Hubo una extraña recurrencia durante las primeras semanas del actual capítulo iraní. No solo en México, a muchos de quienes tratamos esa zona se nos preguntó si lo que se avecinaba era una guerra mundial o una catástrofe comparable. La pregunta, predecible en miradas de tono amarillista, podría remitir a la calidad de un periodismo que abandona la preocupación por hacer preguntas correctas en favor de plantear escenarios estridentes y, al final, más sencillos que realidades contradictorias, simultáneas y que exigen mayor profundidad. Sin embargo, esa misma pregunta suscita otras preguntas sobre nosotros como Estados, sociedades e individuos.
Difícilmente se repetirán las condiciones que, a mediados del siglo XX, permitieron el delirio colectivo que fue la Segunda Guerra Mundial. El que no pasemos por otro episodio similar no evita angustias, ni debería funcionar como licencia para ignorar las acciones que formaron diversos contextos políticos de aquella época.
Al evocar un espacio de tiempo estrecho, de unos cuantos años atrás, es posible colocar en el mismo plazo a la invasión rusa contra Ucrania, al segundo mandato de Donald Trump en Washington, con la inmensa cantidad de aristas embebidas en él, a la crisis en Sudán, muy probablemente la mayor tragedia humanitaria de nuestros días, el ataque de Hamás a Israel y la posterior acción militar de éste sobre Gaza, al fin de la dictadura de Bashar al-Assad en Siria, la captura de Maduro en Venezuela y el actual estado del conflicto en Medio Oriente con Irán, Israel y Estados Unidos como principales sujetos en una oración que incluye a Líbano, los países del golfo Pérsico y prácticamente el conjunto de la economía del planeta. Cada uno de estos hechos, en principio, admitirían verse como modeladores de la vida política más allá de sus propios espacios. Es decir, con la capacidad de modificar la existencia de las sociedades en una parte o en la totalidad del mundo. Supongo que en eso pensaban algunos de los cuestionamientos que recordé en las primeras líneas de este texto.
La realidad es que para la mayoría de la gente no ha sido así, aunque en los países y regiones específicos es evidente que la vida se transformó. Ucrania y Gaza son muy distintos a una Siria inimaginable muy poco atrás. Estados Unidos mantiene su brutal influencia, a pesar de su tolerancia y cohabitación con el fascismo local que se enaltece de amenazar con la desaparición a una civilización entera y ataca al líder de la Iglesia católica, del mismo modo en que se ha pronunciado contra liderazgos variopintos sin importar condición.
Pero nada de esto ha cambiado de manera evidente y generalizada, aún, la estructura del modelo en que vivimos desde hace unas cuantas décadas. Los planteamientos multilaterales se han ido transformando. Las nociones de derecho internacional transitaron del no uso o su escasez a lo completamente prescindible. El pudor político es ya una anécdota. La transaccionalidad ideológica se impuso sobre la transaccionalidad política y rara vez se sostendrá un argumento que parta de convicciones o valores determinados en la segunda mitad del siglo XX. Pero el modelo político no ha perecido. Se adaptó a sí mismo.
Es una adaptación que también afecta las esferas locales. En México, cabría en el mismo lapso el segundo mandato de un proyecto político que obliga a discusiones sobre la perdurabilidad democrática, la del Estado de derecho; sobre los fueros de las violencia, la caída de capos criminales, las ciudades que viven bajo conflicto armado; el incremento y relativización al fenómeno de desapariciones; la permanencia e impunidad de la corrupción, metástasis sobre la metástasis del crimen organizado en la vida pública; la fragilidad económica, la ineptitud masiva de las oposiciones políticas y una inflación que solo en este país no es tema de alertas y debates. Nada ha sido suficiente para provocar algo más que malestares transitorios, de aparente nicho, y para dar temas semanales entre la opinión publicada.
Esta adaptación la podríamos ver como el fracaso de nuestros logros.
El modelo que durante décadas ha permanecido y desde el cual se ha evitado la que los conflictos afecten a las sociedades de manera absoluta, fatal y generalizada, es el que permite que una persona en México pueda no percibir una relación entre su vida y Medio Oriente. Que en sectores de las mayores capitales se desarrolle la vida sin mayor alteración a causa de la violencia en otras ciudades capitales, o en estados bajo una presión de violencia inaudita. Que mientras Medio Oriente no salga de sus coordenadas, Europa pueda vivir medianamente tranquila y la demanda de mejores condiciones para las mujeres en Irán y Afganistán o el sectarismo y fragmentación política del norte de África o el Levante le resulten indiferentes.
Si evitar la afectación total era el objetivo del modelo posterior a la Segunda Guerra Mundial, lo ha conseguido con particular éxito. O, al menos, la sensación de la afectación que permite a la inmensa mayoría de la gente percibir una lejanía con semejante desorden.
No se tratan de lógicas artificiales sino perfectamente establecidas en un modelo que priorizó la salvaguarda del individuo y sus entornos inmediatos, en círculos concéntricos que se reducen cotidianamente.
A menos de que se tengan preocupaciones profesionales de derechos humanos, legalidad, dignidad o se desprecie la barbarie, en México o en San Diego, Berlín, Londres, Budapest o Buenos Aires, se puede vivir sin pensar en las cárceles de Bukele en El Salvador. El problema de esta lógica, increíblemente exitosa, no se encuentra en la capacidad de supervivencia de los Estados, materia de cuidado en el proyecto posterior al siglo XX, sino en el tipo de Estados que estamos construyendo.
Hemos configurado Estados débiles, cuyas estructuras operan de forma paralela a los espacios que se van desplazando de las atenciones y terminan por aumentar su distanciamiento en aras de la funcionalidad política de los aparatos de mayor jerarquía.
Nos adecuamos a un modelo de México en el que la capital no se inmuta demasiado sobre Guadalajara, cuyo sitio de febrero pasó al olvido aún más rápido que Sinaloa.
El mundo se adecua al modelo de un Líbano en extremo debilitado como Estado, en el que las fragmentaciones y la falta de capacidades estructurales son fáciles de obviar en la permisividad de la óptica bipolar, que observa y justifica sin dudas la brutalidad de Israel en su última operación militar, o el enaltecimiento de un país que sirve de bandera ciega a lo proárabe, mientras se desentiende de las precariedades políticas al interior.
Se construye un Estado futuro aún más debilitado en Irán, si se aboga por la continuidad del caos abajo de las bombas que no se acompañan de perspectivas políticas y diplomacia.
Se construye un Estado débil en una Venezuela que sigue bajo el mismo régimen, aunque se ofrezca distinto, o casi.
Se ha ido construyendo un Estado débil en el Israel polarizado, violento y que coquetea con el fanatismo dogmático.
Estados Unidos, con todo su poder, es un Estado más débil por la fragmentación identitaria, la vocación autodestructiva, el rechazo a la multiculturalidad y la autoagresión contra sus pilares fundacionales.
En cada caso, al imaginar que el peor escenario era un coqueteo con lo apocalíptico, en la defensa del provincianismo que solo ve para adentro, nos hemos permitido la canibalización que provee tranquilidad. ~