El Libro que Vendrá

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Confieso que yo era o decía ser misoneísta y presumía de padecer de genuino horror ante las novedades, de tal forma que me tardé mucho en tener computadora y en escribir correos electrónicos, tardanzas o melindres que sólo hicieron que mi conversión fuese más apresurada y ardiente. El misoneísmo me lo quitó Steve Jobs y desde hace tiempo creo que la galaxia Mac no es la única realidad real pero es la mejor de las que frecuento. Todo esto viene a cuenta del horror que sufren o que dicen sufrir los escritores, los bibliófilos y los editores ante la nueva bestia negra que amenaza con carbonizar al libro, el ya célebre Kindle, la consola que vendrá a ser el iPod de los libros, advenimiento que yo festejo. Poder, desde un adventículo como una PSP, consultar una enciclopedia de antigua literatura tailandesa que flota en el ciberespacio o acceder a un incunable resguardado en el archivo secreto del Vaticano, me parece maravilloso y de igual manera espero disfrutar de los accesorios que los libros en línea ofrecerán, como mapas, traducciones paralelas, diccionarios y lo que el Progreso nos depare.

Tras leer el buen libro de Fernando Escalante Gonzalbo (A la sombra de los libros. Cultura, mercado y vida pública, El Colegio de México, 2007), tan útil en desterrar fantasías letradas y dosificado prudentemente con algo de pesimismo, insistiendo en lo grave que es para la cultura literaria la extrema monopolización del mundo editorial, me encuentro en Istor (invierno de 2007), la estupenda revista de historia que dirige el estupendo Jean Meyer con un artículo, traducido del francés, de Michel Melot, que se titula burlonamente, “¿Y cómo va la muerte del libro?”, texto que recomiendo mucho y que respalda mi optimismo. Cito un poco en desorden y a manera de incitación algunos párrafos. Habla Melot de la eterna crisis del libro, crisis que si eterna no es crisis:

La doble naturaleza del libro lleva a los pensadores apresurados a concluir rápidamente que la crisis económica anuncia el fin de la lectura […] La similitud con la crisis de finales del siglo XX [con la del libro en 1880 por el desafío de la prensa industrial] no se detiene allí: los editores ya acusaban la competencia de los demás pasatiempos: la fotografía, la bicicleta y el automóvil fueron citados entre los responsables de la crisis de la lectura […] Como en nuestros días, se anunció la derrota del pensamiento, y, como siempre, el debate se volvió lucha de clases: unos acusaban a las clases acomodadas de despreciar el libro, y los otros, el analfabetismo y la incultura de las clases populares. […] Todos los argumentos empleados hoy contra los nuevos medios de comunicación, ya se han utilizado: retroceso del espíritu crítico, gregarización y mercantilización de los lectores. Finalmente, como ahora, la mediocridad de la producción, atribuida a una baja del nivel cultural, fue llamada a declarar. Se deplora, entre otras cosas, el desapego del público por la poesía. Mallarmé, maliciosamente, pone la responsabilidad de ello en la muerte de Victor Hugo…

Nunca había habido tantos lectores sobre el planeta y nunca se habían editado tantos buenos (o buenísimos) libros en tantas lenguas. Digo yo. Dice Melot, citando a Anatole France [subrayo lo que es de France]: “Tenemos que en París se publican cincuenta volúmenes diarios sin contar los diarios. Es una orgía monstruosa. Saldremos locos de ella. Para evitar esa locura, la respuesta proviene hoy de los procedimientos de reproducción y de transmisión electrónicos.”

Otro mito pertinaz comentado por Melot es aquel que dice que la televisión substituyó a la lectura. No fue así. La televisión substituyó a las partidas de cartas, al jugueteo mecánico en el piano o a la observación idiota del fuego hogareño.

Melot admite que las estadísticas arrojan una paradoja: cada día se lee menos pero los lectores son más numerosos. Porque la lectura se ha diversificado, ya no dominan los lectores de libros serios encuadernados, ahora acompañados por quienes leen en línea, consumen artículos y toda clase de impresos o imprimibles, una categoría nueva. Ello no quiere decir que el lector arquetípico, el lector filósofo, el lector que pintó Chardin, vaya a desaparecer porque, como Melot alega, “el mal del libro es incurable. Pero nunca lo mata.”

Se publican, por supuesto, toneladas de mala literatura e, inclusive, se publican toneladas de libros estúpidos, dañinos, fanatizantes, empezando por una parte de la propaganda distribuida desde hace siglos por las letradísimas religiones del Libro durante mil quinientos, dos mil años. En la época de Cervantes o en la de Flaubert también se publicaban porquerías inenarrables que, justamente, por serlo, quedaron olvidadas y perdidas, sometidas a la crítica marxista de los ratones pero disponibles para alimentar las investigaciones sociológicas o bibliográficas en el dominio de la teoría de la percepción. Siempre ha habido, por ejemplo, libros de superación personal: antes pasaban por devocionarios o literatura beata, de edificación. Y antes de Cristo no existía esa frontera, al parecer: la filosofía era a la vez práctica y metafísica. Es más: si Sócrates o Aristóteles entraran a cualquier librería del siglo XXI y buscasen libros de su profesión, les sería más fácil acercarse, al menos en primera instancia, a los autores de superación personal que a Hegel o a Jaspers.

Otras víctimas de lo que Melot considera todo un género, el de la deploración, son las grandes librerías, los supermercados libreros. De preferir, yo prefiero el mundo de las librerías de barrio y lamento mucho su paulatina desaparición. Hace unos días pasé por Nueva York e hice mi visita ritual a la Librairie de France y me encontré con que cierra a más tardar en 2009, imposibilitada de pagar el dineral que significa una renta en The Rockefeller Center. Me conmoví, escuché al atribulado dueño, Mr. Molho y me gasté una buena suma a manera de despedida de su inigualable sección de crítica literaria francesa y si saliendo a la Quinta Avenida me hubieran invitado a encadenarme, como protesta, frente al Servicio Cultural Francés que ha sido cruelmente indiferente a las peticiones de auxilio de Mr. Molho, lo hubiera hecho, desafiando el frío… Pero ya en casa recapacité y entré en razón. Y hasta me encabroné. Esa librería es carísima y no sólo eso: allí me querían vender una edición numerada de un estudio sobre Sainte–Beuve y la poesía suiza por más de 200 dólares. Descubrí consternado, buscando en AbeBooks, que allí lo venden hasta en 8 dólares. Hay quienes no quieren o no pueden competir. Por no vender en línea esa librería cerrará, lamentablemente, víctima no sólo de las aguas heladas del cálculo egoísta sino del misoneísmo de su dueño. Ninguna época monopoliza todas las desgracias y bien haríamos en agradecer las titánicas virtudes civilizatorias de la digitalización. Hemos perdido cientos de hermosas librerías de barrio y al mismo tiempo ganamos esa gran librería de viejo universal que flota en la red y que significa el fin del elitismo intelectual en cuya defensa se empeñaron tantos reaccionarios de fuste. En un mundo ideal deberían de convivir unas y otras.

Decir, como se dice, que las cadenas sólo venden mierda, es una verdad a medias pues la mitad de los libros que se venden en la FNAC, en Barnes & Noble o hasta en la Gandhi son maravillosos, gracias, entre otras razones, a una revolución ya vieja y triunfante y que en su momento también suscitó la santa cólera, la revolución del libro de bolsillo. Ese tema también lo trata Melot, al rebatir el pesimismo de George Steiner, quien llegó a temer la desaparición de los hardcovers. El propio Steiner renunció a esas predicciones y ahora mira ese escenario con perplejidad pero sin indicios apocalípticos.

(Dos veces en mi vida, por cierto, mi integridad física ha estado en riesgo por cargar con bolsas de mezclilla que anuncian a Barnes & Noble. Una fue durante los meses salvajes de la huelga universitaria del 99. Estaba yo en un restorán del sur de la ciudad de México y un malencarado se me acercó y señalando mi bolsa me espetó “¿Cómo que BARNÉS ES NOBLE*, hijo de la chingada?”. La otra, poco después, en Nueva York, cuando me encontré a un poeta gringo de obediencia posbeatnik, quien al ver mis nutridas bolsas de libros recién adquiridos en Barnes & Noble, me dijo que por culpa de neoliberales como yo estaban quebrando las librerías Bio como la de su ex esposa, especializada en libros del subcomandante Marcos y de Langston Hughes.)

La aparición del libro-consola no significa que vayan a desaparecer los libros impresos, lo mismo los que atesoramos los bibliómanos con todo el sentimentalismo del coleccionista y sus amaneramientos, mismos que comparto hasta grados patológicos. Tampoco se irán los batalladores libros de bolsillo, con la lamentable excepción de aquellos que se fabricaron en la segunda mitad del siglo XX con pulpas de papel periclitable y que, como ninguna otra cosa, amenazaron al libro de una verdadera muerte física por pulverización. El consumidor de libros ya no acepta tan fácilmente esos libros malhechos, que se desencuadernaban, brutalmente pegados, sin coser y cuyas páginas amarrilleaban en un santiamén. Yo dedico algunas horas al año a posponer la muerte irremediable de mis ejemplares, por ejemplo, de la Colección Austral y requiero de la constancia de mis caprichosos encuadernadores.

Dice Melot que los profetas de la muerte del libro ya se cansarán y les sugiere cambiar de rubro y pregonar, por qué no, la futura muerte de la digitalización. Quizá, digo yo, vivimos en la época de oro del libro y educados en el arte de la deploración, nos negamos a admitirlo. En el Kindle o en sus predecesores, que en un cerrar y abrir de ojos se venderán a la salida del metro Chapultepec, se almacenarán baratijas pero también manuscritos antes limitados a los eruditos, hemerotecas enteras.

Quizá el Libro que Vendrá no ha llegado y está por llegar, me digo, en plan mesiánico y blanchotiano, al mismo tiempo que corroboro que me he transformado en un progresista. Y peor todavía, también observo me he vuelto un tanto bobalicón: a veces creo que vivimos en el mejor de los mundos posibles y me atormenta, al caer la noche, creerlo. Me digo entonces que el optimismo es una fantasía defensiva. Etcétera.

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* Para los lectores no mexicanos o no unamitas. El señor se refería al rector Francisco Barnés de Castro, de la UNAM, quien pretendió, sin ningún éxito, que en esa universidad se pagasen cuotas, intentona que le costó el puesto y que provocó una huelga de once meses.

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