Según un informe chino reciente, lo que Xi Jinping y los dirigentes chinos oyen cuando escuchan a Estados Unidos es “el pesado y perturbador tañido de la campana del ocaso de un imperio”. [1]
¿Qué significa para la estabilidad del mundo que una potencia en ascenso solo perciba el eco melancólico de una potencia en declive al oír a quien en otra época fue su rival dominante? ¿Animará eso a Xi Jinping a intentar hacerse con la hegemonía global ahora, o se tomará su tiempo y esperará pacientemente a que su rival se derrumbe?
¿Qué ocurre si Estados Unidos llega a creer que su poder se desvanece? ¿Hará las paces con su rival y aceptará un declive decoroso, o intentará golpear antes de ser demasiado débil como para evitar su propia caída?
Son preguntas tan antiguas como el análisis del historiador griego Tucídides sobre las causas del estallido de las guerras del Peloponeso en el 431 a.C. Fue entonces cuando, según Tucídides, Esparta, una potencia en declive, decidió golpear primero para derrotar a Atenas, una potencia en ascenso. Xi Jinping ha leído a Tucídides, o al menos La trampa de Tucídides, el análisis del profesor Graham Allison sobre lo que el mensaje del historiador griego significa para China y Estados Unidos. Durante la visita del presidente Trump a Pekín, Xi Jinping instó al presidente a colaborar para evitar la trampa. ¿Era su manera de advertirle que la única forma de eludir la trampa de Tucídides es dejar que Pekín se salga con la suya en Taiwán?
El presidente Trump parece haber regresado reflexionando sobre lo que Xi Jinping le dijo. En el avión de vuelta a casa, Trump declaró que se lo pensaría dos veces antes de enviar armas a Taiwán.
¿Va a arriesgarse Xi Jinping a tomar Taiwán? Fuentes chinas afirman que ha estado releyendo un viejo texto de Mao Zedong sobre los tiempos revolucionarios, en el que ese líder tremendamente despiadado aconsejaba paciencia en la larga marcha hacia el poder. Pero ¿paciencia hasta cuándo? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que los problemas internos de China –la caída de la natalidad, el crecimiento lánguido, la persistente pobreza rural– la alcancen y hagan imposible que supere a su rival?
Este lenguaje del ascenso y la caída de los imperios produce predicciones, y esas predicciones –sobre quién sube y quién baja– pueden llevar a los líderes a sobrevalorar la fortaleza de sus adversarios mientras subestiman la propia, o viceversa. En cualquier caso, la predicción equivocada podría llevar a uno u otro a prender fuego al mundo entero.
A lo largo de la historia, las imágenes mentales que los rivales estratégicos tienen los unos de los otros contribuyen a determinar si asumen el terrible riesgo de la guerra. En la antesala de la Segunda Guerra Mundial, Hitler creía que las democracias occidentales eran débiles y endebles, y que los comunistas soviéticos no eran más que bárbaros infrahumanos. Arrastrado por esas metáforas, Hitler condujo a su país al desastre.
¿Dónde se sitúan los colosos de hoy en su evaluación de partida del otro? Sabemos mucho más del lado americano, porque una prensa libre difunde valoraciones contrapuestas casi a diario: algunas predicen que los chinos ya han igualado a los estadounidenses en inteligencia artificial, tecnología verde, poderío militar y capacidad manufacturera; otras insisten en que el ejército chino no está preparado para la guerra, su economía se tambalea, sus estadísticas oficiales de crecimiento son falsas y carece de alianzas reales en el extranjero. No ha emergido ningún consenso estadounidense y, en su ausencia, lo que alimenta la ansiedad estadounidense con respecto a China son las dudas que tiene sobre sí misma.
En China, el control gubernamental garantiza que solo las visiones de América aprobadas oficialmente se hagan públicas. Los expertos que escuchan el “tañido” de América proceden del Instituto Chongyang de la Universidad Renmin, y no habrían hecho públicas sus opiniones si estas no contaran con respaldo oficial. Catalogan una tras otra las innecesarias autolesiones del imperialismo americano, y “dan gracias a Trump” por esos regalos, ya que cada acto de autodaño beneficia a China. Entre las locuras se cuentan: dar un hachazo a la burocracia federal de Estados Unidos, enajenar a los aliados europeos y asiáticos de América, avivar la división nacional con las operaciones de deportación del ICE, imponer aranceles que disparan los precios internos y, sobre todo, cargar al país con 1,4 billones de dólares en deuda, todo ello a cambio de un raquítico 0,4% de aumento del PIB.
Lo que resulta auténticamente chino en este catálogo de desatinos es la incredulidad ante el hecho de que un presidente americano arremeta contra sus propios mandarines en el gobierno de Estados Unidos, y que el líder de un gran pueblo sea tan indiferente a azuzar la división interna. Los académicos chinos creen estar ante un imperio que se desgarra a sí mismo: “Esta profunda división social es una herida civilizatoria que ningún dato económico puede ocultar; sin una base moral compartida, el declive de la hegemonía americana se ha interiorizado desde una perspectiva geopolítica hasta convertirse en la desintegración de su estructura social”.
De cara a la batalla por suceder a Trump en 2028 y más allá, los chinos predicen que “la lucha por la sucesión y el riesgo de violencia política normalizada en la era post-Trump empujarán a Estados Unidos hacia un turbulento pantano de ‘tercermundización’”.
La cuestión no es si esta imagen china de un inminente declive y caída de Estados Unidos es verdadera o no. Lo que importa es cómo podría influir en el comportamiento chino. Unos líderes que llegaran a creer que se enfrentan a un adversario decadente que se autolesiona podrían decidir que tomar Taiwán mediante un bloqueo o una invasión valdría la pena. Podrían calcular que una Administración estadounidense que ya ha declarado que la defensa de una Ucrania democrática no es asunto suyo también acabará concluyendo que la defensa de un Taiwán democrático tampoco lo es.
Si ese escenario se materializara, Estados Unidos abandonaría la defensa de la democracia, primero en Ucrania y luego en Taiwán, y así cerraría el pacto con el diablo que nos daría al resto una paz en nuestros días. Pero si eso fuera la paz, difícilmente merecería ese nombre. Una Rusia curtida en el combate se concentraría en las fronteras de Europa, y una China que hubiera absorbido Taiwán lo haría en las de Japón y Corea del Sur. La libertad de la que nosotros y nuestros amigos asiáticos podríamos disfrutar solo dependería de nosotros mismos.
En la lectura china de Tucídides, el mundo evita la trampa de la guerra inevitable entre potencias en ascenso y en declive si la potencia en declive cede ante las exigencias de la potencia en ascenso. Si Estados Unidos rechaza esta lectura, se compromete a disuadir indefinidamente el deseo de China de absorber Taiwán y a armarlo para convertirlo en un puercoespín, demasiado erizado para ser tomado por sorpresa o por la fuerza. Pero ese compromiso indefinido exige que Estados Unidos crea que no es Esparta, que no está condenado al declive. Exige que vuelva a creer que tiene la capacidad, la voluntad y la concepción de sus propios intereses vitales necesarias para defender las rutas marítimas abiertas y los pueblos libres. La mejor esperanza del mundo para un futuro estable reside en que China y Estados Unidos abandonen el paradigma de Tucídides, rechacen la inevitabilidad fatal del conflicto que predice ese paradigma e intenten –si no es demasiado tarde– verse mutuamente tal como son, con ojos frescos, libres de la ceguera de la metáfora.
[1] Instituto Chongyang de la Universidad Renmin, “Thanks to Trump: A Chinese Think Tank Assessment of Trump 2.0’s Policies in his First Year in Office”, 20 de enero 2026, http://rdcy.ruc.edu.cn/zw/jszy/rdcy/grzl_rdcy/070fa2e9135e47f19c7c23ad88949765.htm
Ver también Lia Yuan “Chinese Increasing View Trump’s America as an Empire in Decline”, New York Times, 12 de mayo de 2026.
Traducción del inglés de Daniel Gascón. En la imagen, estatua de Tucídides ante el Parlamento de Viena.