La noche y tú. Óscar Restrepo es un poeta, el poeta protagonista de Un poeta, segundo largometraje del cineasta colombiano Simón Mesa Soto. Tiene dos libros, publicados hace demasiados años y una hija con la que mantiene una relación más bien irregular. No tiene trabajo, no tiene dinero, no tiene coche y no tiene casa; vive con su madre a la que le quita el coche –a pesar de las constantes prohibiciones expresas de ella, “No me saque el carro”– y a la que pide dinero. Tiene la promesa de un millonario negocio que implica una inversión pero con una devolución que añade varios ceros, todo certificado por el gobierno de Zimbabwe. Como dice Restrepo en la película, “la problemática con el alcohol” la lleva bastante mal: la primera borrachera lo deja tirado en la calle –se despierta al son de “La luna en tu mirada” de Los Zafiros–, después de haber aleccionado vehementemente a otro borrachillo sobre la superioridad del poeta José Asunción Silva sobre todos los demás, especialmente sobre Gabriel García Máquez, sobre el que concluye: sobrevalorado. Su compañero circunstancial tiene un argumento imbatible: cuál de los dos está en billetes más grandes. Sí, “el del bigote, el que se ganó el Nobel”. “La luna en tu mirada” volverá a sonar en la película, en otra borrachera hasta la inconsciencia de Restrepo. No solo la canción, sino el corte en seco de secuencias combinado con el transcurrir de otras, dejándolas respirar sin prisa, con confianza es una de las felices características de la película.
Contra la pornomiseria. “Usted lo que tiene es que escribir poemas sobre guerra, violencia, pobreza, indígenas, el Amazonas, los maricas, todas esas cosas que le gustan a los europeos de nosotros”, le aconseja su compinche de borracheras y negocios a Óscar Restrepo, y seguramente tiene razón: le iría mejor si le hiciera caso. El comentario está puesto dentro de la borrachera, casi tapado por otras conversaciones, como si no tuviera más importancia, pero la tiene: eso será lo que le pidan los popes de la Casa de la Poesía a Yurlady, la alumna de Restrepo –finalmente accede a dar clase de filosofía– a la que lleva él mismo después de que la chica le muestre su cuaderno, donde escribe –¡y dibuja!– cuando le apetece. ¿También es melancólica?, le pregunta Restrepo. En la Casa de la Poesía le piden a Yurlady que, si bien todos sus poemas son buenos y bellos y demuestran una gran fuerza, etc., ninguno es lo bastante contundente. Lo que le quieren decir y ella entiende perfectamente es que ponga algo de eso que les gusta a los europeos –y no solo– de los colombianos, un poco de pornomiseria para que el relato de superación sea redondo. Por cierto, en la película no hay ni un miligramo de pornomiseria, y eso que se enseña todo, hasta el cuerpo un poco descuajeringado de Restrepo, o la casa de Yurlady donde viven casi hacinados adultos, madres adolescentes y bebés.
La problemática de la vida. Entre la tragedia y la comedia, Un poeta sigue las aventuras de Óscar Restrepo, sus andanzas de caída, redención, caída y veremos, porque la película, profundamente humanista, huye del edulcoramiento y no miente diciéndonos que todo va a estar bien. Pero iremos tirando. Más allá del asunto de la poesía y que nos identifiquemos con un borrachín que recita a voz en grito un poema de su héroe, la película se pregunta cómo vivir una pasión artística. Simón Mesa Soto explicó en una entrevista en Caimán: “Esta película es un retrato sobre mi peor versión del futuro, para reconectarme con la versión joven que empezó, llena de energía y emociones, desprovista de cualquier maquinaria, con el interés puro de hacer y amar el cine. Esa es para mí la poesía. Si renuncio a hacer cine, ¿en qué me convertiré?” Y luego, esa pregunta está arropada por un montón de cosas más: la relación con la hija, la relación de mentoría con Yurlady… En esa misma entrevista, decía Mesa Soto que había una búsqueda de la belleza no producida o no artificial, es decir, una belleza que se encuentra cuando se comprende lo que se ve.
Una película milagro. Un poeta es una película-milagro (todas tienen algo de milagro, pero ya sabemos que algunos milagros son más milagrosos que otros), no solo porque se mueve entre la comedia y el drama, también se mete en asuntos pantanosos y elige además encarar los temas por el lado que muestra más grises. Que haga lo que hace bien es complicadísimo; además con actores no profesionales. Un poeta es divertidísima y un poco amarga, tiene diálogos que se recordarán (por ejemplo: -Yo soy un poeta. -Usted está desempleado, que sigue a: -Estoy escribiendo un libro. -Ay, un libro), es una película viva, hecha sin miedos y, además, suena “Corazón de poeta”.