de Azúa sintetiza, escancia, discrimina. Cita el autor: “por eso Wittgenstein decía que en las obras de arte de todo tipo lo único que se puede hacer es exclamar ‘ahí, ahí’, o bien ‘ahora, ahora’, y señalar con el dedo”. En medio de los laberintos de la erudición, también nos sienta bien, nos resulta sano, que un maestro señale sus preferencias y descarte, tajantemente, todo lo demás. Por estas cosas leo con gusto lo que va saliendo de Azúa, aunque no frecuente yo (lo admito) las páginas de historiadores en torno a bóvedas de ojiva, vidrieras emplomadas o esculturas separadas del muro. Él dice: “ahí, ahora, ahí, ahora”. Lo dice tres o cuatro veces este exigente esteta. Habrá que tomar nota. 

Cuando me encuentro con Azúa en vivo suelo ver, al mismo tiempo, a Jon Juaristi: los dos sentados a la misma mesa. En mi imaginación, suelen ir juntos estos escritores, como los dioscuros. Sus técnicas son, me parece, contrarias y complementarias. Mientras Jon actúa bajo la égida de don Miguel de Unamuno y de Dionisos, es decir, es desbordante, Félix examina y cogita en la estela apolínea de Ortega, y es por tanto económico y discriminador: hay que leer esto, esto y esto, ¡y se acabó! Yo creo que los libros de ambos (el reciente Ramón Menéndez Pidal. El último liberal unitario y este Un fraude monumental) reflejan estas dos sustanciosas disposiciones. 

Volvamos a nuestro libro: así que el gótico es una elipse en la historia y a veces perdemos de vista su rastro. Aparece esa estética posrománica, altomedieval, como inspirada por Dioniso Areopagita (un metafísico de la luz en torno al cual, por cierto, todo es fake –por eso hoy lo llamamos pseudo-Dioniso–), y fenece tras sucesivas oleadas en el Renacimiento avanzado… pero vuelve a renacer en el siglo XIX, aunque… a continuación “perdió el alma” (92). Luego, la obra de Disney (animado por el goticismo del rey Ludwig de Baviera, pero también por los Grimm) constituye la prueba de la vitalidad del estilo en el siglo XX. La película Frozen (basada en Hans Christian Andersen, en la que tenemos un erizado palacio neogótico también) continúa dicha manía artístico-arquitectónica en nuestro siglo (desde luego, mis hijas adoran sus hallazgos). En fin, nos informa Azúa, los orígenes de todo esto no están en el Oriente sarraceno ni en la España musulmana, como algún doctoral pensador ha creído, sino en el corazón de Francia. 

Aunque he mencionado a Ortega, realmente el pensador tutelar de estas páginas parece ser Hegel. La obra de este observa numerosos “fines del arte”, no solo uno (¿no son sus Lecciones de estética un gran ramal de extinciones poéticas desde Babilonia y China hasta 1820?). El gothic, eso sí, parece ser un arte (filosófico, literario, luminoso, vertical, ojival y profundamente popular) que se resigna a morir en el eón de los últimos mil años. 

Los apartados iniciales “Prefacio”, “Primeros pasos” y “Los orígenes” dan buena cuenta de por qué algunos seguimos los escritos del autor como (la analogía es suya, en torno a la obra in progress de Ferlosio) algunos animales marinos siguen la estela de los barcos Barcelona-Mallorca. Ahí recuerda el tópico (algunos tópicos son perfectamente justos) de que el gótico es, representa o simboliza el bosque germánico y que nació para acoger al pueblo cristiano, tanto a reyes como a vasallos, artesanos y burgueses y princesas. El gótico inspira no solo a los arquitectos de templos sublimes, sino nuevas ideas sobre la casa (el palacete) renacentista confortable: es decir, hay también un gótico privado. La lección de este estilo monumental sobre los espacios parece variada y profunda. Solo esos primeros apartados de Azúa apuntan numerosos asuntos a cada cual más interesante. Junto con la capacidad de discriminar lo bueno de lo malo, este despotricador del turismo moderno posee el don de lo interesante. Es bien difícil describir esta capacidad. 

En la página 24 y en la 112 propone el autor una analogía cautivadora. Dice Azúa que el gótico es “nuestro Egipto secreto”. Los mundos clásico y neoclásico y neoneoclásico proponen un cierto orden gélido en el curso de la historia. En torno a los hallazgos del estilo clásico está siempre la contrafuerza. Las pirámides del antiguo Egipto y las catedrales de la Francia de las cruzadas son los monstruos de la imaginación (¿los llamaremos simbólicos o sublimes?) que desafían el culto al orden de geómetra y al dios en sombra de Atenas y de Roma. 

Ciertamente, los bucles brillantes del clasicismo y neoclasicismo y neoneoclasicismo componen la otra historia de Europa. Pero esta indagación sobre el fake trabaja bien alejada de los Calícrates, Vitruvios, Palladios o Inigo Jones: Azúa pasea por el otro lado, el lado egipcio de Europa. 

En su reciente visita a Notre-Dame tras el incendio advierte el visitante de este librito la sustitución de un dios por otro. Absorbidos en su actividad cual orantes de los siglos XII y XIII, los nuevos pobladores del templo de Francia teclean en sus móviles y disparan fotografías. Todos conocemos esta compulsión en esta hora incierta del Homo sapiens sapiens: podemos preguntarnos si el muy difícil de matar estilo arquitectónico, estilo vegetal, sublime, luminoso y de fantasía, el gothic, sobrevivirá o no a este trastorno de la piedad de las gentes de la Tierra. ¿Adaptará el neoneoneogótico sus vertiginosas fastuosidades fake a una nueva metafísica de la tecnoluz artificial? ¿Se reinventará esta corriente de corrientes, esta disposición egipcio-cristiana y cristiano-mitraica, este impulso de bosque alto, en el advenimiento del Gran Dios Máquina, del Tecno-Baal que demanda de sus fieles la continua conexión? ¿Conoceremos otro revival más del gótico, esta forma de entender el espacio surgida en el lapso de la religión de la Cruz? ¿Un gótico poscristiano? Ya se verá. Por el momento, Azúa discrimina y señala “ahí”, “ahora”, “ahí”, “ahora”, y nosotros (que ya hubiéramos querido encontrar en estas páginas la visita a Disneyland Paris) tomamos nota.

Un fraude monumental. Mil años góticos

Félix de Azúa

Barcelona, Debate, 2026, 168 pp.


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