Fotograma de Engendro, de Hanna Bergholm.

Fantasia 2026: esperar lo inesperado

Fantasia, el festival de cine fantástico más importante del mundo, acoge películas con genuina vocación disruptiva. Esta breve selección lo demuestra.
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Organizado en el centro de Montreal, el Fantasia International Film Festival –o, simplemente, Fantasia– ha llegado en estos días a su 30ª edición. Se trata del festival de cine fantástico y/o de género más importante de América del Norte y, sin duda, uno de los más eclécticos del mundo. Me refiero a que tanto en su sección competitiva –la Cheval Noir, con 13 largometrajes provenientes de todo el orbe– como en las otras secciones –Animation Plus, Horizon 2026, Underground, Fantasia Retro, Documentaries from the Edge, Genre du Pays–, el común denominador de todas las películas no es su pertenencia estricta a un género fantástico en específico –la ciencia ficción, el horror, las aventuras– sino a una genuina vocación disruptiva, más allá de que el resultado sea más o menos logrado. De acuerdo con mi experiencia –y ya tengo varios años cubriendo este festival canadiense–, lo único que se puede esperar de la programación anual de Fantasia es lo inesperado.

El mejor ejemplo, entre todos los filmes que he visto hasta el momento, es No rest for the wicked (Dinamarca – Islas Feroe – Islandia, 2026), segundo largometraje de Kasper Kalle. Ubicado en las Islas Feroe en 1862, la cámara de Jacob Moller nos presenta un escenario agreste, lluvioso, grisáceo, en donde no hay un solo árbol a la vista. El joven pescador Baldur (Egor Venned), único sostén de su correosa madre Ásla (Sofia Nosloe), intenta salvar a un desconocido que parece perdido en su pequeño bote, entre las olas y las rocas, solo para ser rescatado él mismo cuando el muchacho cae desmayado al agua. El extraño, Helge (Pilou Asbaek), resulta ser un carismático ballenero que está viviendo en ese rincón del mundo solo por un tiempo, mientras se sube a otro barco a seguir su vida de aventuras. Aunque al inicio parece que la inevitable relación amorosa será entre la aún atractiva madre y el sonriente y descarado ballenero, muy pronto nos damos cuenta que el amor tiene otros rumbos, cuando seamos testigos del intenso cruce de miradas entre Baldur y Helge.

Basado en el prohibido cuento corto “Manor”, del escritor y latinista danés precursor de los derechos de los homosexuales Karl Heinrich Ulrichs (1825-1895), he aquí, en primera instancia, un apasionado y apasionante romance gay en un escenario distante pero nada frío, pues el indomable océano que rodea a los dos protagonistas, con sus rugientes olas azotando en las rocas, parece contagiado del deseo de estos dos hombres que apenas si pueden ocultar su amor. Una tragedia cambiará el curso de la historia, pero no de la pasión que une a Baldur con Helge, por lo que en la segunda parte de la película veremos una versión gótico-vampiresca de lo que significa amar más allá de la tumba –o, incluso, desde la tumba.

El relato original de Ulrichs, “Manor”, fue publicado en 1884, trece años antes del Drácula (1897) de Bram Stoker, por lo que se trata no solo de un precursor de la literatura de horror vampírica, sino de la primera conexión directa entre la homosexualidad –o el “uranismo”, como lo llamaba Ulrichs– y un amor que no era de este mundo, porque trascendía todo lo terrenal y solo podía consumarse a través de un abrazo de sangre e inmortal. Un cuento extraordinario al que, más allá de algunos excesos en la ejecución –esa tramposa manía de los sueños dentro de otros sueños–, el director Kasper Kalle le hace plena justicia. No me extrañaría que No rest for the wicked ganara algún premio en este festival o en cualquier otro que se presente.

Otro filme de horror mucho más directo, ubicado no lejos de las Islas Feroe, es Engendro(Nightborn, Finlandia – Lituania – Francia – Reino Unido, 2026), segundo largometraje de la ascendente cineasta finlandesa Hanna Bergholm (notable ópera prima Cría siniestra [2022]), también presentado en la competencia oficial Cheval Noir.

Insólitamente estrenada comercialmente en nuestro país hace apenas unas semanas –seguramente todavía está en algunas salas nacionales–, Engendro traza la historia de la madura madre primeriza Saga (Seidi Haarla), quien llega con su buenazo marido inglés Jon (Rupert Grint) a vivir en la olvidada casa de la abuela, ubicada en algún lugar del interior boscoso finlandés. Saga llega embarazada a esa abandonada mansión familiar donde, incluso, ha crecido un árbol en medio de la sala, y no termina de quitar el polvo, arreglar las puertas y limpiar los pisos, cuando la mujer pare a un robusto niño con mucho pelo por todas partes y muy fuertes pulmones. La nueva mamá pasa de la emoción al desconcierto, de ahí al agotamiento y luego al genuino pavor, pues el bebé, al que ha bautizado en un impulso como Kuura, no es como ella lo esperaba.

¿Otra versión de la insuperable El bebé de Rosemary (Polanski, 1968)? Algo por el estilo, aunque aquí la amenaza no proviene de Satanás sino de la naturaleza misma, del bosque y de sus árboles –algunos con brazos que rozan los cuerpos, otros con rostros que emergen de los troncos–, que parece que son los verdaderos progenitores de ese bebé que aprende muy rápido no solo a caminar sino hasta a morder, cual pariente finlandés del bebé asesino de la película de cultosetentera El monstruo está vivo (Cohen, 1974). En el argumento original escrito por la propia directora no falta el subtexto de la maternidad como una experiencia tan creadora como (auto)destructiva –parir un hijo no solo cambia el cuerpo de la madre sino el sentido mismo de la existencia y no se puede compartir con el marido, por más comprensivo que este sea– aunque, para los amantes de los excesos sanguinolentos, Bergholm deja toda sutileza alegórica de lado en un desaforado desenlace hiperviolento con todas las de la ley… del monte.

Finalmente y a propósito de violencia. Attack on Paradise (Bélgica – Países Bajos, 2026), segundo largometraje de Bob Colaers, está lleno de golpes, corretizas, balazos, explosiones y hasta patadas voladoras. El joven belga-marroquí Suleyman (Saïd Boumazoughe) es acosado en la calle por un par de policías; al responder a la agresión, es detenido y enviado a la cárcel durante siete años. Al salir, Suleyman regresa muy tranquilo, sin ganas de pelear, a los edificios “Paradise” del título, en el barrio más bravo de Amberes, solo para encontrar que su madre anciana ha sido trasladada a otro departamento, que el dueño de todo el lugar es un mafioso apodado el Príncipe (Achmed Akkabi) y que la policía belga está preparando la captura de un importante capo.

Quiero pensar que las tácticas de la policía belga no son las mismas que se presentan en este emocionante filme de acción –los cuicos de Amberes disparan a la brava y luego averiguan– y, también, quiero creer que Bélgica es un país más civilizado de lo que vemos en esta película, pues el barrio en el que ocurre todo es tan violento y matan a cualquiera con tal facilidad que, en comparación, la ciudad en la que vivo, Culiacán, parece Disneylandia. En todo caso, me queda claro que estamos antes una muy entretenida fantasía policial en la que un buen descendiente magrebí termina ayudando a una guapa policía novata y mamá soltera (Clara Cleymans) para detener a un malvado descendiente de migrantes que, eso sí, manda sobre una variopinta banda de malandros, entre los que se hacen notar una atlética mujer negra de pocas pulgas, un tipo que alterna el holandés con el español chileno  y otro más que grita “cabrones” con mucha enjundia y claro acento mexicano. En otras palabras, la mafia belga será muy violenta, pero es diversa e inclusiva.

El director Colaers monta con eficacia las innumerables escenas de acción del filme y las varias peleas a mano limpia protagonizadas por el Suleyman de Boumazoughe quien, por cierto, se presenta como el perfecto héroe reluctante: el arquetipo del guerrero que regresa a su lugar de origen buscando tener una vida tranquila, solo para que la realidad lo obligue a volver “a lo de antes”. Y es que los belgas son bien violentos. ~


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