Casa Rorty LXX: Henry James descubre América

El escritor estadounidense, que vivió casi toda su vida en Inglaterra, viajó a Estados Unidos a principios del siglo XX y se encontró con un país moderno y obsesionado con el dinero.
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Sabido es que los Estados Unidos de América han celebrado el aniversario de su Declaración de Independencia y aprovechado la ocasión –digamos– para organizar a la fase final de la Copa del Mundo de fútbol; han proliferado las reflexiones sobre su experimento nacional y este mismo blog se sumó a la moda hace un par de semanas. También era previsible que el nombre de Alexis de Tocqueville saliera a relucir: el largo viaje que hiciera el gran pensador liberal francés a lo largo y ancho de la joven república en 1831, cuyo resultado son los dos volúmenes de La democracia en América, constituye una referencia inevitable cuando se habla de la gestación y desarrollo de la sociedad norteamericana. Sin ir más lejos, The Economist ha publicado un excelente podcast –titulado Tocqueville road trip– que sigue los pasos del joven aristócrata francés y contrasta sus observaciones con el actual estado de la república. ¡Bien está! Pero Tocqueville no es el único viajero capaz de iluminar la realidad estadounidense y por eso sugiero que prestemos atención a la travesía emprendida por el novelista Henry James a principios del siglo XX, momento en el que regresa a su país natal tras veinte años de ausencia y lo recorre de cabo a rabo, dejando cumplida noticia de sus agudas impresiones en un libro –The American Scene– que hasta donde yo sé continúa inédito en nuestra lengua.

Decepcionado por la cualidad provinciana de la vida estadounidense, James había dejado Estados Unidos en 1882 para instalarse en Inglaterra –vivía en una casa de campo en Sussex en compañía de su ama de llaves– y conocer a fondo Europa en general e Italia y Francia en particular. Durante ese periodo, da forma definitiva a su ingente y formidable corpus literario: autor de innumerables novelas, relatos cortos y ensayos, James es uno de los supremos estilistas de la literatura universal y contribuye decisivamente –junto a Joseph Conrad– al advenimiento del modernismo. Baste señalar que había publicado Washington Square y Retrato de una dama antes de dejar Massachussets; que durante sus años ingleses aparecen La princesa Casamassima o La musa trágica; que cuando experimenta el deseo de regresar a casa está a punto de culminar esa majestuosa trilogía final que componen Las alas de la paloma, La copa dorada y Los embajadores. Era un autor conocido y reconocido, que sin embargo envejecía sin remedio ni familia propia en la verde campiña inglesa. Solo había regresado ocasionalmente a Estados Unidos para asistir a algún funeral; pese a los avances experimentados por la navegación comercial, no era una travesía que pudiera emprenderse con ligereza.

Pero fue justamente en el interior de un barco, según cuenta su biógrafo Leon Edel, donde James sintió la llamada del nostos. Había acudido al puerto de Tilbury a despedir a su amigo John La Farge y a su hija, que partían hacia Estados Unidos en el Minnehaha, y después de acompañarlos a su camarote se dijo a sí mismo –escribió luego– que “la oportunidad es ahora o nunca; quédate y navega; toma prestada ropa, un cepillo de dientes, un baúl, cien dólares; nunca volverás a tenerlo tan cerca”. No lo hizo y volvió a casa, aunque no sin comprender que su deseo era demasiado fuerte para ser ignorado: “Debo regresar antes de hacerme demasiado viejo y, sobre todo, de que me importe ser demasiado viejo”. Y aunque su hermano William, con quien siempre mantuvo una relación cercana y difícil, trató de disuadirlo, advirtiéndole sobre la falta de modales de los estadounidenses y las penurias asociadas a los largos desplazamientos allí requeridos, las palabras del filósofo no amilanaron al novelista.

Pese a decirse a sí mismo que el viaje le proporcionaría nuevo material para su escritura, cabe suponer que su momento vital –“los días transcurren y pasan, cargados como una caravana de camellos a lo largo del desierto de mi soledad”, había escrito a su amiga Grace Norton– y la necesidad íntima de reencontrarse con su tierra pesaron más que cualquier otro motivo. Salvo, acaso, la curiosidad: los Estados Unidos viven entre 1882 y 1904 su Gilded Age o “edad dorada” y se habían convertido en ausencia de James en una potencia global donde se tiraban miles de kilómetros de línea férrea, los inmigrantes desembarcaban en masa, la industria se desarrollaba sin descanso, se multiplicaban los robber barons que amasaban fortunas colosales y el territorio nacional y sus áreas de influencia se expandían conforme a los dictados de la famosa doctrina Monroe. Si James había dicho ya que ser norteamericano es “un destino complejo”, el creciente protagonismo global de su país le obligaba a recorrer el gran país y mirarlo con nuevos ojos. Y así es como, tras disponer el alquiler de Lamb House y apalabrar el cuidado de su ama de llaves y de Max, su querido dachshund, James embarca el 24 de agosto en el Kaiser Wilhelm II; seis días después llega a Hoboken, Nueva Jersey, donde da comienzo su periplo.

Irá dando cuenta del mismo en piezas publicadas en revistas como North American Review y Harper’s Monthly Magazine, que luego corregirá con el fin de componer The American Scene; nunca verá la luz, sin embargo, el segundo de los volúmenes previstos, dedicado al Oeste del país y titulado The Sense of the West. Es posible que le pesara el fracaso comercial de la edición de Nueva York de su obra completa, en la que había depositado grandes expectativas y que le requirió un notable esfuerzo, pues James escribió prólogos y revisó los textos de todas sus novelas. Y aunque comenzó asimismo una novela basada en las impresiones causadas por el viaje, The Ivory Tower, donde se ocupaba de la adquisición de riqueza y de la culpa asociada al fraude, jamás la terminó. Con la excepción de The Outcry, una breve novela sobre los medios de comunicación y su tratamiento del escándalo social, en esos años finales James solo publicó memorias personales y algunos ensayos. Luego ya vendrían la I Guerra Mundial, la vejez, la muerte.

En todo caso, James pensaba financiar el viaje con esos artículos e impartiendo conferencias on the road sobre temas como el habla de los norteamericanos o el arte de Balzac, a cuya traductora estadounidense –Katherine Prescott Wormeley– visita en New Hampshire. Y por más que sus notas de viaje estén llenas de críticas al espíritu capitalista (“ganar tanto dinero que no te importará, que no te importará nada –esa es sin duda, creo, la principal fórmula americana”), su preocupación por el dinero es constante y se sorprende al constatar –lo señala Peter Brook en Henry James Comes Home, publicado el año pasado por la editorial New York Review Books– que la aventura estadounidense fue un éxito financiero. Ciertamente, el hombre tenía sus gastos: pasó medio viaje acudiendo a la consulta del dentista, lo que viene a emparentarlo con ese Martin Amis que también sufrió de lo lindo a causa de su mala salud bucal. James, dicho sea de paso, elogia el aspecto dental de los norteamericanos y se diría que su término de comparación son los ingleses:

Todo el mundo, en “sociedad”, tiene buenos, hermosos, bonitos y sobre todo cuidados y mimados dientes; de manera que el espectáculo frecuente que ofrecen otras sociedades, con sus extrañas irregularidades, protrusiones, deficiencias, colmillos y cavidades, está aquí fresca y consoladoramente ausente.

Vaya por delante que The American Scene no es un libro ligero: mi vieja edición de Penguin tiene 340 páginas de letra apretada y la prosa es la típica del James tardío, una prosa envolvente que se toma su tiempo para decir las cosas, para perseguirlas más bien, buscando la máxima precisión a la hora de describir los meandros de la subjetividad y los detalles de la exterioridad. Irving Howe lo considera un libro que invita a ser declamado en voz alta, como si hubiera sido escrito en una forma de oratoria. El novelista se coloca en la posición del observador-participante, dedicado a la extracción de significados a partir del estudio de una realidad informe que no parece explicitarlos fácilmente. Por algo dice, refiriéndose a la historia, que esta última no es nunca el crudo recuento de lo que “pasa”, sino la refinada complejidad que sale de nuestra lectura de lo que pasa. De ahí que a menudo se refiera a sí mismo en tercera persona como “analista incansable”; justo es reconocer que hace honor a su nombre. 

Democracia y dinero en América

¿Y qué es lo que llama la atención de James? El tema fundamental del libro es la democracia; el impacto de la democracia. Nos habla James así de “la monstruosa forma de la democracia, que proyecta su sombra cambiante y angular sobre cada centímetro del campo de visión”. Siendo esa la razón bien conocida por la que masas enteras de europeos viajan a Norteamérica, a James le sorprende comprobar la intensidad del efecto que produce sobre la sociedad entera: “Puedes hablar de otras cosas, y lo haces tanto como puedes; pero en realidad estás pensando en esa cosa sola, que lo pone todo a su merced”. Huelga decir que a James, a quien Theodore Roosevelt –con quien cenó en la Casa Blanca– consideraba un “pequeño y miserable esnob”, la democracia le parece una forma de organización social de resultados ambiguos; imbuido del sentido europeo –británico– de la jerarquía social e inclinado a la alta cultura y las maneras sofisticadas, el autor de El americano no podía sentirse del todo cómodo en unos Estados Unidos donde la vulgaridad constituía el resultado natural de la igualdad. Es a menudo víctima de sus sesgos de clase; no deja de reproducir los estereotipos raciales de la época. Pero su juicio es él mismo ambiguo, nunca tajante, abierto a revisión; James no se limita a condenar aquello que –como le había advertido su hermano– le disgusta, sino que indaga en el fenómeno y estudia su propia reacción a él. Todo lo cual convierte la lectura del libro en una experiencia rara y satisfactoria.

James desembarca en Hoboken y, tras una cena imprevista en casa del presidente de la editorial Harper & Brothers donde goza de la compañía de Mark Twain, visita a su hermano William y a su esposa –con quien mantenía una excelente relación– en Massachusetts. Recibe allí una primera impresión negativa: el campo no está cuidado; Arcadia luce deshabitada. Por más que señale con agudeza que “comparar un orden social simplificado con un orden social donde el feudalismo echó fuertes raíces es la mejor forma de medir la penetración del feudalismo”, lo que apunta hacia Europa, lo que quiere decirnos es que la ausencia de “señor y clérigo” conduce al abandono de una tierra demasiado abundante. Asoman incluso en su reflexión elementos de un ecologismo temprano: la tierra desea “ser gustada, querida, vivida, que permanezcan con ella, se la trate con bondad, con cortesía o admiración”; es como si pidiera que se hiciera algo con ella, como si esperase trabajar mano a mano con el ser humano en beneficio común. En suma: James detecta una falta de forma en el paisaje que encontrará eco en la falta de maneras de los estadounidenses y aun en su habla descuidada y carente de individualidad. Y paseando por los pequeños pueblos de Nueva Inglaterra, el novelista no dejará de apreciar una uniformidad característica de la nueva república:

Lo encantador –si esa es la mejor manera de verlo– es que la escena es siempre la misma (…). Estas comunidades se desvían tan poco del modelo que a menudo te preguntas cuál es la señal o la diferencia que permite distinguirlas unas de otras.

Tampoco el reencuentro con su Nueva York natal le causa de entrada una grata impresión: la ciudad ha cambiado de manera acelerada y lo ha hecho sin criterio ni sentido de las proporciones. Su prosa brilla plena de matices cuando describe las condiciones de su retorno:

La primera juventud de uno había estado llena de Nueva York, y ahora uno se encontraba de manera absurda de nuevo con ella, topando en cada esquina con la vista, el sonido, el olor, e incluso con el caos de la confusión y el cambio; un proceso durante el cual el reconocimiento se hizo más interesante y sorprendente a medida que se hacía más difícil, como la pronunciación de frases en lengua extranjera de las que uno apenas conoce la mitad de las palabras (la cursiva es mía).

No me resisto a reproducir –de la mano de mi pobre traducción– un pasaje posterior en el que James, tras afirmar que Nueva York es la ciudad que con más fuerza florece bajo el influjo de sus propias condiciones, describe una relación con la ciudad “casi inexpresablemente íntima, que produce a diario una melodía de piano tan continua, tan libre de transiciones bruscas, que pareciera que sobre ella tocasen los dedos de un pianista experto”. Aunque le fascina la majestuosa serenidad del Hudson, en cuya ribera visita la Tumba de Grant, le repelen los nuevos rascacielos que se yerguen en buena parte de Manhattan: impúdicamente nuevos y asimismo novedosos, carecen de historia y se consagran a un empleo comercial que los condena a una “cara provisionalidad”; a diferencia de los grandes edificios europeos, no hablan al paseante con la autoridad de quien se sabe duradero. Lamenta James: “Una historia es buena hasta que se cuenta la siguiente, y los rascacielos son la última palabra del ingenio económico solo hasta que se escriba otra”. Bajo la sombra que proyectan, la Trinity Church queda empequeñecida y fuera de escala; la belleza es derrotada por la moda. Dígase en descargo de James que los rascacielos levantados por aquel entonces tenían una vida media de 30 o 40 años –eran realmente provisionales– y carecían del valor estético de obras posteriores como el Chrysler o el Empire State. Y es verdad que la ciudad crecía sin freno y sin plan, conociéndose de un día para otro la noticia de que tal o cual edificio o calle va a ser demolida, razón por la cual James le reprocha “una constante incapacidad para persuadir” de que es fiel a algún propósito que no sea el crecimiento por el crecimiento:

Aquí se mostraba lo caro como un poder en sí mismo, un poder sin guía, sin dirección, prácticamente inaplicado, en verdad ejerciéndose en un vacío que no puede responder, que no tiene nada –¡pobre gentil, paciente, moroso, pero del todo indefenso, vacío!– que ofrecer a cambio.

Así que la “crudeza del dinero” golpea a James con fuerza, hasta el punto de que pone en boca de las casas de los millonarios una declaración de impotencia: aunque somos caras, dicen, no tenemos nada que ver con la continuidad, la responsabilidad o la transmisión, ni nos preocupa lo que sea de nosotras una vez que hayamos servido a nuestro actual propósito. De la misma manera, encuentra que Newport se ha convertido en un patio de recreo de los superricos y nada tiene ya que ver con la pequeña localidad novoinglesa que disfrutó en su infancia. Todo ello denota, para un amante de las nobles tradiciones, un “repudio perpetuo del pasado, en la medida en que haya existido un pasado que repudiar, en la medida en que ese pasado tuviera cualidades positivas más que negativas”. Y la responsabilidad recae sobre unas élites políticas y económicas que carecen de sentido del decoro: si James hubiera tenido entonces una visión profética de Donald Trump, magnate inmobiliario convertido en presidente, apenas hubiese arqueado una queja: ¿de qué sorprenderse? Irónicamente, cuando retorna a Nueva York meses más tarde tras una estancia en el Far West, le parece estar reencontrándose con una vieja civilización: “habida cuenta de que algunas necesidades del espíritu deben ser de alguna manera satisfechas, uno se apresura a buscar cualquier alternativa capaz de saciar ese apetito”. Nada de lo cual, en fin, le impide lanzar un grito final casi whitmanesco: “¡Extraordinaria, inefable Nueva York!”.

Extranjero en su propio país

Es también en Manhattan donde James observa que la “sociedad” neoyorquina carece de la articulación característica del viejo continente. De una parte, la ausencia de monarca la priva de un centro alrededor de la cual sus miembros puedan organizarse; de otro, apenas cuenta con la Ópera como institución que permite el reconocimiento mutuo. Recordemos el arranque de La edad de la inocencia, novela de Edith Wharton –gran amiga de James– primorosamente adaptada al cine por Martin Scorsese; todo pasa en la ópera. Y uno de los motivos de The American Scene es justamente la feminización de la vida social: ausente el hombre dedicado a tiempo completo a los negocios, recae en las mujeres la tarea de organizar la vida cultural; muchos de los clubes donde imparte su conferencia sobre Balzac, de hecho, son clubes femeninos. Para James, gran retratista de personajes femeninos, esto es un problema para las mujeres americanas, pues se encuentran con un campo demasiado libre y por el camino ven deformada su personalidad; un comentario sexista solo atenuado por la contumacia con que James afirma que ningún crecimiento es apropiado si carece de límites o marcos. Pero la mujer americana es superior al hombre americano: presenta un carácter menos comercializado y está más abierta a las generalidades. James, claro, exagera: al leerlo se tiene la impresión de que en Estados Unidos solo hay hombres de negocio y algunos dentistas; cuando también había una clase profesional formada por abogados, médicos o periodistas, además de académicos y una intelectualidad más o menos consciente de sí misma. 

Solo en Filadelfia reconoce James la existencia de una “sociedad” a la manera europea –gracias al “gran número de relaciones sociales orgánicas” allí presentes– que coexiste con una política municipal tan corrupta como la del resto del país. Y solo en Washington encuentra a hombres que participan en la vida social, despreocupados como están por hacer negocios. Describe a la capital federal como “la ciudad de la conversación”, siendo ella misma el tema de la conversación: “uno de los casos más completos, aunque probablemente también uno de los más felices, de autoconciencia colectiva”. Sin embargo, la capital federal le parece estéticamente fallida; teniendo siempre que hacerse las cosas en América a la manera americana, señala, los resultados son disímiles y en el caso de Washington desafortunados: el vacío histórico sobre el que se sostiene el país le priva de referencias y la capital lo paga con creces. Así como en Europa el peligro radica en que hay demasiadas cosas que decir, el peligro en América consiste en no tener lo suficiente. Hay poder: lo encuentra, con creces, en Chicago. Manca finezza! Y a esa falta de refinamiento contribuye esa “esponja saturada de mezcla extranjera” a la que culpa de la desaparición del Boston que conoció antes de expatriarse.

Estamos ante un aspecto controvertido y apasionante de The American Scene: el juicio de James sobre la inmigración masiva que recibían los Estados Unidos y de la que el novelista obtiene una impresión directa cuando visita la isla de Ellis. Es una visión impactante: dice James que lo que allí sucede ha de afectar a cualquier ciudadano sensible, hasta el punto de que regresará de su visita como una persona distinta; una cosa es la abstracción de los números y otra la presencia palpable de las masas recién desembarcadas que el cine –de Kazan a Coppola– nos ha transmitido mejor que ninguna otra forma artística. Ese ciudadano sensible, dice James recurriendo a un tema habitual de sus relatos, sentirá que ha visto a un fantasma en su vieja casa, a la que suponía segura; mejor será que los incautos –recomienda– no pasen por la isla de Ellis. Habla James del inmigrante como alien o extraño, un sinónimo que aún hoy se usa en Estados Unidos para el extranjero indocumentado; y se muestra perplejo por el cambio que su país natal está llamado a sufrir. Son tantos los inmigrantes y de tal calidad, afirma, que el nativo siente que su título de posesión se convierte en inseguro o inestable (unsettled); para recuperar la confianza, será el nativo y no el extranjero quien tenga que adaptarse: “Debemos ir más de medio camino en su busca; lo que por sí solo marca la diferencia, para nosotros, entre posesión y desposesión”. Ese mismo sentido de extrañeza asalta a James cuando visita los barrios del East Side poblados por italianos y judíos, a quienes despacha mediante clichés raciales típicos de un bostoniano de clase alta, sin dejar no obstante de admirarse por la vitalidad que en ellos encuentra. Pero él mismo se refuta:

¿Quién y qué es un extranjero, si nos paramos a pensarlo, en un país poblado desde el primer momento bajo el celoso ojo de la historia? –poblado, esto es, por migraciones a la vez extremadamente recientes y perfectamente rastreables y urgentemente demandadas. (…) ¿Quién es americano, con arreglo a estas medidas, y quién no es extranjero, al menos en gran parte del país, y dónde se fija la línea divisoria o se identifica cualquiera de las fases de la conversión, en alguno de sus momentos sucesivos?

Son preguntas que quizá no hayan encontrado todavía respuesta. Y tan pronto James lamenta el aspecto poco edificante de la mayoría de los inmigrantes como reconoce que ellos mismos no son ya tampoco lo que eran antes de llegar, pues se han visto “elevados” por el hecho mismo de haber desembarcado en los Estados Unidos en busca de una vida mejor. James trata de adaptarse a una realidad abrumadora que cambiaba a gran velocidad el país que había conocido y se aprestaba a destruir ese mundo estratificado que James había conocido en Inglaterra. Eso vale también para la lengua: tras pasear por un babélico Central Park y deambular por el East Side, James llega a la presciente conclusión de que el acento del futuro en los Estados Unidos “puede estar destinado a ser el más hermoso del globo y la música misma de la humanidad”, si bien al resultado, concede, no podremos llamarlo “inglés” en ningún sentido literario del término.

Otro de los momentos culminantes de The American Scene es la incursión de James en el Sur. Aunque nunca combatió, la Guerra Civil le marcó tanto como al resto de su generación y sin embargo ello no le impide experimentar el “romántico sentimiento” del Sur cuando se dispone a visitar Richmond. Su explicación, tras veinte años de vida en el extranjero, es razonable: “Europa había sido romántica en el pasado, porque era diferente de América; de donde se sigue que América pasó a ser romántica porque era diferente de Europa”. Pero la antigua capital de la Confederación le causa, en pleno invierno, una incurable decepción: ¡el Sur era esto! ¿Cómo podía ser tan plana y vacía una ciudad donde se había derramado tal cantidad de sangre? James acaba comprendiendo que la falta de referencias es ella misma una referencia; y una que alude a la esencia de la vieja idea sureña, o sea, a esa gran falacia que había costado la vida a cientos de miles de jóvenes:

Estaba saboreando la amargura misma del inmenso, grotesco y derrotado proyecto –el proyecto extravagante y fantástico, patético hoy en su locura, de un gran estado esclavo astuta y oportunamente aislado del mundo llamado a contenerlo y con el que había de comerciar.

El aire en Richmond estaba cargado con la vanidad y fatuidad de quienes defendieron ese proyecto; aquellos que, enfrentados a la realidad del negro, respondieron a ella con violencia. Y James relata su encuentro con un habitante de la ciudad a quien juzga incapaz de matar una mosca norteña; sin embargo, lo ve muy capaz de matar –con una sonrisa– a un negro sureño. De ahí la “pobreza histórica” de Richmond y de ahí la tragedia del Sur, que consiste en haber adorado a falsos dioses. Cuando James mira hacia atrás, antes de marcharse, contempla la estatua del General Lee: “Reconocí algo más que la melancolía de una causa perdida. Esa infelicidad nos habla de una causa que nunca hubiera podido salir victoriosa”. Por fortuna, la cercana Charleston le permite reconciliarse con el Sur, pese a vivir un episodio lamentable en la estación de tren donde se encuentra perdido de madrugada y sin poder recurrir a “sirviente” alguno; al día siguiente James percibe la dulzura del lugar tal como se manifiesta en su clima y sus viejas mansiones. Pero se da cuenta de que ese Sur amigable antecede al proyecto esclavista y la guerra civil: un pasado menos viciado que hoy parece, por el momento, irrecuperable.

Obsesionados con el presente

Tal como señala Peter Brook, la sociedad americana no podía satisfacer las exigencias de James; ninguna sociedad hubiera podido hacerlo. Y John Sears nos recuerda, en su introducción a The American Scene, que las críticas a la falta de maneras de los americanos se extienden a sus élites: ningún grupo social se salva de la quema. Tiene por ello su gracia que James se pregunte si el espíritu americano no será el espíritu del hotel, cuyas posibilidades abstractas encuentra arruinadas por la tendencia incurable a la uniformidad y el gregarismo. Pese a alojarse en el Waldorf Astoria de Nueva York, entre otros muchos hoteles de postín, James juzga del todo falsa la felicidad de los huéspedes, convertidos en un “ejército de marionetas” en manos de la dirección del establecimiento. Si hubiera conocido la evolución de la industria de la hospitalidad y sabido –por ejemplo– del auge de los parques de atracciones entre sujetos adultos, James hubiera levantado una ceja y exclamado “¡yo ya lo dije!”. Y por eso mismo son llamativos los elogios que James dispensa al country club como invención a la vez muy norteamericana y muy democrática.

Porque el gran espectáculo del escenario americano es el que proporciona una democracia que opera a gran escala y actúa como un explorador ártico que avanza cortando el hielo; en ese contexto, el club de campo es “una clara felicidad americana; un producto completo del suelo y del aire de la única sociedad que podría haberlo hecho posible”. En ellos arde la llama de la democracia, pero no lo hace sobre la base de la igualdad sino sobre la de la elegibilidad: solo quienes adquieren la prosperidad necesaria y pertenecen a la mayoría blanca pueden adquirir su membresía. Y de ellos solo forma parte la familia como unidad social esencial del proyecto estadounidense –“los modales americanos registran la apoteosis de la familia”– en ausencia de un individuo para el que sencillamente no hay lugar en ningún club de campo. Quien se solaza en ellos es “el pueblo que ha llegado” y, más aún, que ha “desembarcado” en masa. James sabe que los clubes de campo no funcionarían sin exclusiones; se reservan el derecho de admisión. Pero considera que esa discriminación nada tiene que ver con la cuna, ya que obedece al “mero funcionamiento de la máquina” democrática. Dejando a un lado la discriminación casi automática de quienes no son blancos, James propone una formulación impecable: “La naturaleza y la industria producen diferencias a la misma velocidad a la que las constituciones proclaman la igualdad”. O sea: una cosa es la igualdad de derechos y otra el resultado socioeconómico que se deriva de su ejercicio.

Ahora bien: James termina su libro con una reflexión que el editor estadounidense declinó publicar; solo la edición inglesa incluyó unas páginas finales tituladas “The Last Question” en las que James describe su viaje de regreso al Este en tren Pullman mientras contempla el paisaje americano y enfatiza la destrucción irreflexiva de una bella tierra virgen cuyos pobladores originarios –originarios hasta donde sabemos– fueron desposeídos por la fuerza de su hogar. James se pone en el lugar del painted savage o “salvaje pintarrajeado” que es el indio americano: se pregunta dónde está el encanto de lo que se ha hecho con la inmensidad americana y se responde que lo único evidente es aquello que no se ha hecho con ella. Si yo fuera un indio desposeído, escribe James, me impresionaría más lo que se ha hecho que lo que se ha dejado sin hacer, porque no podría perdonar el salvajismo ni la desfiguración ni la violencia con que el hombre blanco ha actuado.

Pero James es James y no un indio americano, así que dice aceptar los estragos asociados a la colonización… lo que le permite justamente reprochar al “civilizador” todas las cuentas que ha dejado sin pagar. James acusa: “tu supuesto mensaje civilizatorio solo es una receta colosal para la creación de cuentas pendientes”. A su juicio, los norteamericanos han destruido la gran tierra solitaria y plantado en ella las semillas de una fealdad sobre la que proceden de inmediato a desentenderse de manera cínica, como si el fruto de sus acciones nada tuviera que ver con ellos, dejando preguntas sin responder “como una madre monstruosa y antinatural deja a sus niños huérfanos en un portal o sala de espera”. ¡Casi nada! Hay que imaginar la cara del editor norteamericano cuando leyó este pasaje: la condena es inapelable y la dicta uno de los suyos. Ha de reconocerse al viejo James que formula unas preguntas incómodas que nunca han dejado de perseguir a los estadounidenses, unos estadounidenses que –como el propio analista incansable señala páginas atrás– viven obsesionados con el presente: “¿Con qué vas a construir tu futuro, a pesar de tus aires de grandeza, si puede saberse?”. Seguimos aguardando respuesta.


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