Beatriz de Moura en el recuerdo

En el mundo de los libros existían ciertas figuras heroicas, los editores. En el idioma español, muy pocos alcanzaron la dimensión literaria y humana de Beatriz de Moura.
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En el mundo de los libros –ahora de futuro incierto, como el de todos los mundos– existían ciertas figuras heroicas capaces de descubrir escritores desconocidos, alentar a los autores noveles (o, para su bien, desalentarlos), consolidar sin adulación a los maduros, identificar lo valioso de una obra, señalar con franqueza sus defectos, cambiar detalles al parecer nimios que podían hacer toda la diferencia, trabajar un manuscrito con paciencia franciscana, cuidar el libro como a un hijo desde la formación hasta la imprenta, y de ahí lanzarlo a la vida. Esos héroes casi siempre anónimos eran los editores. Y, en el idioma español, muy pocos alcanzaron la dimensión literaria y humana de Beatriz de Moura.

A mediados de 1988, sin habernos conocido, me mandó una carta que me consoló. Yo acababa de publicar “La comedia mexicana de Carlos Fuentes”, que provocó una reacción adversa en buena parte del espectro intelectual de México. Beatriz de Moura disentía:

Te felicito por el espléndido, iluminador artículo tuyo sobre Carlos Fuentes. Más que un artículo es un estudio en el que, además, debiste dejar un montón de tiempo y por el que te arriesgas, creo yo al menos, muchísimo, aunque digamos el tiempo te dará la razón; o quizás incluso ahora algunas personas, como yo, de pronto, gracias a tu análisis, comprenderán la razón profunda de la desazón e insatisfacción general que producen los libros de Fuentes y reconozcan en tu ensayo el origen de su malestar. Es más fácil, como siempre, detectar la naturaleza oculta de quienquiera que se ponga a hacer artículos “políticos” y, en este aspecto, poco podía ocultar Fuentes. Pero en sus libros la mistificación puede permanecer más inaprensible, sobre todo para quienes no son americanos, y menos mexicanos. Gracias, pues, por situarme tan bien ante la cuestión.

Años más tarde, sometí el manuscrito de Siglo de caudillos al “Premio Comillas”, de Tusquets. No tuve éxito en el primer intento, pero sí en el segundo. Fue entonces, en 1994, cuando la conocí en Madrid. Y allí comenzó mi vínculo editorial con ella y con su esposo, Antonio López Lamadrid, que con el tiempo se convirtió en una entrañable amistad. Ya no recuerdo cuántas veces me reuní a comer con Toni y Beatriz en sus preciosas oficinas de Barcelona. O acá en México, en la Feria de Guadalajara. Lo único que sé, porque la prueba es tangible, es que Toni creyó en mí y en mis libros, y Beatriz los cuidó del primero al último. Y así aparecieron, a lo largo de más de dos décadas, con el número 207 en la preciosa colección Andanzas de Tusquets.

Un día se me metió en la cabeza viajar a Venezuela para escribir un libro sobre Hugo Chávez. Pensaba que aquel régimen haría mucho daño en Venezuela y terminaría por reverberar en México. Lo escribí en poco tiempo y le informé a Toni de mi manuscrito cuando ya estaba listo. Estoy seguro de que lo metí en grandes aprietos. Pero se publicó en España y México, en un tiempo récord. Teníamos, en palabras que alguna vez me escribieron, una maravillosa “complicidad”.

Cuando conocí a Beatriz, imaginé sus diálogos con Milan Kundera. “El amor en su levedad no se sostiene, el amor de la solidez matrimonial se derrumba. El amor es una tragedia”, me dijo por teléfono Octavio Paz, al concluir aquel célebre libro de su amigo. Pero yo creo que Toni y Beatriz eran una excepción. ¡Qué pareja magnífica hacían! Divertidos, creativos, amables. El empresario, el hombre de los números, las estrategias y las ventas, era un gigante bueno de voz estentórea y risa fácil, un epicúreo catalán de mente rápida y corazón de oro. La editora era una bella señora brasileña, que leía el español como su primer idioma, lo hablaba con un acento musical y un encanto irresistible.

Nunca indagué sus vidas personales. Simplemente disfrutábamos hablando de libros y de proyectos. Estoy seguro de que fueron muy felices. Hasta que un día el azar –ese dios implacable– acalló las risas y cegó la vida de Toni. Ya para entonces la editorial pertenecía a Planeta que, con buen sentido y nobleza, cumpliendo su palabra, respetó siempre la autoridad editorial de Beatriz. Siguió activa por un buen tiempo, hasta que en ella misma también la vida fue apagando los sonidos y los sentidos. Ya nunca pude verla a partir de entonces.

Me había alentado tantas veces a escribir mis memorias. Lo hice de alguna forma en Spinoza en el Parque México. Ninguna lectura me importaba más que la de ella, pero Beatriz ya no estaba allí para darme su opinión, entusiasta o crítica, siempre franca.

Quiero creer que le di las gracias en privado y en público, en carta y en persona. Pero nunca fueron ni serán suficientes. Me consuela pensar que fue feliz ejerciendo una noble y vicaria maternidad: la de los autores y los libros. ~


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