La montaña trágica (pero no tanto)

‘The Mountain’ es el disco más espiritual de Gorilaz. “No estén tristes. Son dibujos”, dijo Albarn.
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La relación entre pop y cartoon no es nueva. Y, de entrada, lo cierto es que muchos de sus primeros arquetipos y paradigmas (Elvis, Buddy Holly, Little Richard, Jerry Lee Lewis), aunque fuesen de mucha carne y hueso, tan carnales y sostenidos y estructurados, tenían mucho de caricaturesco y vertiginoso e hiperkinético dibujo animado, de coyotes y correcaminos.

Sí: la música y los dibujos animados tienen, desde el vamos, relaciones carnales. Desde las Silly symphonies, desde las Looney tunes, desde la música cataclísmica y onomatopéyica de Carl Stalling, desde el ambicioso descalabro de Fantasía que más tarde los hippies revalorizaron entre nubes de humo y química de lsd, desde todas esas canciones horribles by Walt Disney que suelen ganar Oscars. Y, claro, desde esos Beatles a la altura de la beatlemanía en su programa infantil o el apto para todo público y ya lisérgico y ácido Yellow submarine. Y, después, todos esos videoclips de trazo movedizo en la hoy difunta mtv con aquel “Take on me” de A-ha acaso como el Citizen Kane del subgénero.

Y, sobre todo y por encima de todo, desde 1998 –cuando se pensó que no sería nada más que un buen chiste, pero de esos que no justificaría volver a ser contado y cantado–, con el colorido debut de Gorillaz. La idea se le ocurrió a Damon “Blur” Albarn, justamente, viendo mtv: “Todo lo que se veía ahí me pareció tan artificial que me dije que por qué no crear algo evidentemente artificial.” ¡Presto!: Virtuosa banda virtual y de look cómic y espíritu un tanto Black mirror. Un sabático (de los muchos que se tomaría Albarn, incluyendo muy bien trabajados recreos como el supergrupo The Good, the Bad & the Queen o sus excursiones africanas o chinas o sus incursiones operísticas) que, de nuevo, más que cabía suponer como capricho pasajero y moda –como casi todas las modas– pasajera.

Pero no.

Más de un cuarto de siglo más tarde. Gorillaz continúa golpeándose el pecho y aferrado a los barrotes de su jaula, pero desde el lado de afuera: los prisioneros son sus fans y todo aquel que necesite, hoy por hoy, buscar y encontrar un zoo(i)lógico donde abunde la música interesante en un panorama con cada vez más asilvestrados animalitos (re)sueltos por ahí.

Entonces, allí, en su homónimo álbum debut, el concepto de una banda tan virtual como virtuosa. Y ahí, en la portada, los cuatro subidos a un buggy: Stuart Harold “2-D” Pot (Damon Albarn), Noodle (Miho “Cibo Matto” Hatori), Russel Hobbs (Deltron 3030), Murdoc Faust Niccals (Jamie Hewlett, el otro cerebro del asunto junto a Albarn y dibujante del cómic Tank girl y responsable de todos los trazos de esta letra y música). Todos ellos con su muy compleja biografía y ofreciendo entrevistas y entre celebrando a la vez que mofándose de algo que sería constante en la ética-estética del “cuarteto”: jornadas de puertas abiertas para toda estrella que pase por ahí con ganas de entrar para salir a jugar. Y, ahí dentro, una canción más que pegadiza –acompañada por adhesivo videoclip animado– y titulada “Clint Eastwood” en cuyo estribillo se repite, como en el más hipnótico a la vez que hipnotizado de los mantras, que “No soy feliz, pero me siento bien / Tengo luz de sol, en una bolsa / Soy un inútil, pero no por mucho tiempo / El futuro está viniendo.”

Y el futuro llegó y sigue viniendo.

Y nueve álbumes después –hay consenso crítico-especializado en cuanto que la obra maestra es el segundo, Demon days; pero mis favoritos son Plastic beach y el casi albarnista-solista y menos pirotécnico The now now– la aventura continúa y la gracia y la diversión permanece.

Y así Gorillaz –más allá del éxito de ventas y conciertos multimediáticos con los músicos detrás o delante de telones-proyecciones y hologramas y hit-singles de remezcla a remezclar y samplings maníaco-referenciales– como gran laboratorio babélico-esperántico, cronológico-milenarista y planetario-galáctico. Lo que habían tanteado Paul Simon y Peter Gabriel y David Byrne, pero –como diría el guitarrista de Spinal Tap– con el volumen a 11; entendiendo por volumen anchura de miras y oídos y participación de invitados que convierten cada álbum de Gorillaz en una especie de portada sónica del Sgt. Pepper’s donde cabían y caben y cabrán todos. Eso de la world music, pero llevado a la altura y anchura del multiverso musical.

A saber –y todos quieren estar ahí en plan all together now–, apenas algunos de los invitados a lo largo de los años y de los tracks, porque la lista completa casi superaría la capacidad de las páginas de esta revista: Beck, Mavis Staples, Lou Reed, Snoop Dogg, Elton John, De La Soul, Bobby Womack, Bad Bunny, Robert “The Cure” Smith, Tom Tom Club, Dan The Automator, James Murphy, Stevie “Fleetwood Mac” Nicks, Massive Attack, Mos Def, Noel “Oasis” Gallagher, St. Vincent, Little Dragon, Johnny “The Smiths” Marr, Ike Turner, Tame Impala, The Harlem Gospel Choir, Neneh Cherry, Ibrahim “Buena Vista Social Club” Ferrer, Carly Simon y, por supuesto, Blur (cuyos álbumes The magic whip y The ballad of Warren,así como los a-solas de Albarn –ese mejor disco de Charly García jamás grabado por Charly García que es Everyday’s robots y The nearer the fountain, more pure the stream flows– ya estaban claramente gorillazados).

Y ahora llega el momento de escalar The mountain.

El álbum más espiritual de Gorillaz y –como casi poseídos por el espíritu de George Harrison– su incursión/excursión en la música india a modo de sonido sanador para paliar el dolor y la tristeza por la muerte simultánea de los padres de Albarn y de Hewlett. The mountain –debutando en el número 1 en uk y 7 en usa– como la tristeza feliz o la felicidad triste. Pero nada de Eat, pray, love o autoayuda sintética. Y sí mucha tabla y sitar y flauta y tambura. Y, otra vez, la verdadera genialidad del asunto: tratar cuestiones muy íntimas a través de las personalidades de sus criaturas. Y, claro, con una ayudita de sus amigos, que esta vez incluyen a James Ford, Bizarrap, idles, Paul Simonon, Asha Puthli, Jalen N’Gonda, Johnny Marr, Ajay Prasanna, Trueno, Omar Souleyman, Anoushka Shankar, Sparks y (a partir de viejas grabaciones archivadas y no utilizadas en álbumes anteriores) los vivísimos fantasmas de Dennis Hopper, David “De La Soul” Jolicoeur, Bobby Womack, Proof, Mark E. Smith y Tony Allen, y ausente con aviso (los herederos no lo autorizaron por expresa última voluntad de jamás ser manipulado post mortem) no la voz, pero sí unos versos aterciopelados y subterráneos de Lou Reed. Todos, carnales y ectoplasmáticos, fundiéndose en quince tracks que –como remontando o bajando ese río en el que siempre te bañas pero nunca es el mismo– exploran, karmáticamente, los conceptos de vida y muerte y resurrección. Y emocionantes cimas entre la electrónica y lo pop y lo étnico como “The happy dictator”, “Casablanca”, “The plastic guru”, las muy Kinks “The shadowy light” y “The sad god” (no olvidar que con la muy raga “See my friends” Ray Davies se adelantó, como de costumbre, a mucho de los Beatles) y la magnífica cumbre (algo así como la “On melancholy hill” de The mountain) de “Orange county” donde, silbando, se nos recuerda que no hay nada más difícil que decirle adiós a alguien que se ama. Y de ahí el revelador y emotivo e inesperado largo cortometraje-videoclip-mix-animado para “The mountain, the moon cave and the sad god”, que comienza con esa melodía que se repite a lo largo de todo el álbum y que termina con una suerte de inmolación en la que el cuarteto se arroja por la borda de un bote funerario y se hunde en las profundidades y a ver cómo y cuándo y con qué aspecto vuelven. Y, por supuesto, muchos comments y first-reactors hipersensibles online aseguran haber llorado en el momento en que Noodle le dice un mudo “I love you” a 2-D antes de saltar al agua.

Pero, sí, admitámoslo: es emocionante.

A propósito de esto, Albarn comentó: “No estén tristes. Son personajes de cartoon. Así que pueden morir y resucitar al día siguiente. Es como si ellos tuvieran que irse para que así Jamie y yo podamos enterarnos de qué será lo próximo, la siguiente encarnación.”

Una cosa es segura: sonarán muy bien y sus líneas y colores serán impecables.

Y, como desde el principio, tal vez no sean felices pero se sientan bien. Porque su futuro seguirá viniendo. ~


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