Se diría que en esos años llovía mucho. O que yo recuerdo obsesivamente los días de lluvia. Algo debían tener de distinto. Quizás transmitían una cierta electricidad. También puede suceder que, siendo el pasado lo perdido irrecuperable, es decir, lo triste por excelencia, y siendo la lluvia buena conductora de tristeza, lluvia y pasado tiendan a superponerse en el inconsciente mientras no llega la sensatez a decirnos que los tiempos, si dejamos de lado los de la formación del mundo, nunca han estado hechos de pura lluvia, al menos en mi país. Todo debe haber comenzado un sábado o un domingo. Quizás fue en las vacaciones de invierno. Después del desayuno, bajé a una compra. Abrí el cancel y vi algo pequeño, verdoso, pálido. El mandado quedó postergado. Primero había que cazar aquello. Supongo que se lo mostré a alguien para compartir el descubrimiento. Dejándolo en una planta, fui a cumplir con lo que me hubiesen encargado. Pero antes de llegar a la puerta había encontrado tres o cuatro ranitas más que subí a depositar junto a la primera. Después sí, salí. Regresé con la noticia de que la calle pululaba de ranas. En la escalera mis adoptadas ya habían tenido reemplazantes. Dejé abierto el cancel y al rato colocaba batracios múltiples en todas las plantas. Me parecía que no podía ofrecerles un hábitat mejor. Pero eran aventureros. Se movían por las paredes y debíamos tener cuidado al caminar. El patio tenía baldosas con dibujos ocres y verdes, pero el pasillo, al que daban el comedor, la cocina, un dormitorio, el baño, las tenía de vidrio grueso, por ser casa de altos. Las ranitas preferían, con riesgo de su vida, el pasillo, contrariando las virtudes de la función mimética. Aquella invasión duró varios días, durante los cuales caminar por la casa era una responsabilidad. Pero los bichitos no se renovaron. Como todo en la vida, vinieron a menos. Poco a poco empalidecieron. El tercer o cuarto día no había dudas de que se secaban. Adquirían un tono amarillento, aun puestas sobre las dichosas aspidistras, oscuramente verdes.
Alguna vez recordé esta invasión a causa de ranas frente a contemporáneos rigurosos. Observé un callado escepticismo. ¿Eran menos observadores, más olvidadizos? ¿Acaso el Cordón, barrio más alejado del mar que otros, había sido teatro exclusivo de un episodio que, según la general extrañeza, era tenido por fantástico? Clasifiqué las miradas, de pronto fijas en un punto real del aire, como iguales a las que se proyectan cuando se habla de parapsicología, ese otro dislate.
Pasaron años. Hace mucho que mis posibles testigos ya no son de este mundo. Convenía olvidar el tema de la lluvia de ranas, teñido de la misma vidriosidad bíblica que el paso del mar Rojo o que la caída del maná, como un sueño que nos inventamos en todas sus partes coherentes pero irracionales. Pero leemos, de pronto para crear generosamente en lo que inventan los pasados ajenos. Y así encuentro en La historia verdadera del señor Arenander, extraña y perturbadora, de Lars Gustafsson, sueco: ¿…fenómenos naturales poco pertinentes tales como los viejos relatos de tormentas tropicales o curiosidades meteorológicas de otros tiempos? Madagascar: lluvia de sangre, en 1897. Copos de nieve grandes como platos de sopa, caídos en Wisconsin en 1908. Una tempestad que acarrea ranas vivas sobre la isla Mauricio: siglo XVIII. Y vuelvo a ver con flagrante evidencia mis modestas ranitas, su consistencia de ligero pergamino verdoso, tan reales como esas fresas silvestres, rojamente tentadoras por fuera, que una vez mordidas carecen de perfume y de sabor, como decoraciones artificiales de sequísimo algodón. ~