Cómo las “virtudes” de la globalización neoliberal prepararon el terreno para su ocaso

El neoliberalismo defendió el cosmopolitismo y la competencia, y se topó con el nacionalismo y el proteccionismo.
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Si hubiera que definir la globalización neoliberal tal como la percibieron las élites occidentales durante los cuarenta años transcurridos entre principios de la década de 1980 y los años 2020, en su forma más sucinta cabría decir que estuvo impulsada por dos ideas: cosmopolitismo y competencia.

El cosmopolitismo era la idea neoliberal que se remontaba a los Coloquios Walter Lippmann de los años treinta en París y a los primeros tiempos de la Sociedad Mont Pelerin, tal como describe con precisión el libro de Quinn Slobodian Globalistas: El fin de los imperios y el nacimiento del neoliberalismo. El cosmopolitismo significaba que, en términos analíticos, todo individuo en el mundo es igualmente importante e igualmente capaz de mejorar su situación económica si se le presentan condiciones óptimas, es decir, seguridad de la propiedad privada, libre comercio, impuestos bajos y “una administración de justicia tolerable”. Muy poco más, en las inmortales palabras de Adam Smith, hacía falta para que el deseo común a todos los seres humanos de “mejorar su propia condición” llevara al mundo a alcanzar niveles de prosperidad inauditos.

El cosmopolitismo o internacionalismo era la idea política que sustentaba un mundo neoliberal en el que los gobiernos nacionales quedarían en un segundo plano y dejarían a los individuos en libertad de perseguir su propio interés. Sería, en el mejor de los casos, un mundo de gobierno mínimo o casi invisible. En el lenguaje neoliberal, el “imperium”, es decir, las banderas, los himnos, los idiomas y demás parafernalia de la nación, quedaría en manos de los políticos (y de los votantes, si es que de verdad querían votar), mientras que el mundo real del “dominium” sería un mundo libre para el movimiento de bienes, capital y tecnología, y también de personas.

Para que el cosmopolitismo generara riqueza y prosperidad globales, el mundo tenía que ser competitivo. No solo se permitiría a las personas competir entre sí (o unas contra otras) al margen de las fronteras nacionales, sino que habría que estimular esa competencia exhibiendo todos los bienes que podrían obtener quienes ganaran, así como la aprobación social que les reportaría la victoria.

La competencia produjo crecimiento global: el PIB per cápita mundial promedio pasó de 7.700 dólares (en dólares internacionales reales de 2005, o PPA) en el momento de la caída del muro de Berlín a casi 17.000 dólares en tiempos del covid: más del doble. Esto arroja una tasa de crecimiento anual promedio mundial del 2,1% per cápita. (Y ello pese al aumento de la población mundial de 4.400 millones en 1980 a 8.000 millones.) Más que duplicar el ingreso per cápita, sumado a casi duplicar la población mundial, significó que la cantidad total de bienes y servicios producidos en el mundo se cuadruplicó durante la era de la globalización neoliberal.

Pero esta tasa de crecimiento “anónima”, lograda principalmente gracias a las altas tasas de crecimiento de los países asiáticos y en particular de China, no favorecía la causa neoliberal en los países ricos. Lo que tenía peso político no era la tasa global del dos y medio por ciento, sino el hecho de que en Estados Unidos y en la mayoría de los países ricos occidentales, la mayor parte de la población registraba tasas de crecimiento real (ajustadas por inflación) de aproximadamente un 1% anual, mientras que los ingresos de los ricos crecían dos o tres veces más rápido. Además, como ilustra la figura más abajo, el período neoliberal (contado a partir de la presidencia de Ronald Reagan) no solo fue favorable a los ricos en el sentido de que sus ingresos crecieron más rápido que los de la clase media y los pobres, sino que también representó una desaceleración del crecimiento generalizado respecto al período anterior. De hecho, en todos los tramos de la distribución del ingreso en Estados Unidos, salvo en el extremo superior, el crecimiento fue más lento durante la era neoliberal que durante el decenio y medio anterior.

Nota: Cálculos propios a partir de la Encuesta Anual de Población de Estados Unidos (Current Population Survey), estandarizada por el Luxembourg Income Study (LIS). Las líneas muestran la tasa de crecimiento real promedio (ajustada por inflación) del ingreso disponible (después de impuestos) per cápita en distintos puntos (percentiles) de la distribución del ingreso en Estados Unidos. El año final es 2019 para no verse afectado por el estallido del covid en 2020.

El mundo, al menos durante un tiempo, parecía volverse uno solo, dividido no por fronteras entre Estados-nación, razas o géneros, sino por diferencias en las capacidades, habilidades o esfuerzo de las personas. Era, en el ideal (aunque ese ideal nunca lo alcanzara la globalización neoliberal), un mundo sin fronteras poblado de individuos intensamente competitivos, cuyo afán competitivo se estimulaba con la posibilidad de comunicarse con cualquier rincón del planeta, enterarse de lo que podían hacer los competidores potenciales y tratar de superarlos.

Estos dos rasgos –el cosmopolitismo y la competencia–, en sí mismos bastante atractivos, condujeron sin embargo al desmoronamiento de la globalización neoliberal.

El cosmopolitismo chocó contra las fronteras políticas nacionales. La competencia desmedida creó un mundo de codicia, amoralidad y mercantilización de todas las actividades, incluso de las que antes eran las más íntimas. Fundamentalmente, amenazaba con hacer superflua a la familia.

Los ganadores de la globalización neoliberal en los países ricos, movidos precisamente por ese cosmopolitismo que consideraban una virtud (y que los libraba del venenoso nacionalismo), no solo tardaron en considerar el bienestar de sus compatriotas menos afortunados algo no más importante que el de un extranjero o un desconocido, y en creer que el fracaso de esos compatriotas en una competencia tan abierta delataba algún defecto humano o moral. El éxito económico equivalía a ser virtuoso, o como lo formuló Deng Xiaoping, cuya llegada al poder coincidió casi perfectamente con las de Margaret Thatcher y Ronald Reagan: “ser rico es glorioso”.

El sistema político, sin embargo, está organizado dentro de los Estados nación. Los compatriotas menos afortunados se sintieron olvidados e ignorados. Les molestaba la forma en que se los trataba. Veían la disposición –más aún, el entusiasmo– de los ricos por invertir en lugares lejanos como una indiferencia hacia los trabajadores locales. Las promesas de nuevos empleos que sustituirían a los perdidos por las importaciones más baratas o el trabajo en línea desde otras partes eran difíciles de materializar. Su descontento generó turbulencias políticas en las democracias más ricas. La crisis financiera global (o más exactamente occidental) de 2007-08 convirtió en algo obvio y flagrante lo que hasta entonces solo se percibía de manera intuitiva y apenas en términos políticos. Los ricos no se preocupaban por los que habían quedado atrás y, cuando llegó el momento de pagar los costos de la crisis, se encargaron de que la factura no llegara a ellos.

Los descontentos que en épocas anteriores habrían nutrido por igual a los partidos de extrema izquierda y de extrema derecha –como ocurrió durante la Gran Depresión de los años treinta– tenían ahora menos opciones. Los partidos de izquierda o bien estaban desacreditados por el fracaso del “socialismo realmente existente”, o bien eran vistos, por culpa del New Labour, como cómplices de los partidos de centro derecha en la promoción del tipo de globalización neoliberal que tanto había decepcionado a las clases trabajadoras y medias de Occidente. De hecho, el apogeo de la globalización neoliberal se alcanzó bajo los gobiernos nominalmente de izquierda de Bill Clinton en Estados Unidos, Tony Blair en el Reino Unido y François Mitterrand en Francia. Las masas decepcionadas se volvieron hacia los partidos de derecha que promovían la solidaridad nacional, el fin del trato igualitario entre la población local y los extranjeros, el freno a la migración y, en algunos grandiosos arranques de promesas, el retorno de los empleos a lomos de una nueva industrialización. En el plano internacional, la globalización neoliberal fue progresivamente sustituida por el neomercantilismo, que recurrió a la coerción económica, la confiscación de activos extranjeros, las prohibiciones de importación y políticas arancelarias bastante extravagantes para cortar, o al menos controlar, el libre flujo de bienes y servicios. El libre movimiento de la mano de obra fue aún más fácil de frenar porque su popularidad política, incluso en el apogeo de la globalización neoliberal, era escasa.

La segunda parte de la ecuación neoliberal, la competencia a través de fronteras y husos horarios, creó –con la ayuda de los avances tecnológicos– un mundo en el que las propias casas, los propios coches y las propias tareas domésticas, desde cocinar hasta cuidar a los ancianos, los bebés o las mascotas, se “externalizaban” precisamente a personas que habían perdido empleos estables y formaban parte de la clase de los descontentos. El deseo de ser “glorioso”, es decir, de ser rico, borró las normas morales que mantenían unidas a las sociedades y a las familias. Esa amoralidad percibida contribuyó al ascenso de los partidos de derecha antisistema. Estos crecieron no solo con la promesa de recuperar los empleos perdidos, sino también con la de restituir la autoestima de los descontentos y volver a los valores tradicionales –que quizá eran más tradicionales que reales incluso en la época en que supuestamente imperaban.

Como en una tragedia griega, los mismos rasgos que la globalización neoliberal ensalzaba y que aseguraron su éxito durante varias décadas condujeron a su inevitable ocaso: mediante turbulencias políticas internas y el abandono del cosmopolitismo en favor de barreras protectoras para los bienes y las personas extranjeras. En suma, su sustitución por el mercantilismo en el exterior y, hasta ahora, vanos intentos de volver a un mundo más tradicional en el interior.

Traducción del inglés de Daniel Gascón.

Publicado originalmente en el Substack del autor.


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