Los presagios no se manifiestan
Cuando el adivino Tiresias se acerca al rey Creonte para aconsejarle que permita a Antígona sepultar el cuerpo de su hermano Polinices, le describe con inquietud la situación que prevalece en los altares de la ciudad: «Los dioses no acogen ya las preces de nuestros sacrificios ni las llamas que ascienden de los muslos de las víctimas, y los pájaros no hacen resonar ya sus cantos favorables, pues están ahítos de sangre humana». Los cuerpos de los guerreros muertos, que por mandato del rey han quedado insepultos, tirados afuera de las murallas de Tebas para que los devoren las bestias salvajes, obstruyen los rituales que en condiciones normales permitirían al adivino propiciar un futuro benigno para la polis. La relación que establece Tiresias entre el ritual fúnebre y la posibilidad de vislumbrar el porvenir es el tema de este ensayo.
Quizá la cuestión resulte más clara si la planteo desde la actualidad, es decir, desde la clausura paulatina del futuro que se vive hoy. Una clausura que resulta, en principio, de un agotamiento estrictamente cronológico –la devastación del mundo acorta la esperanza de vida de casi todo lo que nos rodea–, pero que se manifiesta también como un estrechamiento del futuro como horizonte o gama de lo posible, como combustible de luchas políticas. ¿Esa aridez de la imaginación política que vivimos hoy tiene algo que ver con una atrofia en la elaboración ritual y simbólica de la muerte? La respuesta del adivino Tiresias es que sí, que la disrupción de los ritos fúnebres traba los engranes del sacrificio, daña la inteligibilidad del mundo e impide que los presagios se manifiesten.
La tumba y el signo
La primera aparición literaria del adivino Tiresias no es en las tragedias, sino en la Odisea. Habla desde la muerte; surge del Hades, entre decenas de otros difuntos, convocado por las libaciones y sacrificios de Odiseo, que viene a preguntarle cómo regresar a Ítaca. Aunque Odiseo acude en busca de Tiresias, e incluso decide hablar con él antes que con su propia madre, a quien ha dejado viva antes de salir de casa y que ahora encuentra aquí entre los difuntos, el primero en presentarse no es el adivino. Antes que él, aparece Elpenor, uno de los sobrevivientes de Troya que viajaba junto con Odiseo y que recién ha expirado al despeñarse borracho de un acantilado en la isla de Circe. Su cuerpo ha quedado abandonado e insepulto, y Elpenor surge de entre los muertos para pedirle a Odiseo, en nombre de todos sus seres queridos que se quedaron en casa, que, cuando a su regreso pase de nuevo por la isla Ea, se detenga y lo recuerde, que no lo deje «sin sepulcro y sin llanto» (gr. aklanton ataphton), si no quiere que su mal «le traiga el rencor de los dioses». Las instrucciones que Odiseo recibe de Elpenor son las siguientes:
Incinera mi cuerpo vestido de todas mis armas y levanta una tumba (gr. sema) a la orilla del mar espumante que de mí, desgraciado, refiera a las gentes futuras; presta oído a mi súplica y alza en el túmulo (gr. tumbos) el remo con que remé en vida compañero de todos los tuyos.1
En griego antiguo la palabra sema significa «signo», «señal», «portento», «pista» o incluso «estandarte» o «sello». Ocasionalmente, sema –de donde nos viene semántica– también significa «tumba» o «montículo». La polisemia de sema aparece en otros pasajes homéricos donde se habla de pistas en el camino que podrían al mismo tiempo ser tumbas de héroes antiguos ya olvidados.2 La tumba que Elpenor le pide a Odiseo es ante todo un signo, una marca en la costa que servirá para invocar su gloria cuando futuros navegantes la vean: ése es justamente el privilegio de los difuntos. Le pide también que tome su remo y lo coloque sobre ese túmulo. Pero, al dar esta indicación, la palabra que utiliza ya no es sema, sino tumbos, una voz con un sentido más concreto y restringido, que remite al montículo mismo, más que a su lectura por futuros espectadores. En esta segunda parte, el signo ya no es el montoncito de piedras como tal, sino el remo encajado encima, que, a diferencia del primero, no es sólo un indicio ambiguo en el paisaje, sino un símbolo poético: el remo es una metonimia de la vida que llevó Elpenor en el mar.
Odiseo acepta la petición de Elpenor, y los dos amigos conversan por un largo rato. Una vez que Odiseo se ha comprometido a cumplir con los ritos funerarios de su compañero, y sólo entonces, se acerca el adivino Tiresias dispuesto a beber la sangre de las víctimas y emitir sus presagios infalibles. Es como si la promesa de dar digna sepultura a su amigo fuera la llave que permite a Odiseo abrir la clarividencia del viejo sabio. Las palabras que Tiresias está por pronunciar, además, están entrelazadas con las de Elpenor y sólo junto a ellas cobran su sentido cabal. Tiresias le ofrece a Odiseo una pista (gr. sema) que «no escapará su mente». Le dice que llegará a Ítaca y que, una vez que haya vencido a los pretendientes de su esposa, Penélope, que usurpan el palacio, se eche un remo al hombro y camine hacia el interior, que se aleje del mar y se adentre en las regiones donde la gente «no conoce el sabor de la sal». En el punto exacto donde se cruce con un caminante que confunda el remo que lleva en el hombro con una criba de granos, ahí deberá clavar ese instrumento en la tierra y sacrificar un borrego, un toro y un jabalí en honor a Poseidón. Sólo así podrá Odiseo asegurar «una muerte dulce lejos del mar».
El regalo que Tiresias le otorga a Odiseo es un sema en ambos sentidos, una pista que lo guiará hacia el porvenir deseado y una tumba: el arraigo final a su tierra, el fin del exilio marítimo. La pista consiste en identificar una frontera semántica, el lugar en el que el remo deja de ser reconocido y pierde, por lo tanto, su asociación con una vida de viajes, guerras y proezas. Pero la pista es también una tumba no sólo porque le asegura a Odiseo una muerte dulce, un montículo de tierra «lejos del mar» donde se conmemore su gloria, sino porque encajar el remo en la tierra, como lo ha pedido Elpenor para su propia tumba, simboliza de manera poética que las labores han terminado y el viajero ha fallecido. Las palabras de Tiresias sugieren que todo lo que Odiseo añora, regresar a casa y recuperar su lugar entre los suyos, depende de la realización de ese ritual final. Es como si Odiseo tuviera que lanzar un ancla desde su exilio presente hasta esa versión estilizada de su propia tumba para asegurarse así un camino que lo lleve de regreso a su hogar y a su sepulcro final.
La petición de Elpenor sugiere que el rito funerario es la puerta de acceso a la clarividencia o inteligibilidad del mundo, pues sólo una vez que Odiseo se ha comprometido a erigir una tumba (sema) para su compañero puede llegar a escuchar la lectura de los signos (semeia) que hace Tiresias. Pero, además, las palabras de Tiresias pueden leerse como una reflexión meta-semántica sobre la relación entre tumba y signo. Encontrar el lugar en el que el remo deja de ser reconocido como tal es una manera de mostrar que los signos cambian de significado, que son volátiles y relativos. Llevar a cabo los sacrificios en ese punto exacto, y elaborar un simulacro de entierro fúnebre al clavar el remo ahí mismo, es una manera de anclar el sentido, de regresarlo a su arraigo original, que es la tumba. La tumba (sema) es un signo anterior a las diferencias percibidas entre remo y criba. El sepulcro es el signo primordial del que pende el andamiaje que posibilita el sentido y la adivinación del porvenir.
La tumba como farmakon
La relación sugerida en la Odisea entre los rituales fúnebres y la clarividencia se vuelve tema central en las tragedias de Sófocles. A lo largo de la trilogía tebana, la palabra de Tiresias, quien fungió como consejero de los soberanos durante siete generaciones, se va enfrentado a una serie de límites, desde lo indecible hasta lo indescifrable. La funesta suerte de Antígona y sus hermanos –hijos de la unión incestuosa entre Edipo y Yocasta– tiene su origen en la violación más grave del orden familiar. Una transgresión de tal magnitud que Tiresias, en Edipo Rey, rehúsa enunciarla y cuando lo hace es únicamente con frases crípticas. Incluso el Coro alude a ella sólo de manera oblicua: «¿Quién es aquel al que la profética roca délfica nombró como el que ha llevado a cabo, con sangrientas manos, acciones indecibles entre las indecibles?».3 En Edipo Rey, la palabra del adivino está orientada hacia el pasado y se topa con el tabú impronunciable: el incesto y el parricidio. Aun así, conserva su poder, pues es justamente porque la voz tiene fuerza por lo que esos actos son indecibles: nombrarlos es de alguna manera recrearlos. En Antígona, en cambio, la palabra de Tiresias está orientada hacia el porvenir y se topa con el límite de lo indescifrable. Los signos mismos se han vuelto turbios e inescrutables.
Antígona se inicia con la muerte de los hermanos Eteocles y Polinices que se han asesinado el uno al otro en una guerra fratricida por el trono de Tebas, vacante tras el exilio y la muerte de Edipo. Pero sólo en Edipo en Colono, el preludio de Antígona que Sófocles escribió posteriormente, se describe con detalle la relación entre el deceso de Edipo, la ubicación de su tumba y el conflicto entre sus dos hijos varones. Edipo, ciego y viejo, con su hija Antígona como único apoyo y compañía, vaga por tierras desconocidas desde que su hijo Polinices lo desterró de Tebas. Sin saberlo, padre e hija llegan a un lugar sagrado dedicado a las Euménides en las afueras de Colono donde Edipo se sienta sobre una piedra.
Ahí los encuentra la otra hija de Edipo, Ismene, que viene a avisarlos que un nuevo presagio délfico agita a sus hermanos: el que tenga la tumba del padre bajo su dominio resultará vencedor en la guerra y obtendrá el trono. En cambio, si la tumba (gr. tumbos) queda descuidada, se cernirá sobre ellos la desgracia. Ismene menciona un detalle peculiar: los infortunios vendrán cuando alguien sin saberlo camine sobre el sepulcro (gr. taphos) de Edipo. Es decir, el riesgo reside en que su cuerpo enterrado fuera de Tebas carezca de signo o montículo (gr. sema) que permita al transeúnte identificarlo como una tumba. El presagio está formulado primero en términos positivos –el que tenga la tumba será vencedor– y después de manera negativa: lo que traerá desgracias es que el entierro del rey carezca de señal o contorno, que se desdibuje en la tierra y se funda con el paisaje que lo rodea al grado de que un viajero pueda pisarlo y profanarlo sin reparar en ello.
Cada uno de los contendientes por el trono de Tebas –Creonte, Polinices y Eteocles– buscará convencer a Edipo de que regrese a su ciudad natal. Su plan es enterrarlo justo en las fronteras del reino, donde ellos puedan disfrutar la protección que les ofrece su tumba sin que su sangre parricida contamine la tierra de Tebas. Hay en la Antigüedad griega una larga tradición que atribuye poderes protectores y beneficios militares a las tumbas de los héroes,4 que, por lo tanto, se enterraban con frecuencia en las murallas, puertas o fronteras de las ciudades. Lo peculiar del caso de Edipo es que su cuerpo encarna la ambigüedad del farmakon, pues es a la vez veneno y medicina. No puede ser sepultado dentro de Tebas porque la impureza de sus transgresiones contaminaría la tierra, pero al mismo tiempo le puede garantizar la victoria militar a quien controle el acceso a su tumba. Así pues, tiene que ubicarse justamente en la frontera geopolítica de la ciudad.
La solución de Edipo es repudiar a sus hijos y regalar los beneficios de su sepulcro, en agradecimiento por su hospitalidad, al rey Teseo de Atenas, que le ha dado asilo y le ha brindado apoyo. Cuando camina hacia su muerte, anunciada por un rayo –la inconfundible seña (gr. sema) de Zeus–, sólo lo acompaña el rey Teseo. Ni siquiera sus hijas podrán conocer la ubicación exacta donde descansará su cuerpo. En ese lugar secreto se concentrará el poder de su sepulcro y los beneficios para la tierra que lo alberga. Si bien la tumba de Edipo es secreta, carece de una señal que permita reconocerla públicamente, cuenta con un testigo que conoce su emplazamiento concreto. El rey podrá guardar el sepulcro de toda profanación y al mismo tiempo recibirá su protección. En Edipo en Colono, la tumba ya no sólo cumple una función semántica, como en la Odisea, sino también geopolítica. Es ahora fuente de poder militar y soberanía; está, por lo tanto, vinculada al control del territorio y la definición de las fronteras entre reinos. Lo interesante es que ese poder soberano no es unívoco, sino ambivalente; la tumba de Edipo, en consecuencia, contamina al mismo tiempo que protege. Debe estar señalada, tener contornos claros, para que su influencia en la tierra quede contenida, encapsulada. ~
- Homero, Odisea, Madrid, Gredos, 2004, canto XI, pp. 75-80 ↩︎
- Gregory Nagy, Greek mythology and poetics, Ithaca, Cornell University Press, 1990. ↩︎
- Sófocles, Edipo Rey en Tragedias, Madrid, Gredos, 1981, oda I, verso 5. ↩︎
- François Hartog, The mirror of Herodotus, Berkeley, University of California Press, 1988. ↩︎