Benditos antitaurinos

Me interesa este sacrificio de animales público y cruento, entre otras razones, por su extrañeza, porque no lo entiendo bien.
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Señal de la salud de la tauromaquia es la suma de columnas antitaurinas. Benditos maestros, larga vida a su propósito. A la clásica de Vicent se ha unido desde hace unas temporadas la del tocayo de este, Arias Maldonado, quien, a su vez, podría decirse que no está lejos de ser un maestro para periodistas más jóvenes que también han escrito contra la muerte del toro, y a los que solo les afeo el nombre de pila. Es una pena que no se llamen Manuel. Podríamos referirnos a todos ellos como Los Manolos para abreviar.

Supongo que unas miajas de humor ayudan para abordar casi cualquier tema, incluso para dirimir un caso como el que nos atañe, uno de los pocos que soporta a mi gusto y a mi juicio una alta dosis de solemnidad: la actividad a la que tengo por la más extravagante de cuantas se dan sobre la faz de la Tierra. De entre todo lo que hacemos los seres humanos, ¿hay algo más extraño? A mí, por ejemplo, me interesa este sacrificio de animales público y cruento, entre otras razones, por su extrañeza, porque no lo entiendo bien, no lo termino de pillar, siempre se me escapan cosas. Por eso me resulta seductor que alguien que no asiste o que asistió en contadas ocasiones a ver algo tan raro vea tan clara la solución al enigma: su abolición.

Supongo que no les molesta que nos dediquemos como especie cada día, cada hora y cada segundo de nuestra vida humana a sacrificar animales. Entiendo que esto lo podemos descartar. Entiendo que lo que molesta no es la muerte que procuramos a los animales para comerlos después, sino el modo en que se la procuramos. Si nos centramos pues en el modo, me pregunto si hemos de descartar todos los demás modos en los que matamos para comer o si, por el contrario, sería justo que los debatiéramos a la par, sin tratos de favor. Supongo que junto a ello también podríamos hablar, pensar, discutir… sobre el modo en que criamos a los animales que sacrificamos sin ritual alguno. Entiendo que cabría incluso sumar a los temas de la crianza y el sacrificio, pues no son los únicos importantes, otros temas añadidos y principales como la forma en que los domesticamos, los vestimos, los castramos, los medicamos, los peinamos, los paseamos, los encerramos en pisos, los llevamos al cine o al psicólogo, etcétera.

¿De qué queremos hablar? Me parece que se humilla a los animales que vuelan si se los obliga a vivir en jaulas. Por descontado creo que es indigna la vida urbana en un cuarto de estar de los que serían mucho más felices en el campo, en su medio, sin correas ni horrendas vestimentas de supuesto abrigo. ¿Por qué se castra a los animales? ¿Por qué se les impide el libre ejercicio de su sexualidad y se lastra la procreación? Las preguntas son muchas, pero pocas las ganas de afrontarlas, pues el asunto es bien complejo. Mucho más sencillo es tomar al toro de lidia como chivo expiatorio abstracto e intelectual, cuando el toro ya lo es de forma literal. Si queremos hablar de la manera en que sacrificamos a los toros de lidia y solo de eso, entiendo que, al menos, podremos matizar. Es evidente que no hay afán de tortura, por ahí no paso, pero sí de mengua.

¿Por qué se menguan las facultades de los toros de lidia con puyas? Diría que lo que se hace a los toros es reducirles con semejantes artilugios sangrientos su enorme fortaleza, o sea, se usan artificios para sacrificarlos después con el menor de los artificios, es decir, de poder a poder, con apenas un trapo y una espada. Insisto en que no lo tengo claro, pero esa es mi idea. Los hombres sacrifican animales en una plaza pública como si lo estuviesen haciendo a campo abierto, en la dehesa o en la jungla. Acotamos el espacio de la vida salvaje, creamos un escenario ritual, traemos el campo a la urbe, no tanto para ayudarnos frente al toro cuanto para proteger del toro a todos los que no participan de su sacrificio, tanto a los que son espectadores de su muerte como a todos los demás, incluidos quienes no quieren verlo ni desean participar y, especialmente, a quienes son contrarios. Es evidente, ¿no? Se les dice: Miren, esto que ven acotado de forma circular es una plaza de toros; aquí se sacrifican animales de una forma cruenta. No pasen, no entren, no vengan. A veces hasta se les pone, para que lo tengan claro del todo, por si les queda alguna duda: «No hay billetes». ¿Qué más quieren? El rito (la caza) y el ritual de la tauromaquia, por tanto, no hace otra cosa sino proteger a los antitaurinos, a los que necesita sanos y salvos, vivos, hermosos, inteligentes, brillantes, filósofos y periodistas, incólumes y columnistas, con dudas y sin dudas.


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