Cuando supe que Manuel Vilas anunciaba libro –Islandia– sobre su segunda ruptura matrimonial me dije que no lo leería. Prefería no entrar en la intimidad de una pareja de amigos a los que me gustaría seguir viendo juntos. Me hizo cambiar de idea José María Pozuelo con su reseña en el abc Cultural (28 de febrero). Pozuelo conoce a los personajes de este libro. Conoce a su entorno: los suegros del autor y su primera esposa, que también son personajes en este soliloquio. Eso no le impide –como me lo impedía a mí– escribir una reseña memorable. Incita a leer el libro –me convenció– y hace un diagnóstico certero de su interés literario. “Vilas –dice Pozuelo– es un escritor brillante (hay mucha brillantez en las metáforas y en el modo de resolver situaciones triviales, como las narradas en América), también hay mucho humor. Manuel Vilas es gracioso, y por último, but not least, hay fragilidad.” No ha tenido Vilas tanta suerte con otras reseñas. Unos días antes Nadal Suau en Babelia señalaba “abundantes defectos” y un “estilo plano y reiterativo”. Y dedica su artículo a poner en duda los posibles aciertos del autor. Juan Marqués, en La Lectura de El Mundo, ve en este libro “buena pero ambigua literatura” y la ambigüedad consiste en la preocupación del crítico por la moralidad de la exposición pública de la crisis familiar. Reconoce que Vilas ha ido muy lejos en su autoflagelación, pero le pesa la indiscreción sobre los demás.
La crítica literaria no es precisamente una ciencia, a pesar de que la cultura occidental cuenta con más de dos milenios de actividad crítica profesional. Es habitual encontrar dos actitudes en la crítica actual: la profesoral –que apela a la autoridad académica– y la artística –que apela a la sensibilidad literaria, con frecuencia poética–. En las dos actitudes suelen anidar errores. En la primera, por ignorancia o por manejarse con conceptos fallidos. En la segunda, por lo mismo y por soberbia. Que no es fácil manejarse con fiabilidad sobre el conocimiento acumulado es evidente. Más de dos milenios dan para mucho y han dado lugar a una diversidad de criterios –confusión– y a un polemismo como el que nos ocupa.
Estilo y moralidad –forma y contenido– son, pues, las piedras de toque de estas críticas, tanto para celebrar como para cuestionar. Cuando un crítico habla de estilo podemos sospechar que está exponiendo la obra al lecho de Procusto, el mítico bandido que estiraba o recortaba a sus víctimas para ajustarlas a las medidas de su instrumento de tortura. El lecho moderno suele ser el estilo poético, algo tan difuso y subjetivo como obsoleto –el sobado formalismo–. En cuanto a la moralidad, los límites de la literatura –y de las artes– entiendo que los debe poner el Código Penal. Y que la sociedad abierta debe vigilar los códigos penales –en continua revisión– y no a los escritores.
Islandia apela, en mi opinión, a otro concepto: el del género del discurso. Se trata de una rendición de cuentas. Este género tiene tantos siglos como la novela. Y hoy se disuelve en la novela, como viene haciendo Vilas en Ordesa, El mejor libro del mundo y, ahora, Islandia. Platón lo practicó en la Carta VII. Ahí explica por qué rehúye la política y por qué viajó tres veces a Sicilia, a pesar de los pesares. Un monumento de este género es la obra de Pedro Abelardo, Historia calamitatum mearum –Relato de mis pecados– y la correspondencia con Heloísa, que le reprocha su cobardía. Ese conjunto medieval ha sido visto como una novela, independientemente de que las réplicas epistolares sean auténticas o apócrifas –asunto que no está claro–. Un tercer momento se lo debemos a Rousseau: Las confesiones. Friedrich Schlegel ya la vio como una novela, a pesar de que el autor se preocupó mucho menos que Vilas por presentarla como tal. Juzgar el egoísmo del emasculado Pedro Abelardo –que nos hace reír por su caradura– o de Rousseau –que confiesa haber abandonado en el hospicio al día siguiente de nacer a los cinco hijos que tuvo con su criada y no tener problemas de conciencia– no es la tarea del crítico. Islandia reclama ser comprendida como una confesión y en la confesión el estilo no es la cuestión central, sino el reconocimiento de la culpa o, si se quiere, la autohumillación. Este género –la confesión– trata de ofrecer un crecimiento de conciencia que se funda en la aceptación de la culpa –cuántas veces habla Vilas de su culpa–. Ese reconocimiento se ha hecho ante Dios –lo menciona Vilas reiteradamente– o ante la opinión pública –como hacen Platón y Rousseau–. Vilas no lo hace ni ante Dios –a pesar de las menciones– ni ante la opinión pública –que no pinta nada en el drama familiar–, sino ante sí mismo. Hurga en sus manifiestas contradicciones. Es la fragilidad, como señala Pozuelo. El valor de este escrito no estriba en las metáforas –aunque las contenga hasta en el título–, ni siquiera en su humorismo –evidente–, ni en su perfección –aunque le sobre alguna página–, sino en su veracidad, en su autenticidad, porque la lucha por la autenticidad –la lucha contra sí mismo– no es ya moral, sino estética –la lucha con el ángel–. La falsa confesión es la que rehúye el reconocimiento de las faltas y se refugia en la justificación –tan habitual en las memorias de los políticos mediocres–. Es la grandeza de este género, que teniendo una génesis moral la muta en un fenómeno estético. Y a Vilas no se le puede regatear el mérito de la autenticidad y de la autohumillación –hasta el menos perspicaz de los críticos lo reconoce–. Quien tenga alguna duda al respecto que lea el capítulo “Cinco meses antes de la frase”. ~