Encontrar un mapa en un bosque en llamas

Aby

Marie de Quatrebarbes

Traducción por Traducción de Vanesa García Cazorla

Periférica

Cáceres, 2026, 158 pp

AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

1918. Ha acabado la Gran Guerra y Aby Warburg busca “la salida de la interminable noche en la que se ha sumido el mundo”, consciente, como Wislawa Szymborska, de que “no deliran los sueños, delira la realidad”. Tiene que recoger los añicos que hay tirados por el suelo y volver a juntarlos, aunque eso implique pasar una temporada en el infierno. Antes de que lo internen en Hamburgo, Jena y la Clínica Bellevue de Suiza, Aby viaja a Estados Unidos y se obsesiona con los indios hopi, que décadas más tarde le devolverán la cordura. Y antes, con tan solo trece años, cambia el negocio familiar por el estudio, el banco por los libros. Eso lo salvará. Eso y las imágenes.

En su primera novela, la poeta, traductora y editora Marie de Quatrebarbes gira como el Hada Eléctrica envuelta en tejidos de colores, con su traje convertido en una pantalla de proyección; salta de Leonardo a Nietzsche, que nos mira enajenado desde la pared; viaja en barco hasta América; recorre las reservas amerindias y nos hace partícipes del nacimiento del electroencefalograma, el ferrocarril, el telégrafo y los rayos X. Es una época eléctrica a más no poder, una era veloz en la que ya nadie se para a pensar. Cuanto más conectados estamos, más distancia hay entre nosotros y los mitos.

A través del caleidoscopio de Quatrebarbes, la vida de Aby Warburg (1866-1929) es un relato desordenado donde las imágenes y los símbolos reinan y lo anecdótico brilla por su ausencia. La estructura misma del libro define al personaje y su fin último: “que, de su infinito ensamblaje, surja una lógica capaz de dominar el caos”. Esa búsqueda de sentido en un mundo que se tambalea, asediado por los fantasmas de la guerra, entronca directamente con la idea benjaminiana del coleccionista como antídoto contra la dispersión. ¿No ha saltado todo por los aires? ¿No va a saltar de nuevo con la siguiente contienda? ¿Por qué entonces vamos a disponer los hechos de un modo lineal? “Nadie sabe orientarse en la oscura noche láctea cuando, a cada paso, el mundo vacila y se da la vuelta.” Los vínculos lógicos son pues sustituidos por las conexiones azarosas que traza el pensamiento. Las perspectivas, como en el cubismo, se multiplican; las asociaciones son infinitas; todo se relaciona con todo, en los paneles de Aby, en las páginas de este libro y en la mente del espectador. Y así como la fotografía es testigo mudo de una época que se ramifica y estalla, los informes médicos de los que parte la autora francesa para narrar la crisis psicótica del alemán nos muestran al pensador desde un ángulo inusitado que enlaza con el viejo diálogo entre el arte y la locura.

En algún momento, Marie y Aby se solapan como las estampas en el torreón ramoniano, que afirmaba que “lo que en realidad maravilla al hombre es ver las cosas superpuestas. La superposición que consigue en construcciones, ideas, en fantasías, es lo que cree que le hace trascendente”. ¿Acaso no es eso el Atlas Mnemosyne de Warburg? ¿Acaso no parte de la misma premisa que el inventor de la greguería, esa que reza: “la imagen de una sola cosa ya no quiere decir apenas nada. Es necesario complicarla, injertarla en otras, herirla en el pecho”? El historiador del arte, además, compondrá su obra magna y su archivo “a fuerza de lagunas, manchas, nebulosidades e inversiones de perspectiva”, pero aquí también será el espectador el que acabe uniendo los puntos.

Esta biografía extraña –la única verdaderamente fiel, cabría pensar– se mete en la cabeza de su protagonista y nos la muestra como en una sala de despiece a la inversa, con todas sus partes separadas y clasificadas en piezas más pequeñas para que las unamos mientras leemos. Y, así, en ese puzle braquiano, vemos al descendiente de una familia de banqueros judíos, al erudito, al especialista en el Renacimiento, al defensor de los iconos, al paranoico, al viajero, al investigador, al conferenciante, al padre de familia que sonríe para la foto. La decisión de ensamblar retazos de vida de Warburg como si montara los volúmenes de su biblioteca (con conexiones inauditas que dibujan líneas imaginarias entre sus páginas) es, qué duda cabe, acertadísima, pero lo realmente asombroso de la novela es la destreza –el arte, más bien– de Quatrebarbes para convertir un expediente clínico en poesía y para adentrarse en el abismo de la mano de su personaje y transformar la narración en música, las fobias en imágenes y las alucinaciones en metáforas, logrando además desaparecer del relato sin ser vista. Su lirismo dota al texto de un halo casi fantasmagórico que consigue que veamos aquello y a aquellos que hace tiempo que dejaron de existir. Nos hallamos ante otro atlas de la memoria, otra colección que ordena a la vez que desordena, otro “enigma jamás revelado por completo”, otro tiempo descentrado, salvaje, donde cualquier cosa, por pequeña que sea, tiene alma.

Chesterton decía que el loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo excepto la razón. Warburg, que no dejó de pensar ni en plena esquizofrenia, se cura cuando dicta su conferencia en Bellevue, en abril de 1923. El ritual de la serpiente lo saca magullado de la oscuridad en la que ha vivido durante un lustro y vuelve al mundo, que es lo mismo que decir que vuelve a intentar dotar de sentido al mundo, como en ese otro poema de Szymborska que dice: “Después de cada guerra / alguien tiene que limpiar. / No se van a ordenar solas las cosas, / digo yo.” ~


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: