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La mancha que no cesa

Desde hace casi un mes, las costas de Veracruz se cubren de manchas de petróleo, luego de un derrame. El gobierno de México se juega su escasa credibilidad ecológica en atender este desastre ambiental.
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De noche, mar adentro, solo se ve el fogonazo rojo del petróleo
imprecando al cielo. Y desde entonces ya no acompaña a los
   pobres la riqueza.

José Luis Rivas, “En el ojo del huracán”

Desde hace poco menos de un mes, Veracruz vive un desastre ecológico mayúsculo cuyos daños, cada día que pasa, se vuelven más evidentes y más graves. Todo empezó unas tres semanas atrás cuando, cerca de la localidad de Pajapan, al sur de estado, se detectaron manchas de chapopote, derivado del petróleo crudo, en la playa y el mar, y que pronto se extendieron a la Laguna del Ostión. A quien creció en el Golfo de México, mar mártir de la industria petrolera desde el siglo pasado, me temo que no le resultará extraña esa viscosa sustancia, negra y espesa, que por su sola apariencia parece el símbolo de la contaminación marina, pues sus recuerdos de playa difícilmente estarán exentos de esa mancha.

Sin embargo, lo ocurrido recientemente parece de mayor magnitud que la habitual y periódica contaminación petrolera. En poco más de veinte días, la mancha se ha extendido a lo largo de todo el litoral veracruzano, más de 650 km, y lo que empezó en el extremo sur ha llegado ya al extremo norte, a Tuxpan y a Tamiahua, contaminando a su paso no solo las playas y el mar, sino ríos, lagunas, estuarios, manglares, arrecifes y otros ecosistemas. Previsiblemente, han comenzado a aparecer en las playas animales muertos: tortugas, peces, delfines. Acaso lo más dramático es que lo que alcanzamos a ver es solo una pequeña parte de la destrucción y mortandad que el derrame petrolero ha causado, pues la hecatombe que ocurre debajo del mar está oculta a la vista.

Un derrame de petróleo no es, por supuesto, un desastre natural: tiene responsables. ¿Quiénes son los responsables de este? La gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle (constructora, dicho sea de paso, de la muy cuestionada, ambiental y financieramente, refinería Dos Bocas, que recién tuvo un accidente en el que murieron cinco personas), con la precipitación y ligereza ya características, la atribuyó el día 12 de marzo a un “barco privado”, misterioso buque del que nada más se ha sabido, y se apresuró a exonerar al sospechoso habitual, Pemex. La presidenta, Claudia Sheinbaum, doctora en Ingeniería Ambiental (lo que no le impidió, en su momento, apoyar la construcción de Dos Bocas y el inefable Tren Maya), defendió también a la paraestatal y reiteró la hipótesis del barco, aunque también señaló que lo ocurrido en la refinería “pudo haber tenido alguna implicación en el derrame”. En concreto, a casi un mes de detectada, no se sabe cuál es el origen de la contaminación, si esta se ha detenido ya y quiénes son los responsables.

La catástrofe ecológica tiene, desde luego, consecuencias económicas y sociales directas en los habitantes de la costa veracruzana, pues las comunidades pesqueras has visto paralizadas sus actividades y dañados los ecosistemas que las hacen posibles. Parece indispensable que el gobierno las apoye económicamente, como se ha hecho en casos similares.

Los gobiernos de Veracruz y de México se juegan su escasa credibilidad ecológica (y no poca de la política, pues la ecología es política) en la satisfactoria resolución del caso del derrame de petróleo: en paliar los daños, ayudar a las comunidades afectadas y en identificar con claridad el origen y a los responsables, sin ocultar nada, y aplicar las sanciones correspondientes.

Después, solo queda esperar que el poeta citado por el poeta (Seferis por Rivas) tenga razón: “Y otra vez será el mar… / Y otra vez Afrodita surgirá de entre las olas”. ~


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