Aude Picault (1979), dibujante e historietista francesa, es diplomada en grafismo. Llegó al cómic de manera un poco azarosa: en sus cuadernos de bocetos se colaban escenas autobiográficas, un poco autoparódicas, que fueron el germen para un primer volumen, Rollos míos, que inició un cómic autobiográfico en marcha. Garbuix acaba de publicar Mis rollos de cuarentona (traducción de Montserrat Terrones) mismo personaje, distintas circunstancias; cambia un poco la mirada, es más madura y se mueve más hacia el humor. Aude Picault atiende a Letras Libres a través de videollamada.
Una de las cosas que más me gusta de su proyecto es la construcción de una especie de novela gráfica autobiográfica en marcha; me interesa la idea de en marcha, que supongo que le hace estar de una manera concreta como artista, más observadora, más atenta a lo que le rodea…
Envejezco, así que la mirada cambia, la mirada sobre las cosas cambia. Eso pone las cosas al día y sí, me parece que no tengo en absoluto la misma forma de trabajar que cuando tenía 20 años. Así que sigue siendo igual de interesante. Aunque tengo la impresión de hablar siempre un poco de lo mismo, lo hago de forma muy diferente.
Cuando hizo los primeros Rollos míos ¿pensaba en ello como un proyecto a seguir?
No, porque con el primerísimo Rollos míos no sabía que haría cómic. Eran extractos de mis cuadernos de bocetos, de observación. Y de vez en cuando, entre mis dibujos, ponía estas pequeñas escenas autobiográficas. Fueron mis amigos de la escuela de arte en la que estaba quienes leyeron esos cuadernos y me dijeron que esos dibujitos de humor autobiográfico estaban bien. Que debería hacer una compilación y trabajar este personajillo. Pero yo no le daba tanta importancia. Así que el primer Rollos míos fue realmente espontáneo y sin ambiciones particulares. Pero luego empezó a interesarme, sobre todo porque tenía un diploma de grafista pero no era muy buena. Y comprendí que, de hecho, la escritura era importante y que tenía que lograr ir en esa dirección aunque me diera miedo.
Y después, una vez que la serie empezó, ¿cómo hace para equilibrar lo espontáneo y la observación?
Siempre trabajo a partir de mis cuadernos. Tengo el sistema de escritura, el cuaderno siempre en mi bolso. Así que utilizo mucho la materia prima de la vida cotidiana: lo que veo, lo que oigo, lo que me cuentan, lo que vivo… es una mezcla de extractos de libros (ya sean novelas o sociología) o programas de radio donde mezclo muchas cosas. Por tanto, hay un lado muy concreto porque está ligado a mi primera experiencia de publicación, que fue ese primer Rollos míos que eran los cuadernos de mi bolso, de pequeñas cosas cotidianas que no parecían importantes, pero de las que al final hay mucho que decir.
En Mis rollos de cuarentona se aborda el cansancio producido por la crianza de los hijos, por el trabajo “alimenticio” y el trabajo doméstico. Hablar de la frustración es una manera de atenuarla, de aliviarla. Es como “estoy cansada, hago un chiste, estoy menos cansada”.
Sí, hace bien reírse de ello. Uno se siente menos solo. Pero hice el libro una vez que las cosas iban mejor porque cuando estás en el corazón de la tempestad no tienes… bueno, yo no tenía energía y no lograba hacer nada más que intentar atravesar la tempestad y aguantar. Elegir como título Mis rollos de cuarentona en resonancia con los primeros Rollos míos fue idea de mi editora Pauline, de Charivari, que vio un vínculo clarísimo entre los primeros y este trabajo, esta pequeña escena autobiográfica. Yo no me habría atrevido, pero ella tenía razón, está totalmente en línea. Y quise retomar este trabajo autobiográfico y cuando volví a abrir mis cuadernos solo había escenas de la vida cotidiana con ese agotamiento constante. Así que tomé lo que había. No intenté edulcorar, minimizar, mejorar o arreglar las cosas. Realmente tomé lo que había en mis cuadernos y era terrible.
¿Es Amalia la transición entre Rollos míos y el trabajo de ficción?
De hecho, los extractos de los cuadernos se extienden a lo largo de 4 o 5 años y fue el periodo durante el cual también trabajaba en Amalia. Así que hay resonancias.
En la serie Rollos… siempre mantiene el humor, especialmente, a expensas del personaje principal.
Sí, porque de por sí me parece que estoy muy deprimida. Bueno, hablo mucho de la depresión, de hecho, y sin el humor sería insoportable.
Hay un equilibrio cuando habla de la relación con los hijos, el niño, porque es tierno pero evita muy bien el sentimentalismo.
Es una forma de honestidad. No me gusta mucho cuando no se dice la verdad y, sobre todo en lo emocional, fingir… Fingir me supone un problema y creo que, además, fingir delante de los niños no está bien. Los niños son auténticos y necesitan tener adultos auténticos. Así que hay que aprender a aceptar las emociones y, cuando algo no va bien, poder decirlo y hablar de ello, eso le enseña al niño a aceptar las suyas y a ser mucho más autónomo, me parece. Mis escenas de agotamiento, pues yo no llego, no logro aguantar. Estoy tan agotada que no puedo. Así que si mi hijo no me ayuda… En la vida familiar estamos mezclados los unos con los otros de forma muy cruda, brutal incluso a veces. Está bien hablar de ello y no hacer creer que papá siempre es amable y que mamá siempre es amable; no hay que hacer creer eso, es peligroso en realidad. Porque cuando hay problemas de violencia o de imposibilidad o lo que sea, nos sentimos culpables. Mientras que si aceptamos el hecho de no lograrlo, eso lo normaliza, calma la situación, se encuentran soluciones, se habla de ello y eso permite, me parece, ser más sinceros.
Criar hijos es una tarea absorbente, los niños quitan mucho tiempo, mucha energía, pero hay algo en la mirada de los niños que es muy interesante para los escritores y para los artistas porque su visión no está contaminada.
Siempre es un intercambio interesante entre adulto e infancia porque el adulto a veces tiene tendencia a renunciar a la infancia, es decir, al entusiasmo. Y por eso el diálogo entre un adulto depresivo y un niño es superinteresante a condición de que el adulto se ponga a la altura del niño y escuche realmente lo que dice y no lo aplaste con su depresión, si no, no funciona. Y es un diálogo muy hermoso porque el niño está completamente abierto y para él no hay juicio negativo. De hecho, las emociones circulan, hay algo completamente fluido, mucho más tolerante en realidad, más flexible y más tolerante, mientras que el adulto puede ser más rígido y más cerrado, así que me parece que es un diálogo muy interesante y sumamente importante y necesario en muchos aspectos.
Los primeros Rollos míos eran solo en blanco y negro y aquí hay color, se trata de acuarela. Imagino que esto forma parte de su evolución como artista. ¿Por qué aparece el color, por qué la acuarela en lugar de otro material?
El blanco y negro viene de mis cuadernos de observación, los dibujaba en blanco y negro. Era lo más sencillo, lo más rápido. Es realmente dibujo de observación diario, incluso caminando… así que era lo más sencillo. Y los primeros Rollos míos son extractos de mis cuadernos y me gustaba que fuera en blanco y negro. Fue la editora quien me dijo que tenían que ser en color porque es más vivo, es más seductor. Entonces aprendí a trabajar en color. Y la acuarela porque mi madre me regaló una caja de acuarelas cuando tenía 12 años y solo sé hacer eso. No aprendí otra cosa y me gusta mucho. La acuarela es genial. Es realmente muy práctica, es muy ligera, es rápida, también es sutil… y además es una técnica milenaria. Me gusta mucho.
Otra cosa que forma parte de su estilo es la ausencia de viñetas . No hay viñetas, lo que le permite una gran libertad para jugar con la página, incluso con la narrativa.
No fui a una escuela de cómic, así que no aprendí el cómic de forma tradicional. Empecé, una vez más, extrayendo fragmentos de mis cuadernos. Eran cuadernos pequeños, la viñeta era la página, en realidad. Así que dibujaba muy libremente. Luego miraba mis páginas, seleccionaba lo que me parecía bien y lo reorganizaba. Pero no había necesidad de trazar recuadros y no lo intenté. Me parece que es más bonito así. Me gusta el dibujo en la página y que sea el borde físico de la página el que enmarque el dibujo.
Hay muchas posibilidades para desarrollar la narrativa.
La técnica del recuadro, de la viñeta, también es extremadamente eficaz y práctica. En mis bocetos, cuando hago mi primera fase de trabajo, ahora pongo viñetas… bueno, encuadro bastante, pero luego desaparece en el entintado, en la etapa final; pero tiendo cada vez más a un cómic finalmente bastante clásico. Esa posibilidad de libertad… y además, cuando intento hacer un contorno, no funciona. Así que sí, es verdad que propone otra cosa.
Pensando un poco en posibles referentes suyos, pensaba en Sempé inevitablemente.
Sí, sí. Jean-Jacques Sempé es muy conocido. Mi padre tenía libros, recopilaciones de sus dibujos, de sus grandes dibujos. Sempé despreciaba profundamente el cómic. Tenía una visión del dibujo muy aristocrática y me parece interesante. Es verdad que sigo mirando cómo trabajaba y construía mucho sus imágenes, y luego quitaba todo lo que no servía para nada; construía, por lo que tengo entendido, pasaba mucho tiempo construyendo sus imágenes. Y efectivamente, cuando una imagen está bien construida y es eficaz, casi pura… pues no hay necesidad de detalles, no hay necesidad de demasiado color, no hay necesidad de añadir más y eso me interesa mucho.
Ahora que habla del desprecio de Sempé hacia el cómic, antes existía un poco esa sensación de que el cómic no es literatura, que no es arte, pero ahora creo que hay una legitimación, ¿cómo vive usted esto?
Bueno, a mí me da un poco igual. Yo hago lo que me gusta hacer y resulta que es cómic; después hay gente que emite juicios, pero tengo suerte porque efectivamente estamos en una época en la que el cómic en Francia, al menos, es muy rico, muy abierto y muy experimental, y hay un público y hay un mercado que se mantiene más o menos. Así que tengo mucha suerte porque es la época adecuada para hacer cómic. En mis otros primeros Mis rollos no pedí la opinión de las personas que ponía en escena en el libro. En Mis rollos de cuarentona están mi pareja y mi hija, con quienes tuve que discutir y a quienes mostré todas las páginas. Mi pareja se rio mucho con el libro y no lo hice sola. Ahí está la complicidad de mi pequeñísima familia.
Están los agradecimientos y en el colofón, donde hay un chiste final.
Sí… ahí están.