Los demasiados papers

Investigadores que publican artículos cada cinco días, académicos que contratan empresas productoras de papers, abuso de la IA, entre otros casos, dejan ver una grave crisis en las universidades. Una crisis que es necesario reconocer para poder solucionarla.
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Ni siquiera la academia, dentro de toda su sapiencia y abstracción, queda libre de los pecados de la carne. El 3 de junio de 2023, el diario El País publicó un artículo titulado “Un científico que publica un estudio cada dos días muestra el lado más oscuro de la ciencia”, el cual cuenta la historia del Dr. José Manuel Lorenzo, autoproclamado “el mayor experto en carne del mundo”, quien además es el científico más prolífico de España. Lorenzo publica tantos artículos que sus propios colegas sospechan que “no le da tiempo ni a leérselos”. Pero Lorenzo solo se convirtió en el autor académico español con mayor número de publicaciones porque unos meses antes la Universidad de Córdoba anunció que el químico Rafael Luque –quien publicaba un artículo científico cada 37 horas– había sido suspendido de su empleo y sueldo por los próximos trece años.

Estos científicos, si bien son extremos, también son cada vez más comunes. En un artículo publicado en la revista Nature en 2018, John P. A. Ioannidis y sus colegas declaran que hay miles de investigadores en el mundo que publican un artículo científico –o paper– al menos cada cinco días. Y ese número solo ha crecido desde entonces. Esta voracidad editorial parece decirnos que hoy la eficiencia intelectual se califica por volumen; aunque, en un inicio, las revistas académicas nacieron con otros propósitos.

El 5 de enero de 1665 se publicó en Francia el Journal des sçavans (la Revista de los sabios), considerada la primera revista académica del mundo. Publicada por Denis de Sallo presentaba, en una docena de hojas, reseñas de libros, obituarios, descubrimientos en artes y ciencias, y procedimientos y censuras de cortes tanto eclesiásticas como seculares. La revista se sigue publicando hoy en día, en francés, y es una de las más reconocidas en su área, aunque los temas de discusión claramente han cambiado con los tiempos.

En ese mismo 1665, pero en marzo, The Royal Society of London for Improving Natural Knowledge (la Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural) publicó la revista Philosophical Transactions of the Royal Society (Transacciones filosóficas de la Real Sociedad). Esta revista, ya más enfocada en los descubrimientos científicos, fue editada por Henry Oldenburg, un alemán con una red de correspondencia tan amplia que probablemente vio en la creación de una publicación periódica una manera de ahorrarse un poco de trabajo y ganarse unas cuantas libras. Oldenburg pagaba de su bolsillo la impresión de las Transacciones filosóficas y, aunque las ganancias no eran lo que esperaba –se hubiera caído de espaldas al ver las ganancias millonarias de las publicaciones actuales–, esta revista sentó los precedentes de todas las siguientes publicaciones académicas.

Para que un paper sea aceptado en una revista académica hoy en día, debe ser aprobado por un proceso de evaluación por pares. Las bases de esta evaluación fueron descritas en la minuta del consejo de la Real Sociedad de Londres del primero de marzo de 1665, donde Oldenburg declaró que no cualquier paper que llegara sería publicado, sino que debería ser aprobado por diversos miembros del consejo, quienes confirmaban que los experimentos, además de estar claramente descritos, eran congruentes y servían para responder la pregunta planteada. También que las conclusiones presentadas sí podían derivarse de los resultados obtenidos y no había falacias en el pensamiento lógico para obtenerlas.

Sin embargo, hay algo más en el paper que solo experimentos, evidencias y conclusiones. Algo muy íntimo. En el fondo de un artículo científico hay un pacto. Una promesa de que cada dato fue obtenido de la manera en la que se describe, que todo sucedió según lo reportado y que, de repetirse el experimento al pie de la letra, los resultados obtenidos serán los mismos –o al menos, que las variaciones obtenidas serán estadísticamente insignificantes–. Esto principalmente porque quien lo revisa no suele tener el tiempo ni los recursos como para repetir los experimentos y procesos con tal de verificar los datos. Pero también porque, en principio, toda persona que está en la ciencia busca lo mismo: una mejor comprensión o explicación del universo como lo conocemos. Así que mentir o hacer una falsificación de los datos no le serviría a nadie. Lo que se busca es el avance en colectivo, ¿o no?

El problema es que las universidades están sujetas a un sistema de evaluación insensato. En general, un investigador es evaluado por cuánto publica –cuántos papers produce al año– y en qué revistas lo hace. Las revistas científicas se clasifican mediante un estadístico llamado el factor de impacto, que es una manera de medir, en promedio, cuántas veces se va a citar un artículo publicado en esa revista. Es decir, qué tanto va a contribuir a futuras investigaciones. Los valores van de poco más de cero hasta casi cincuenta para las revistas más reconocidas. Aquí podemos ver que las y los investigadores pueden optar por uno de dos caminos: publicar muchos artículos en revistas de bajo impacto o publicar uno o un par en revistas muy bien rankeadas.

De estas evaluaciones dependen las contrataciones, aumentos de sueldo, definitividades y premios diversos. Y la competencia es atroz. Cada año se titulan muchísimos más doctores y doctoras que las plazas de investigación que se abren. Esto conlleva a un sistema conocido como publish- or-perish (publica o muere). La urgencia por publicar ha orillado a algunos científicos a tomar medidas drásticas y no siempre honorables.

Según Nham Tran y según los datos del sitio Retraction Watch, en la última década se han retractado más de 39 mil artículos científicos ya publicados. Un número que anualmente crece a un ritmo del 23%. Cerca de la mitad de estos papers presentan problemas en la autenticidad de sus datos, como el caso del bioquímico Richard Eckert, quien falsificó información en trece artículos. La siguiente causa para retirar a un paper ya publicado es el plagiarismo: sucede en un 16% de los casos.

Sin embargo, también hay trampas dentro de la cuasi sacrosanta revisión por pares que había propuesto Oldenburg. Abundan los casos de científicos que inventan cuentas falsas de correo e identidades virtuales para volverse revisores de sus propios artículos y, obviamente, aprobarlos prontamente. Estas prácticas han pisado el acelerador a fondo y se han convertido en todo un negocio. Las llamadas paper-mills (las fábricas de papers) son empresas que poseen revistas supuestamente científicas, pero que se dedican a inventar papers con datos falsos o plagiados, los cuales parecen lo suficientemente veraces como para pasar por investigaciones verdaderas; lo que venden es la oportunidad de poner tu nombre en cualquiera de estos artículos. Así, por un módico precio, un científico que busque un aumento, un premio o simplemente que no lo corran tras un par de malos años de investigación, puede asegurar una o varias publicaciones. Se estima que en 2022 cerca del 2% de todos los papers publicados venían de estas fábricas de artículos.

Esto mete en problemas a las universidades, pues son evaluadas en función de las y los científicos que tengan bajo contrato. Así, tener un científico que publica mucho le ayuda a la universidad a obtener fondos y atraer mejores estudiantes y científicos jóvenes para seguir creciendo. Cuando Rafael Luque –el investigador que publicaba un paper cada 37 horas– fue suspendido de su universidad, declaró: “Sin mí la Universidad de Córdoba va a bajar 300 puestos. Se han pegado un tiro en el pie.” Estos rankings universitarios –que la UNAM presume año tras año– no son el mejor tipo de incentivo para la ciencia; aunque, en principio, la premien.

Pero, aun sin estas trampas descaradas, la academia sigue teniendo problemas en la comunicación de sus logros científicos. Desde inicios de la década pasada, la ciencia atraviesa una crisis de reproducibilidad, y una de las llagas más profundas se encuentra dentro de la psicología. En 2018 el proyecto Many Labs 2 publicó un artículo donde doscientos psicólogos intentaron reproducir los resultados de veintiocho casos supuestamente bien conocidos y documentados dentro de la psicología. Tras repetir los experimentos con hasta quince mil participantes –distribuidos a lo largo del planeta–, solamente la mitad de los papers salió triunfante. Esto se puede deber a malos planteamientos experimentales o a rasgos universales que en realidad únicamente eran locales, entre otras cuestiones. Esta crisis, en menor medida, también se extiende a la medicina, y a otras ciencias tanto naturales como sociales.

Lamentablemente, los problemas tienen aún más variables. Por ejemplo, el mismo sistema de publicación donde las y los científicos deben pagar miles de dólares –en muchos casos del dinero público de sus proyectos– para poder publicar, aun de forma honesta, un paper. O, también, el problema de tener que hacer, de manera gratuita, todo el proceso de revisión para otros artículos. Desde hace un par de años, ya se encuentran artículos científicos claramente escritos o con diagramas hechos con inteligencia artificial, en algunos casos con resultados irrisorios.

La academia está chocando de frente con un muro gigante y, de no poder librarlo, continuará minando uno de sus mayores pilares tanto políticos como sociales: la confianza y certidumbre de la sociedad. Las personas que se dedican a la investigación se enfrentan a la pregunta de cómo sortear la burocratización de las universidades para poder seguir construyendo conocimiento dentro de esta nube de ruido que las rodea. Es hora de que la academia voltee a verse en el espejo y descubra cómo cortarle cabezas a esa hidra que se refleja. ~


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