El anhelo de viajar nunca se apaga. Desplazarse para conocer; moverse para descansar; buscar en tierra extraña lo que la propia nos niega; marcharse expulsado de la patria que uno ama. “La idea de viajar me da nauseas” (Pessoa); “viajar estrecha la mente” (Chesterton); “viajar es el paraíso de los tontos” (Emerson); la vida no es más que “un viaje a través de un mundo extranjero” (Santayana).
Viajar a otro país, viajar a otra ciudad, viajar alrededor del propio cuarto, viajar dentro de uno mismo, viajar por el espacio. Nuestras raíces no son físicas, podemos desplazarnos, vagar por la ciudad como Baudelaire, viajar para encontrarnos, viajar para perdernos. “Ya vi todo lo que nunca había visto. Ya vi todo lo que todavía no vi. El tedio de lo constantemente nuevo, el tedio de descubrir, bajo la falsa apariencia de las cosas y de las ideas, la perenne identidad de todo”, escribió Pessoa. Somos, continuó el portugués, “transeúntes eternos a través de nosotros mismos”.
Roger Bartra publicó en un breve y sustancioso libro sus reflexiones sobre el viajar: El oficio de ser extranjero. Compuesto de quince capítulos (“Ir a otro lugar para regresar”, “La vida, un viaje”, “El filósofo como turista”, “Huir de la nación”, etcétera), el libro de Bartra pasa revista a las situaciones más comunes del viajero –el turista, el migrante, el exiliado– pero se concentra en una condición, la del extranjero, la experiencia de estar fuera de la propia tierra, porque Roger Bartra se asume como tal.
Dado que el Homo sapiens surgió en algún lugar de África y ahora está diseminado por el planeta, todos somos extranjeros en la tierra que habitamos. Grandes viajeros los ha habido desde la antigüedad, “desde el marino cartaginés Hannón y el historiador griego Herodoto, pasando por el mercader italiano Marco Polo, el explorador magrebí Ibn Battuta y el navegante Cristóbal Colón, hasta el explorador portugués Magallanes y el capitán Cook de la Marina inglesa”. Los viajeros han ensanchado el mundo, con sus hallazgos han enriquecido la tierra de donde partieron. Antes se viajaba hacia lo desconocido, ahora se viaja a lo común, siempre con una guía simbólica en la cabeza (extraída de libros de viajes o de ensayos geográficos descriptivos), guía que se altera al llegar al destino: las cosas no son como creíamos, se parecen poco a las postales y a las impresiones de otros viajeros. Antes los viajes eran para familias pudientes, que ocupaban su tiempo para conocer, ahora se viaja en clase turista para descansar.
El capitalismo occidental ha homogeneizado los paisajes del mundo. Todas las grandes ciudades se parecen. En todas partes las mismas tiendas. Buscamos lo “auténtico” pero ya no existe. Los primeros viajeros que describieron lugares exóticos con sus viajes fueron acabando con la novedad de esos lugares. En Haití los nativos organizan ritos nocturnos en donde sacrifican gallos y hacen vudú para el consumo de los ávidos turistas. Se acabaron los viajes a lo desconocido. Lo “auténtico” se gastó. Lo “exótico” ahora es prefabricado. El turista se convirtió en una plaga.
Todo aquel que traspasa las fronteras del lugar donde nació se convierte en un extranjero. Se puede uno convertir en extranjero por decisión o de manera forzada. Hay quienes sufren su extranjería, otros rápidamente echan raíces y se aclimatan. El extranjero siempre ve de forma diferente las cosas y las costumbres locales de cómo las ve el nativo. Ver como extranjero lo propio (críticamente, con asombro, con desapego) puede ser una virtud asumida. Roger Bartra se siente extranjero en México, voluntariamente, no de forma espontánea sino como un proceso, que describe, poco a poco, en cada uno de los capítulos de este libro.
Cuenta Bartra, en El oficio de ser extranjero, que de niño se formó leyendo las aventuras de David Livingstone en África y de Percy Fawcett en Sudamérica. Muy joven viajó con sus padres a Nueva York, donde, dice, “aprendí a ser extranjero”. De regreso de ese viaje Bartra perdió confianza en la cultura mexicana, “me había vuelto un extranjero”. Quería escapar de sí mismo, conocer otros países. Se marchó a Venezuela, donde descubrió la democracia y descubrió, también, Latinoamérica. “Sentirme solamente mexicano me parecía que era como vivir encarcelado en una sola identidad”. Tenía la intención de no regresar nunca a México. Más tarde vivió unos años en Francia e Inglaterra. Por cuestiones laborales (no era fácil conseguir trabajo en esos países siendo extranjero) volvió a México y tuvo “la sensación extraña de que llegaba como un migrante pobre europeo, escapando de la pobreza”. Regresar a México, como extranjero, “fue una bendición”. Descubrió que México era un magnífico lugar “para ser extranjero”. Pero, para Bartra, ¿en qué consiste ser un extranjero? Al comienzo de su libro dice que “no sé explicar bien las razones por las que me parece que vale la pena ser extranjero”. Sin embargo, conforme avanza en su ensayo, va afinando la mirada: “el oficio de ser extranjero consiste en usar como instrumento esa distancia aumentada entre el yo y el entorno”. Ser extranjero “produce un peculiar distanciamiento que puede ser afinado y afilado como un instrumento de pensar, como una herramienta para entender el mundo y comprender los tiempos que vivimos”.
Ver a México con ojos “extranjeros” ayudó a Bartra a escribir sus agudos e indispensables libros sobre nuestro país, nuestra forma de hacer política, nuestras costumbres y nuestra historia. Bartra hizo de la extranjería una condición cultural. Esa mirada “extranjera” no solo la aplica a México; con ella viaja y observa en La Habana las ruinas del paraíso comunista que nunca fue, la opresiva vida bajo un régimen totalitario en Alemania oriental antes de la caída del Muro de Berlín, el exotismo artificial de Las Vegas, el impresionante despegue de China, que enmascara su capitalismo salvaje bajo el ropaje de Confucio. Ser extranjero le sirve para ver sin apegos nacionalistas: “muchos de mis libros son una escapatoria de la cárcel que significa la nación y su culto”. No pocos de sus volúmenes han sido escritos como crítica al nacionalismo imperante. Bartra nació en México, de padres españoles, porque estos venían huyendo de los nacionalismos europeos. “Llevo en la sangre el odio al nacionalismo”.
Bartra expone y reflexiona. Analiza la pasión de los viajeros y el desprecio que algunos tienen por los viajes. Examina con ojo crítico la moda de la reflexión filosófica sobre los viajes (Alain de Bottom en El arte de viajar; Michel Onfray en Teoría del viaje). Rinde el debido homenaje los grandes viajeros: imaginarios –como Julio Verne– y reales, como Alexander von Humboldt y Charles Darwin, este último el más grande de todos.
Roger Bartra expone, analiza, recuerda, critica, habla de viajeros y de sus viajes, lanza diatribas encendidas contra el nacionalismo y reflexiona sobre la condición del extranjero, para terminar concluyendo que está “en permanente viaje de regreso a ningún lugar”. ~